BOB DYLAN EL TROVADOR. La seducción de lo mediático

La Academia Sueca ha vuelto a sacudir el avispero al concederle el Premio Nobel de Literatura al cantante y compositor Bob Dylan
Bob Dylan y Joan Baez en el camino de Nueva York a Buffalo, noviembre de 1964
Bob Dylan y Joan Baez en el camino de Nueva York a Buffalo, noviembre de 1964 (Taschen)

 “Los tiempos tal vez están cambiado”, ha sido una de las justificaciones que se escucharon por parte de la Academia sueca durante la conferencia de prensa que siguió al anuncio del Nobel atribuido a Bob Dylan. Paradójicas han sido las explicaciones avanzadas para legitimar esta decisión, que van desde evocar a Homero y —más sorprendentemente aún— a Safo, como ilustres ancestros del artista norteamericano, gran continuador y exponente de la también gran tradición de la canción norteamericana, hasta su estatuto de icono mundial.

Ciertamente los tiempos han cambiado y han hecho que lo que se espera de la literatura, lo que se piensa, debe modificarse también. Con este premio otorgado a un cantante y compositor —por más grande que sea—, la Academia sueca parece querer decirnos que la literatura se encuentra hoy en todas partes, menos en los libros y en todos los sitios que difícilmente le son aún destinados. Este premio mediante su supuesta audacia pretende borrar por fin las fronteras entre las llamadas alta y baja cultura, entre lo culto y lo popular, entre la literatura y sus otros. Sin embargo, el aparente coraje de una institución que intenta ser incluyente no es sino conformismo y autocomplacencia. Como lo señalaba ya la polémica en torno a la atribución a Dylan del Premio Pulitzer —destinado originalmente a los periodistas— en 2008, este tipo de gesto que pretende transgredir los géneros es en realidad una forma de autosatisfacción cultural, destinada a mejorar la imagen tanto de quien otorga el premio como de quien lo recibe. Añadiría yo que, en estos tiempos en los que el populismo impera en el espacio público, este premio ayuda a mejorar también la imagen de quien lee —o mejor dicho— de quien escucha. Se trata, en efecto, del premio de la gente que queda satisfecha con este reconocimiento que se quiere a contracorriente, casi contestatario, y que no es más que una vulgarización de la literatura. La literatura para todos, al alcance de todos y sin esfuerzo.

Quizá la Academia del Nobel quería un premio que inofensivamente produjera escándalo, un premio falsamente comprometido, nostálgico de esos momentos en los que tantos se movilizaban contra la guerra que se abatía en un país lejano. En lugar de reconocer la obra de un poeta o un escritor que anticuadamente, podríamos pensar ahora, escribe libros, que además pueden evocar las guerras de hoy, la Academia ha elegido la seducción de lo mediático, ha elegido un icono —por no decir una marca—, ha elegido dar muerte a la literatura, a aquella que no cede al espectáculo, que se interroga, aquella que prefiere el silencio al refrán.