Giorgio Bassani: mi religión es la libertad

Pensamiento
Giorgio Bassani
Giorgio Bassani

Para conmemorar el centenario del natalicio de uno de los mayores escritores italianos del siglo XX (4 de marzo de 1916–13 de abril de 2000), presentamos un collage confeccionado a partir de las entrevistas que Bassani concedió a las revistas Nuovi Argomenti (1959) y L’Europa Letteraria (1964), y de la conversación que sostuvo en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Trento (1991)


Selección y traducción de María Teresa Meneses

Te agradezco por todo aquello que has dicho. Sin embargo, debo recordarte que en 1940, cuando imprimí Una ciudad de llanura (pero mucho cuidado, dije imprimir, no publicar), tuve que endosársela a Giacomo Marchi por una razón muy precisa: en esa época se establecieron las leyes raciales, y la policía le prohibía a los judíos figurar como existentes. Por eso me tuve que llamar Giacomo Marchi, porque ya no podía seguir llamándome Giorgio Bassani. Por consiguiente, si me transmuté en Giacomo Marchi no fue por una elección mía de carácter ideológico, psicológico, etcétera, sino por motivos de carácter político y racial.

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Debo decirte la verdad: en esa época estaba implicado, desde hacía muchos años, en la lucha contra el fascismo. Era amigo de Carlo Ludovico Ragghianti, de Ugo La Malfa, de Ferruccio Parri, de Cesare Gnudi, con quienes me reunía asiduamente y que, entre otras cosas, habían venido varias veces a Ferrara, a via Cisterna del Follo número 1, es decir, a mi casa, sin que la policía se enterase. Por lo tanto, estaba muy consciente de lo que estaba sucediendo. Es más: estaba orgulloso de ser como era, es decir, diferente no solo a la gran mayoría de los italianos, que casi todos eran fascistas, sino diferente a mis co–raciales (como yo los llamaba), es decir, pertenecientes a la misma raza pero no a la misma religión. Mi religión era la de la libertad. Creía en la libertad como religión: discípulo, también en esto, de Benedetto Croce, y por eso bien defendido, digámoslo así. Por tal motivo le atribuí Una ciudad de llanura a un tal Giacomo Marchi que objetivamente no existe, pero que, en lo más íntimo, residía en mi interior, era yo mismo.

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En mi interior sentía el deseo de que mis narraciones asumiesen un significado nuevo, más rico y profundo al que producía la literatura italiana de ese entonces, incluso la más importante. A diferencia de los demás, de todos los demás, pretendía ser más que un, así llamado, narrador; también quería ser un historiador de mí mismo y de la sociedad que representaba. Me oponía. ¿Pero acaso no debe, todo artista, oponerse siempre a todo aquello que se ha realizado antes que él? Por ese entonces me encontraba al inicio de mi ejercicio literario, y no sabía, ciertamente, hasta dónde llegaría. Sin embargo, quería oponerme a esa literatura —de la que, por otra parte, provenía— que no le proporcionaba un contenido historicista a la realidad de la que se ocupaba. Yo fui muy cercano a Carlo Cassola y a la literatura de los herméticos, que floreció en mi época. Sin embargo, quería ser diferente, escribir de una manera que fuese la de ellos, ciertamente, pero al mismo tiempo diferente. Mi intención era la de ser un historiador, un historicista, no un narrador de mentiras.

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Es una narración —más bien, una historia— muy importante para mí. Como ya con perspicacia lo has señalado, precisamente en esta narración la Historia entra en relación dialéctica, desgarradora, con la realidad del protagonista, un impotente, un excluido, un marginado y, por lo tanto, de alguna manera semejante a mí por otros motivos. Se trata, por lo tanto, de una vicisitud clara en su significado y extremadamente importante para mi trabajo. La película de Vancini, llamada La lunga notte del ‘43, es hermosa sobre todo en la representación objetiva de la masacre en la plaza, representación hermosa en cuanto verdadera, no inventada. Mi narración, sin embargo, es diferente. Habla, aparte de la masacre en la plaza, de la vicisitud de Pino Barilari, el protagonista. Él, y en eso consiste su tragedia, no puede no estar con los ejecutores. Es por eso que al responderle al juez declara: “Yo dormía”.

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El personaje de Lida Mantovani es fundamental en el conjunto de La novela de Ferrara, en su contexto, porque de alguna manera ofrece la imagen precisa de esa ciudad de la que hablo. Parte de casi nada para llegar al resto, a todo el resto. Todo nace de aquí, en resumen. Por tal motivo Lida Mantovani, muchacha casi inexistente, amiga y amante de David (un personaje, también él inexistente, pero de otra manera), resulta fundamental, como partida. Lo que digo de esa realidad casi inexistente se volverá, poco a poco, una ciudad entera, una ciudad existente bajo cualquier ángulo, verdadera.

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Geo Josz está muerto, se fue a ese lugar de donde no se regresa, vio un mundo que solo un muerto pudo haber visto. Sin embargo, regresa milagrosamente, regresa aquí. Y los poetas, ¿qué hacen ellos sino morir y regresar aquí para hablar? ¿Qué hizo Dante Alighieri sino morir para expresar toda la verdad de su tiempo? Estuvo allá: en el Infierno, en el Purgatorio, en el Paraíso, para luego regresar aquí.

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Mi relación con Pirandello está fundada, sobre todo, en el nexo que ambos hemos tenido con nuestro origen y con nuestra tierra. Esta tensión de ambos hacia nuestros respectivos orígenes me lo hace fraterno.

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También Clelia Trotti es una muerta, porque el suyo es un socialismo que ya no existe (¡imagínense, en la época del fascismo postrero!). Sin embargo, Clelia Trotti, que está muerta, torna al mundo, quiere regresar al mundo y es por esto que hablo de ella, es por esto que he querido escribir sobre ella. También los Finzi–Contini, ¿qué son sino unos muertos? Todos ellos dedicados a su casa, al arte, al pasado, a las memorias… Pero entre ellos existe un personaje, Micòl, que es diferente. Ella pertenece a ellos, a su mundo, pero quiere salir. Ama la vida, regresa hacia la vida. Y es por esto que escribo sobre ella.

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Ambos están muertos y regresan al mundo gracias al amor. Por esto me ocupo de ellos. A pesar de ser fundamentalmente diferentes, porque no tienen nada en común, son semejantes. A pesar de ser tan diferentes, aman.

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La sociedad ferraresa de esa época era diferente a la actual; una sociedad en cuyo ámbito los elegidos eran pocos y el resto era la plebe, una plebe inexistente. Ya todos somos iguales, o casi iguales. En Ferrara, en esa época, no había nada semejante a la sociedad italiana de hoy, de nuestro hoy. Se trataba de una sociedad en donde todavía quedaban residuos de aristocracia, pero en donde casi todos eran fascistas. Incluso los judíos, que casi todos eran burgueses, comerciantes, propietarios de tierras, etcétera, casi todos eran fascistas. Por esto he hablado de ellos. Solo un acontecimiento de este tipo pudo haberme dado la posibilidad de inventar unos personajes como Geo Josz y Athos Fadigati, unos muertos que luego retornaron aquí gracias al amor.

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Desde el punto de vista formal, encuentro la película muy limpia, muy hermosa. Pero en la película, la sustancia del libro fundamentalmente se ha evitado. En el libro, los protagonistas son dos: el doctor Fadigati, que es un homosexual, y por lo tanto un muerto, es decir lejano de la vida. El otro es un joven literato, el futuro escritor de Los anteojos de oro. Los dos se encuentran juntos y se entienden porque son diferentes, y sin embargo similares. En la película no aparece nada de todo esto. En la película se evitó con mucho cuidado mencionar algo acerca de la unión de estos dos marginados, de cuya marginación, precisamente, sacan fuerzas para estar juntos, sintiendo que son iguales porque son perseguidos por diversa causa.

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Ya lo he dicho antes: los Finzi–Contini no quieren vivir, pertenecen a la muerte, aman su casa, su jardín, y ya. Micòl solo quiere ser diferente, quiere vivir, es portadora de alguna manera de mi mensaje. Escribí el libro para identificarme con Micòl. Los poetas siempre se confiesan a través de uno de sus personajes; si son muchos, son formas de su pensamiento. Micòl es como yo. No habría podido escribir la novela de la que Micòl es la protagonista absoluta si no me pareciera a ella.

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La Ferrara de la que me ocupé en mi escritura solo es la Ferrara de la época del fascismo. Por lo que yo recuerdo, se trataba de una ciudad inmensamente devota al Régimen. A tal punto de que las pocas personas que no eran fascistas vivían al margen, no tenían ninguna relación con los demás, con la mayoría. Esos mismos judíos ferrarenses que luego terminarían en gran número en las cámaras de gas de los nazis habían sido en gran parte fascistas. Íntimo amigo de Italo Balbo, el podestá* de Ferrara, hasta aproximadamente la mitad de los años treinta, había sido un judío. Eh, sí, desgraciadamente. La verdadera tragedia de los judíos ferrarenses, y de grandísima parte de los judíos italianos, puede decirse que fue la de haber sido unos burgueses, implicados desde el principio en el fascismo; además, en el fondo, sin saber por qué, terminaron en la nada de los campos de exterminio nazi. En cuanto a mí, yo pertenecía, como ya lo he dicho, a una familia privilegiada, fascista como tantas otras, como casi todas las familias judías y católicas de la burguesía citadina. Transcurrí una de las adolescencias más felices que se puedan imaginar, en una casa bellísima, entre unos muros en donde todos se querían muchísimo: por lo cual me di cuenta muy tarde de los abismos de injusticia que me rodeaban. Pero entendámonos. No es que la gente de los campos, relegada, allá, en los prados que se extendían semi desiertos entre Ferrara y el mar, lamentase su estado. Los así llamados vilàn, o zabiàn, aceptaban su condición sin quejarse, precisamente como, hasta la época de Buchenwald, los negros africanos aceptaron sumisos el racismo colonialista. Sea como sea, también yo, de niño, no me rebelaba. Sin embargo, al ser de buen carácter, alimentaba una profunda y natural simpatía no solo por los campesinos (mi abuela materna, Emma Marchi, era en el fondo una campesina y hablaba casi siempre en dialecto) sino hacia toda la gente pobre en general.

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Pertenecía a una familia de la buena burguesía judía citadina. Mi padre era médico (ginecólogo) pero nunca ejerció. Mi madre de joven había estudiado canto. Pudo ser una cantante profesional, pero su destino fue diferente. Se enamoró de mi padre y se casó con él de inmediato, a los 20 años. De mis abuelos, uno era un rico comerciante en tejidos, con negocio establecido, más bien con un almacén, en el corazón del ex ghetto, en via Vignatagliata. El otro abuelo, el materno, también era médico, y durante 40 años fue director del hospital Sant’Anna. Elia Corcos, el protagonista de Paseo antes de la cena, es, de alguna manera, el retrato de mi abuelo materno, Cesare Minerbi. Del abuelo comerciante en tejidos todavía no he escrito nada. Sin embargo, quizá fue, para mí, el abuelo más importante, aquel con el que viví más tiempo, más íntimamente. Vivíamos juntos en la misma gran casa de via Cisterna del Follo, en diferentes pisos. El abuelo Davide era un señor muy considerado y respetable en el ámbito de la pequeña sociedad judío–ferraresa de esa época.

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Si los poetas no hablan siempre, o casi siempre, de vicisitudes casi imposibles de narrar, no son unos poetas. La historia del retorno a Ferrara de Geo Josz, por ejemplo, el protagonista de Una lápida en via Mazzini, tiene una importancia ideológica muy trascendental y seria. Geo Josz regresa del reino de los muertos a una ciudad, después de todo, normal. Pero también los poetas, si de verdad son tales, siempre regresan del reino de los muertos. Han tenido que estar allá para volverse poetas, para abstraerse del mundo, y no serían poetas si no intentaran regresar aquí, entre nosotros… La historia de Geo Josz sucedió en realidad. Yo se la atribuí a un personaje de fantasía: Geo Josz, precisamente, que nunca existió. Pero tuve un primo que estuvo y regresó de Auschwitz. Murió hace poco tiempo. Se llamaba Eugenio Ravenna, Gegio Ravenna. Creo que él, pobrecito, quedó muy impresionado y también condicionado por la Lápida. Pero, por otro lado, repito, ¿cuál es el objetivo de escribir si no se cuentan este tipo de historias?

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No, el éxito que poco a poco ha venido creciendo en torno a mi trabajo acaso me ha sorprendido, pero no me asusta. No me siento ni impedido ni sobrepasado por él. Sé de dónde viene y por qué. Y del mismo modo en que el silencio y el desinterés del público nunca me llevaron, en los lejanos años de mi primera juventud, a disuadirme de la contemplación de mi verdad, considero que ninguna batahola podrá jamás distraerme, en el futuro, de testimoniar lo que tengo que testimoniar. Lo importante es continuar y tener algo que decir. Siempre han sido ellos, los temas de mis libros, los que han venido a mi encuentro, a pedirme con insistencia que tomen forma. Y dado que me ha sido planteada una pregunta de este tipo, quisiera que siempre se tuviese presente esto: aquellos que corren tras el público, quiere decir que en su interior no tienen nada.

*Alcalde que nombraba el gobierno durante el régimen fascista ( N. de la T.).