Artes y complicidades

Escolios.
Joanna Drucker.
Joanna Drucker.

La anécdota se repite: hace unos días en un museo de Bolzano, Italia, una empleada de limpieza tiró a la basura la instalación denominada Dónde podríamos ir a bailar esta noche, consistente en botellas de champaña vacías, papel picado y colillas de cigarro. No solo la empleada, cualquiera que no esté familiarizado con el ya muy rutinario gesto de incorporar desechos para “cuestionar” las técnicas y jerarquías convencionales del arte haría lo mismo. En una mente sensata caben numerosas reservas contra el funcionamiento del sistema de las artes (y las letras) contemporáneas y sus formas de simulación y creación de prestigios. Sin embargo, no se puede juzgar este clima estético concentrándose solo en sus timos más notorios, pues a veces en un mismo creador (Damien Hirst, por ejemplo) se alcanzan extremos de originalidad artística y complacencia codiciosa.  Por eso, a riesgo de encontrar demasiada basura en el camino, resulta prudente dirimir entre propuestas y aprender a justipreciar las más innovadoras y rigurosas. Tal vez una buena guía para este propósito sea el libro de Joanna Drucker Swett Dreams, Contemporary Art and Complicity (Universidad de Chicago, 2005). Para la autora, el arte del nuevo milenio, en su profusión de formas e innovaciones, ha rebasado los parámetros teóricos que guiaban las búsquedas modernas y posmodernas y si el discurso hegemónico en la academia caracterizaba al arte contemporáneo como una actitud contracultural contraria al gusto pequeño-burgués, la producción masiva y el sistema de mercado, esta actitud ha cambiado. Para la autora, la relación del arte con el mercado y con los poderes ubicuos es mucho más compleja y cobija sentimientos encontrados, que van del rechazo al apego, de la oposición a la complicidad. 

La cantidad de patrocinadores, el prestigio mediático y la proyección política vuelven al arte una actividad atractiva y rentable, paralela a la industria del espectáculo, en la que se confunden deliberadamente el valor de lo que se conocía como el “aura” y el valor meramente económico.  De hecho, el modo de producción individualista y a pequeña escala que caracteriza al artista romántico o al modernista crítico se modifica por obras que requieren modos de procesamiento cercanos a la industria o a las superproducciones del espectáculo. Drucker encuentra en esta complicidad, en esta ambivalencia entre lo profano y lo sagrado del arte, entre la protesta política y la imitación del mercado, un espacio propicio para la búsqueda formal y la reivindicación de una cierta independencia. En la nueva hibridez encuentra de todo: el impulso estético, la pulsión crítica, la reivindicación de técnicas, el humor, la mezcla y la emergencia de nuevas formas de virtuosismo. Así, al no depender de signos exteriores, técnicas o soportes materiales, el creador tiene la enorme libertad (no siempre la responsabilidad) de incorporar su sello a una concepción mutante de las artes.