Arbitraria

Escolios.
'Arbitraria'-
'Arbitraria'.

Casi siempre, las antologías literarias constituyen un género militante, una modalidad del manifiesto estético, en los mejores casos una apuesta no solo por un grupo de intereses o afinidades, sino por una manera de encarar la literatura. El carácter controversial del género antológico se acentúa cuando aborda el presente, pues implica marcar territorios, dirimir genealogías, simpatías y diferencias e intentar crear gusto. Por supuesto, más allá de su faceta de política literaria, las antologías se sostienen por su contenido, es decir, por la consistencia, nitidez y calidad del panorama que quiere configurar y por la permanencia a largo plazo de su nómina. La nueva editorial Antílope, fundada por jóvenes ensayistas y poetas (que en un acertado gesto de urbanidad decidieron no incluirse en su propia antología), eligió estrenarse con Arbitraria, un florilegio que apuesta por dos géneros arrinconados en el mercado literario contemporáneo que son, precisamente, la poesía y el ensayo. Con la alternancia de 24 autores menores de 41 años, 12 de cada género, se ilustran distintas estéticas y temáticas. Dada la demasiado generosa amplitud del rango de edad es posible encontrar autores ya maduros, junto con llamativas novedades. Los tonos van desde los ensayos personales fundidos con la narrativa, como los de Jorge Comensal, Erik Alonso, Tania Tagle y Mariana Oliver, la exquisita miniatura erudita de Guillermo Espinosa o el ensayo visual de Pablo Duarte hasta el montaje poético basado en la nota roja de Sara Uribe, la naturaleza muerta de Luis Flores Romero, el humor cerebral de Xitlalitl Rodríguez o la trabajada limpidez de Javier Peñaloza.

Las voces heterogéneas, concuerdan en un par de rasgos: por un lado, la disolución del fetichismo de las fronteras estrictas entre géneros, la mezcla de reflexión y aliento narrativo, intelección y confesión, verso y prosa. En efecto, la mayoría de los ensayos no “demuestran”, ni los poemas riman o utilizan efectos esenciales para ser reconocidos, sino que practican ese flujo poligráfico que es la escritura a secas, una escritura caracterizada por la soltura y sobriedad en el manejo de licencias, la economía de recursos y la frescura fincada en una técnica depurada. Por otro lado, aunque se trata de una literatura que goza ya la emancipación de la arcaica pulsión cívica de la literatura mexicana (y que puede hablar sin sentido de culpa de las hormigas o el café), a menudo se siente impelida por una realidad social apremiante, como en el clima de violencia impregnada hasta lo más hondo del lenguaje de Juana Adcock, en la sobresaturación de cadáveres desconocidos en los montajes de Sara Uribe o en la dura poesía del lenguaje y la denuncia de Oscar de Pablo.  En fin, puede verse en Arbitraria un criterio de exigencia artística y formal representado en muy diversas y hasta opuestas expresiones, lo que la hace un muestrario portátil de la mejor escritura mexicana, sin edades y sin géneros.