Annie Ernaux: “Las palabras son cuchillos”

La escritora francesa es una de las más destacadas de la escena contemporánea. Recibió recientemente el Premio Strega, uno de los más importantes de Europa
Annie Ernaux
Annie Ernaux (Especial)

La neurociencia considera a la creatividad un ars combinatoria que procede de la función del cerebro donde se controla el proceso de los recuerdos. Para generar algo nuevo no podemos prescindir de la memoria. Pero ésta no es un acto espontáneo, sino un ejercicio de concentración que requiere atención y cuidado: una excepción en el trasfondo de nuestras vidas a menudo dominadas por el olvido. Interconectar los recuerdos es un lugar de lucha y de conflicto, de remordimiento, y también un lugar privilegiado desde donde comprender la historia.

Annie Ernaux ha hecho de esa operación de evocación el trabajo de su vida. Esta profesora de letras es una apasionada anticuaria de la reconstrucción, que presta sus ojos y oídos a sus lectores para que puedan impregnarse de una cultura y un tiempo. “Durante mi juventud fui una apasionada de la literatura de ficción. Me perturbó descubrir que en las novelas podía entrar la realidad”, confiesa la escritora de origen francés.

La memoria se transforma en la mejor herramienta para diseccionar lo real: “Antes de escribir no hay nada, únicamente una materia confusa, recuerdos, sensaciones, visiones… Me impongo encontrar a todo esto una forma. En mi escritura intento ejercer la sustracción, depurar todo: me parece que es la única manera de ser fiel a la historia que debo contar. Mi imperativo es escribe solo lo que conoces”.

Su novela Los años acaba de ganar el Premio Strega europeo, en la edición italiana traducida por Lorenzo Flabbi, uno de los fundadores de la joven casa editorial L’orma editore. Los años es un documento político y cultural que corre por dos vías: es un acto de desposesión de los recuerdos, pero con el firme intento de salvarlos. “Cuando descubrí la obra de Annie Ernaux estaba trabajando como profesor universitario en París”, dice Lorenzo Flabbi. “Ella ya era un nombre influyente en Francia. En aquella época el proyecto de fundar una editorial no estaba aún en mi mente, ni siquiera en mis fantasías; yo daba por sentado que una autora de ese calibre había sido seguramente traducida por una de las grandes casas editoriales italianas”. No fue así. Solo algunas de sus novelas fueron traducidas, aunque no las más importantes. Entre las grandes relegadas estaba Les années(Gallimard, 2008). “Años después, cuando con mi socio Marco Federici Solari decidimos fundar L’orma editore, Annie Ernaux fue uno de los primeros nombres que queríamos en nuestro catálogo, junto con el alemán Uwe Johnson y su Jahrestage (Aniversario), otra obra maestra ignorada fuera de los confines nacionales. Solo por traer a estos dos grandísimos autores L’orma editore ya tenía su razón de ser”.

Annie Ernaux es uno de esos misterios del universo editorial: un enorme talento que no termina de arraigar fuera de los Alpes, una de las escritoras más destacadas del último cuarto de siglo, autora de la prestigiosa Gallimard, conocida en el Reino Unido y en Estados Unidos y, sin embargo, aún poco traducida al español. Tusquets publicó algunas obras (Pura pasiónLa vergüenza, El acontecimiento y El lugar), la ibérica Cabaret Voltaire hizo llegar La mujer helada, mientras la editorial española Herce trae Los años (2008), pero aún faltan muchos de sus trabajos. Tramas ocultas del mercado literario.

En su autobiografía colectiva, Los años, la niñez de la autora se entrelaza con la recuperación económica de la posguerra, la retórica sobre la resistencia, la guerra de Argelia y la sociedad de consumo. Al mismo tiempo, la Annie adulta muestra la Francia de mayo de 1968, la revolución feminista con el divorcio, el aborto, Chirac y Mitterrand, pero también una Europa movida por Gorbachov y la caída del Muro de Berlín, hasta llegar a la invasión de Kuwait y al ataque a las Torres Gemelas. “Quiero incluir en la literatura lo duro, lo pesado y también lo violento que existe en las condiciones de vida y las transformaciones del mundo obrero y campesino que me perteneció hasta la mayoría de edad. Las palabras son como un cuchillo, contienen siempre algo real. Tengo la impresión de que la escritura es lo único que puedo hacer como acto político, y como regalo”.

Narrada a la vez en tercera persona del singular y en primera del plural, Los años logra construir una subjetividad múltiple, y hace aflorar una memoria social gracias a su capacidad evocadora, catalizadora de realidades, donde la historia simplemente sucede. Los capítulos son tránsitos tersos de fechas y hechos desde la posguerra hasta nuestros días. De la autora no sabemos casi nada, y al mismo tiempo lo suficiente para poner en escena a la sociedad francesa en su totalidad. Esta escritora demuestra que la autobiografía no es un género literario nacido para contemplarse el ombligo sino un proceso de extracción de un sentido colectivo histórico. “Por esto escribo, para dar existencia a lo que de otra forma se perdería. No es solo una lucha en contra del olvido y la muerte, es más bien una manera de dominar el tiempo. Me interesa que el Yo esté vinculado con un Nosotros, que ahí haya una conexión indisoluble entre individualidad y colectividad a través de la presencia de la historia”, reafirma la novelista.

Otro sendero por el cual se encamina el trabajo de Annie Ernaux va en el sentido de “pensar en los demás, haciendo que los demás a su vez nos repiensen”, como ella misma dice. Así, dedica muchas de sus obras a investigar a su familia: la figura paterna (El lugar), la madre enferma de Alzheimer (Une femme), la hermana desconocida, muerta antes de que ella naciera (La otra hija).

“Un día acepté abrir esa memoria cerrada a doble candado por la vergüenza, acepté investigar no tanto el tiempo perdido cuanto a la hija de ex obreros crecida en una familia en la cual todos empezaron a trabajar a los doce años. De este modo no solo la encontré a ella, sino también a los cuerpos y a las voces de sus vecinos de casa, sus maestros, de toda una sociedad que vuelve a manifestarse en sus hábitos, sus gustos. Esta memoria estaba indisolublemente vinculada a la memoria del mundo de los dominados, que necesariamente reenvía al de los dominantes. Mi memoria me daba acceso a algo más que el discurso intimista y me proyectaba directamente al corazón del funcionamiento de la sociedad”.

Annie Ernaux describe, a la vez, el mundo burgués de la Francia capitalina donde vive como profesora y escritora, y el universo de la provincia obrera y campesina donde nació. No ha sido fácil volver a caminar las calles de Yvtot, su pueblo natal en Normandía. Annie Ernaux se sentía invadida por la vergüenza de su origen, y abrazar sus raíces fue un largo proceso: “Es únicamente en la ficción de los libros y de las películas que recuperamos la memoria de golpe, que el pasado resucita y milagrosamente se desata. La vida ignora esta convención literaria. Se necesita tiempo y valor para osar abrir la memoria cuando ésta nos provoca vergüenza, cuando lo que recordamos —las comidas, las fiestas, las palabras y las expresiones, las conversaciones, los gestos y las maneras, las canciones, todo…— se considera inferior, sucio, sin interés, o, mejor dicho, sin valor para el mundo social dominante. Cuando, en el tiempo de la escuela, se percibía instintivamente que hubiera sido mejor describir una tía imaginaria que la real, obrera en una fábrica de mostaza y alcohólica”.

Annie Ernaux , también ensayista, está hablándonos de la humildad de los objetos de la casa de la infancia, de las veces que entraba en el emporio de sus padres, ya adulta, ya parte de la elite intelectual parisina, y del embarazo que le causaba el acento pueblerino de la gente, su forma de hablar. Fue cuando su padre murió que Ernaux rencontró a la niña que iba feliz en bici con él a la escuela, y que no veía sus manos callosas de obrero. A partir de este momento la escritora se dio cuenta de que había deliberadamente cancelado su primer mundo: “A menudo el coraje no es otra cosa que la imposibilidad de vivir sin realizar un determinado gesto, y yo sentía con intensidad siempre mayor que la escritura —deseo y objetivo que me había asignado a los veinte años— no habría sido necesaria, ni habría tenido ninguna justificación si no hubiera sido, por principio de cuentas, una inmersión en lo que había olvidado, en mi primer mundo, para comprender por qué y como lo había olvidado”.

En nuestros tiempos, la función de la memoria está entregada a las manos de las nuevas tecnologías como Instagram, Facebook, el Cloud de Google: grandes almacenes automatizados de recuerdos. Mientras se atrofia la capacidad individual de catalogar las experiencias, la obra de Annie Ernaux es, al contrario, el fruto de un profundo deseo de análisis, de hacer visibles las cosas sin embellecerlas, llegando hasta el fondo más doloroso. Cuando la autora nos explica su proceso creativo, dice: “Siento que solo hay una palabra apta para cada concepto. El reto es encontrar les mots justes. Puedo quedarme hasta meses arreglando un texto, y no permito que nadie lo toque. Es un proceso que empieza con apuntes para aterrizar en la escritura a mano, y solo luego en mi ordenador”. Una labor obsesiva que ocupa casi todo su tiempo: “los únicos momentos en los cuales me quedo tranquila son cuando hago jardinería o voy al supermercado”. Pero ni siquiera esta circunstancia escapa a la mirada atenta de su escritura. Este año, Gallimard publicó en Francia su ensayo sobre el ritual colectivo de las compras, Regarde les lumières mon amour: “El consumismo me aburre, la moda igualmente me aburre, lo que me interesa es observar a las personas que escogen, compran, y haciéndolo muestran mucho más de lo que creen. De alguna forma esta visión ya es escritura”. 

Gallimard acaba también de publicar su última novela, Mémoire de fille, donde, 50 años después, Annie Ernaux cuenta su primera experiencia sexual, revelando las dificultades de ser mujer tanto ayer como hoy. Es el verano de 1958 en Normandía. Annie Duchesne no tiene ni 18 años, y es su primera vez sola fuera de casa. Ignorante de la vida y ávida de libertad, sueña su primera historia de amor. Todo se hará realidad, pero de una forma diferente a la esperada. Annie pierde la virginidad con H., el monitor de la colonia de verano, un hombre mucho mayor que ella. Memoire de fille es el testimonio de una noche que tendrá repercusiones violentas sobre su cuerpo por más de dos años. En la novela la escritora nos presenta a esta joven y nos cuenta la vergüenza, el deseo, la condición femenina. Ernaux es una autora con la A mayúscula, que nunca disimula su lugar de enunciación, declaradamente feminista (“¿cómo es posible no serlo?”, dice) y que rescata el género autobiográfico, a menudo despreciado como literatura de escaso interés: diarios de amas de casa.

¿Cómo ha cambiado la sociedad en este medio siglo que nos separa de la joven de 18 años en el pueblo de S dans l’Orne? ¿El mundo es aún tan discriminatorio, violento e injusto? Los números hablan: en Francia desde enero han muerto más de 70 mujeres; casos que han pasado desapercibidos, indiferentes para la opinión pública. La civilizada Europa no está libre del feminicidio. Además de la violencia puramente física, existe la discriminación diaria; la presencia en lugares de poder y de reconocimiento de las mujeres sigue siendo mucho menor que la masculina. Las que sí logran llegar a realizarse siguen marginadas, a menudo tachadas de poco creíbles, de ocupar su posición ilegítimamente. Édith Cresson, la única mujer que ha sido primer ministro de Francia, decía: “Si un hombre grita frente a la Asamblea Nacional es un gran orador, si lo hace una mujer, es una histérica”.

La normalidad implícitamente reconocida del poder masculino está presente hoy como ayer. Annie Ernaux habla de esta macabra realidad citando el caso de Marie Trintignant, asesinada a golpes por su marido, el célebre cantante Bernard Cantant: “Ninguna mujer, de ninguna clase social, está libre de la violencia”.

La novelista se dice preocupada por la nueva oleada conservadora en su país: “Políticas que invocan la ‘tradición’ o ‘un orden natural’, que van en contra de las mujeres y de los migrantes y homosexuales. Los logros existen pero son frágiles, están continuamente en peligro”. Un eslabón de intolerancia que ofrece a diario nuevos ejemplos, como la polémica francesa sobre el burkini: “la prohibición de ponerse este tipo de bañador impuesta por alcaldes y políticos —casi siempre hombres —, que utilizan también el argumento del feminismo, es engañosa”. El engaño, revela la escritora, “es que debajo de esta supuesta defensa de la libertad individual está la batalla por el control del cuerpo de las mujeres”. Una batalla que coincide con el origen de la historia de la humanidad misma, y que continúa en 2016. “No puedo generar obras escritas para guiñarle el ojo a la opinión pública. Este no debe de ser el fin de la literatura, como ha intentado hacer, por ejemplo, Houellebecq con Sumisión, a quien he decidido no leer más por cómo trata al cuerpo femenino”, declara.

Para Annie Ernaux legitimar la experiencia individual y aprender de la complejidad de la experiencia colectiva son estrategias fundamentales contra la opresión, maneras de deconstruir estructuras sociales erradicadas como el patriarcado. Transformar la dolorosa intimidad en una cuestión pública nos confronta con el re–sentir, con el escoger qué volver a vivir. Desvelar (se) este proceso de deliberación empodera a quien lo hace tanto como a quien lo comparte. Expresar la propia presencia es la primera forma de resistir, y lo personal sigue siendo político. Compartir la historia singular es un mecanismo de solidaridad que nos acompaña en el viaje de devenir lo que somos, que Annie Ernaux ejerce maravillosamente a través de las palabras.

“Siempre quise escribir como si no fuera a estar cuando publicaran lo escrito. Escribir como si fuera a morirme y ya no hubiera jueces. Aunque es posible que sea una ilusión creer que el advenimiento de la verdad depende de la muerte”.