Amores sin permiso familiar*

Biografía
Braulio Peralta publicará este año el libro El clóset de cristal bajo Ediciones B.
Braulio Peralta publicará este año el libro El clóset de cristal bajo Ediciones B. (Shutterstock)

El germen del movimiento homosexual empezó en los años sesenta, una época oscura como el priísmo de esos años, con Gustavo Díaz Ordaz de presidente y un movimiento estudiantil masacrado en 1968. El miedo reinaba en la gente. Reunirse para conspirar por derechos era peligroso: ni siquiera la izquierda del viejo comunismo pensaba en los de los homosexuales, en México o en el resto del mundo occidental. Los prejuicios eran la norma alrededor del sexo. Pero algo despertaba…

Juan Jacobo Hernández era entonces un estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Solían reunirse alrededor del amplio pasillo junto a las escalinatas, conocido como “El Aeropuerto”, para tomar café, un pan, mirar gente; observar. El mundo era esa nuez donde los ojos podían encontrarse: ver y que te vean. Estudiar era también ligar con el deseo escondido. Juan Jacobo había entrado a la Facultad con la inquietud de los idiomas. Se le daban, su profesor de prepa decía que aprender lenguas era su fuerte. Y él quería viajar.

A “El Aeropuerto” iban alumnos de otras facultades a ver a las chicas y chicos deambular; era la facultad con glamur. Los sesenta eran también el tiempo de los hippies, los freaks, los beatniks, en que los existencialistas deslumbraban por sus ideas pesarosas. Estudiar Filosofía tenía el costo de salvarse o empeorar con Marx, Nietzsche, Schopenhauer, Camus o Sartre. Discutirlos, un enredo interminable. Iban de Ingeniería, Derecho o Arquitectura para conocer gente rara que creía que pensar era constructivo.

Juan Jacobo era raro incluso entre esa fauna. Con dieciocho años ya ejercía su inclinación por los hombres; ahí conoció a Sergio, de ojos verdes, guapo. Se enamoró de su primer gran amante, su primer gran amor, amigo de uno ya famosón por entonces: Carlos Monsiváis. Las amistades particulares a veces dan muchas amistades públicas. Era común toparte con la actriz Rita Macedo o la futura poeta Reyna Barrera, las hermanas Galindo —Carmen y Magdalena— o la filósofa Juliana González; Cristina Romo antes de ser Cristina Pacheco, o Nancy Cárdenas, destinada al mundo del teatro. Los morrales y los huaraches eran la mexicanidad, la moda del universitario pobre. Muchos vestidos de negro, con pelos a lo Juliette Gréco. Gente excepcional a los ojos de Juan Jacobo; teatreros, filósofos y escritores daban al barrio universitario la importancia de la nada.

Carlos Monsiváis no era como todos. O mejor dicho: todos somos únicos, pero él aún más si abría la boca. No era atractivo físicamente pero tenía un aura impresionante de simpatía, de brillantez, de inteligencia. Hablaba con sarcasmo e ironía y eso impactaba a cualquiera. Juan Jacobo no dudó en pretender ser su amigo. Lo procuró, lo vio como un mentor porque era mayor —veintidós añitos— y le daría experiencia a un bisoño como él. Aunque Carlos quería con Sergio —y con muchos otros—, no lo logró. Juan Jacobo acompañaba a Carlos a las grabaciones de El cine y la crítica a Radio Universidad. Atracción física, ninguna; mental, mucha.

Un día Juan Jacobo decidió lanzarse: se le antojó acostarse con Carlos. Nadie lo obligó a nada salvo la inteligencia de Monsi, su atracción intelectual. Todo se desató tan rápido como las pasiones y las ganas de coger. En una de esas llegaron a la accesoria de un taller de reparación de calzado, en Villa de Cortés: el padre de Juan Jacobo era zapatero, y decidió poner el negocio para que sus hijos aprendieran a trabajar, a ganar su propio sustento y el valor de asumir la responsabilidad de sus propias vidas. Dejaba a su hijo la libertad de usar un pequeño departamento del espacio comercial, y ahí llegó una tarde con el intelectual, que para entonces ya era reconocido en el mundo universitario.

A días de conocerse ya estaban en la cama. Contra todo pronóstico, fue el joven quien sedujo al intelectual... o eso creía Juan Jacobo. Fue tan sincero el acto y el deseo que la relación amorosa duró alrededor de tres años. Carlos se dio cuenta de lo genuino e ingenuo del joven al entregarse de esa manera.

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Tú cuentas esto no por el morbo de las relaciones personales sino por el profundo sentido que tiene que el público sepa de qué manera se influyeron uno al otro, porque tanto Carlos como Juan Jacobo trabajarían los siguientes años en el movimiento homosexual, sus primeros pasos. De cuando lo personal es político, pues… El joven Juan Jacobo considera esos años de formación, aprendizaje y conocimiento.

Carlos se hizo asiduo visitante a la casa de Juan Jacobo, donde vivían su mamá y sus hermanos, y Juan Jacobo también iba a casa de Monsiváis. Eso sí, con la renuencia de las madres… Juan Jacobo disfrutaba la generosidad de Carlos como guía, orientador; le regalaba libros. Tenía una cajita con el nombre “Carlos Monsiváis”, con postales, dibujos y hasta cartas de amor y amistad, de regaños y enseñanzas; de agradecimiento por compartir la soledad. Aunque con el tiempo el joven se dio cuenta de lo manipulador que era Carlos: no le gustaba nada que el joven no hiciera lo que él quería o creía que debía hacer con su vida. Desde entonces no renunció nunca a ser el dominante en sus relaciones privadas.

—Y ese hombre, ¿por qué te busca, qué quiere? —preguntaba doña Teresa. La madre ya sabía que su hijo era homosexual, lo supo mucho antes de que cumpliera los dieciocho. Desde los diecisiete se independizó parcialmente, procuró la calle con la autorización de sus padres; por eso tenía el departamentito en la tienda de zapatos. Iba a comer con su familia y ahí llegaba Carlos. La madre prohibió a la sirvienta, Anatolia, dejarlo entrar. Cuando Carlos llegaba a su casa, la obediente Anatolia abría parcialmente la puerta, momento que Carlos aprovechaba para meter el pie e impedirle cerrar la puerta.

—No me vengas con ese hombre a la casa. Es mayor que tú, no me inventes que van a estudiar.

Carlos iba de todos modos…

A la madre de Carlos —doña Esther— igualmente no le gustaban las visitas que su hijo llevaba a la casa de San Simón 62, en la colonia Portales. Le ponía cara a Juan Jacobo o al amante en turno, porque no era el único, Carlos nunca tuvo un corazón para amar a una sola persona; tampoco Juan Jacobo. Vivían el tiempo de libertad de principios de los sesenta, acompañados de los primeros movimientos de liberación de los cuerpos al estilo de Wilhelm Reich, o mejor, por el poeta de Aullido, Allen Ginsberg, que en 1956 escribió: “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”. Ginsberg y Peter Orlovsky —su pareja por cuarenta años— se retrataban abrazados, desnudos, de frente, exhibiendo sus vergas. Ejemplo de hacer el amor como se quiere, cuando se quiere, con quien se quiere…

Carlos fue impulsor moderno de esas ideas en México; no el único. Fue cuando las mujeres hicieron su aparición masiva en el mundo laboral, lejos del marido, los niños y el hogar; la época en que se hablaba en las universidades de la discriminación racial, de género; la generación del rock, del pelo largo en los hombres y la minifalda entre las mujeres. La libertad sexual de los sesenta arrancaba para todos.

Los homosexuales y las lesbianas de entonces no querían ser la excepción. Lo personal era político y la libertad política estaba atada a la libertad sexual. Y una revolución —la de Cuba— daba grandes esperanzas a los jóvenes que buscaban otro tipo de vida, lejos del capitalismo. Carlos no estaba al margen de esa historia y Juan Jacobo quería saber más de esa posibilidad social; eso, y la identidad sexual, los unió.

Pero también contaba la religión. A Juan Jacobo le fascinaba que Carlos le cantara himnos protestantes. Si con Sergio, su anterior novio, era anglicano, con Carlos vivió el lado protestante de la vida donde Dios es todo y la música soul su esencia. Mahalia Jackson, Odetta, Billie Holiday, Bessie Smith, los grandes cantantes de jazz y blues fueron un despertar musical, y para Juan Jacobo un gusto heredado. Una parte de la cultura estadunidense le resultaba entrañable: su madre era chicana, nacida en Nebraska, hija de campesinos emigrados a Estados Unidos huyendo de la Revolución mexicana. Su padre se crio allá desde los dos meses hasta los veintidós años, cuando llegaron a México. No fue gratuito que el gusto de Carlos se hiciera con el de Juan Jacobo, como al revés ocurrió con el teatro, la danza y la literatura. Las enseñanzas culturales fueron múltiples.

En casa de Juan Jacobo ya le sabían sus inclinaciones. El espíritu del tiempo no era salir del clóset, no, pero la familia secretamente sabía que no tenía novia, tenía “amigos”. A Carlos no le tocó la suegra–bruja, o la madre autoritaria: a regañadientes, Teresa conocía y respetaba las decisiones de su hijo. Esther Aceves, a su modo, también. Lo que se sabe no se discute cuando es un hecho consumado.

Carlos se impregnó de esa moral religiosa, de buenas costumbres, de ser un hombre pacífico de izquierda. Desde los quince años dio síntomas de reivindicar la utopía. En los cincuenta ingresó al Partido Comunista y participó en marchas fundamentales por los derechos de los trabajadores: eso para Juan Jacobo, que admiraba la gesta soviética y los ideales comunistas, fue parte del enamoramiento.

Carlos se hizo amigo de los hermanos de Juan Jacobo. Discutían, o mejor, escuchaban los puntos de vista del visitante asiduo. Lo admiraban por su programa de radio sobre cine, por lo que ya por entonces escribía en la revista Siempre! Imponía su intelectualismo. El espíritu rebelde de Juan Jacobo empezó a tomar distancia emotiva de Carlos, no de la persona y obra.

Juan Jacobo no encubría su homosexualidad en casa; Monsiváis sí. Juan Jacobo no tenía novias. Monsiváis lo dejaba en la duda familiar. Juan Jacobo no lo juzgaba. No era aquel tiempo para la apertura sobre la sexualidad, no todavía. A los tres años de andar como pareja, terminaron su relación amorosa para convertirse en amigos.

Amigos que compartían amigos. Carlos lo llevaba con las Galindo a su casa de San Antonio, en la colonia Del Valle, cerca de aquel restaurante de tortas, Los Guajolotes, de la avenida Insurgentes. Lo impresionaba Magdalena, hermosa, de buen vestir, a la moda, con pantalones pescadores, zapatillas doradas y un suéter de esos de ojal; tendida en un diván parecía una diva. Eran hijas del cineasta Alejandro Galindo.

Para Juan Jacobo, Carlos fue una inspiración en la lectura, la escritura y la traducción del inglés. Pero el amor —el sexo— se acabó. No era lo suyo terminar de amantes.

De niño, sin saber quiénes eran, Juan Jacobo conoció a Carlos y a José Antonio Alcaraz. Era muy adolescente. Los padres de Juan Jacobo acostumbraban llevar a los hijos a pasear a Chapultepec, donde muchos años estuvo el invernadero de cristal tipo art déco. Ahí a un lado estaba la estación radial; invitaban al público a ver a “los niños catedráticos”. Eran principios de los cincuenta. Entraron.

Juan Jacobo lo recuerda ahora por una plática en los sesenta con Carlos y José Antonio, muertos de la risa por ser “las niñas catedráticas”. Ya eran más amigos que amantes. Tenían otra perspectiva de vida.

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*Fragmento de uno de los capítulos del libro El clóset de cristal, que este año publicará Ediciones B.