Nos queda el silencio

Ambos mundos
2 de octubre de 2016 en una casilla de Colombia
2 de octubre de 2016 en una casilla de Colombia (Luis Acosta/afp)

Tras el golpe en el estómago que acabamos de recibir por la victoria del NO en Colombia, ¿qué es lo que nos queda? Nos queda el silencio, nada más, y la vergüenza de haber creído que éramos más y mejores. Ahora tendremos que bajar la cabeza, derrotados, y regresar a nuestras pequeñas vidas, individuales, y enfrascarnos en ellas. Perdimos la oportunidad y ahora todo es incertidumbre. Como explicó Mario Mendoza en una entrevista: “Si el ejército, el gobierno y la guerrilla pudieron ponerse de acuerdo en La Habana, y nosotros, la sociedad civil, no, quiere decir que el problema somos nosotros, no ellos”. Lo único bueno del NO es que nos abre los ojos: no somos un país sino dos, distintos y enfrentados.

La casualidad quiso que yo haya estado toda la semana anterior en Seúl, viviendo de cerca ese hecho extraño y casi inverosímil de que un mismo país esté radicalmente dividido en dos: Corea del Norte y Corea del Sur. Pero ahora compruebo que Colombia es igual, también está cortada salvajemente en dos mitades, solo que no hay una frontera terrestre que las separe sino un muro invisible en las cabezas. Porque con el NO no solo gana ese país en el que Uribe hizo hasta lo imposible por vengarse de Santos y destruirle su pedestal (hasta que lo logró), sino que gana también el país oscuro y homofóbico de la ideología de género, el de la venganza, el del nacional-catolicismo y el control de la moral. Dos Colombias que se miran con recelo y desconfianza, cuyos héroes, además, se hicieron los de la vista gorda. ¿Alguien oyó decir algo a James o a Falcao sobre el plebiscito? ¿Es que no son colombianos también? El único deportista que habló en favor de la paz fue el gran Nairo Quintana.

La incoherencia, de cualquier modo, es palpable. Santos ganó la reelección con el clarísimo mandato de llevar a término el proceso de paz con las FARC, y una vez que está hecho, hoy, una mayoría dice NO, y otra mayoría silenciosa, la más grande de todas, ni siquiera se molestó en ir a votar, como si las consecuencias de este plebiscito fueran a vivirse en algún lejano anillo de Saturno. Por lo demás, lo del domingo es inentendible fuera de Colombia, en donde, dicho sea de paso, pasamos de ser el país de moda a ser otra vez la misma nación esquizofrénica de siempre, que ahora todos perciben con inquietud, y que hace sentir vergüenza a quienes se la jugaron por ella, como los países garantes o la propia ONU. Sí, solo nos queda el silencio.

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