La señora mexicana

Caracteres
La señora mexicana se distingue de sus paisanas a primera vista.
La señora mexicana se distingue de sus paisanas a primera vista.

Para efectos de este estudio se puede agrupar a las señoras en dos categorías: la de la señora a secas, clase de mujer que se da en todo el mundo y suele ser casada (aunque no siempre) y con hijos (aunque no siempre) o, si es soltera o no es madre, tener de cuarenta años para arriba; y la de la señora mexicana, subclase de mujer que suma, a las características generales de la otra, la obvia de haber nacido o vivir en nuestro país, la necesaria pero no suficiente de pertenecer a la clase media o de plano alta, y la envidiable pero inconfesable de no trabajar para nada o trabajar solo por gusto.

La señora mexicana se distingue de sus paisanas a primera vista.

Es la que pasa medio día, y muy seguido el día entero, en bata y pantuflas y con tubos en el pelo y crema en la cara y las uñas de las manos recién barnizadas y la boca llena de palabras que manan en torrente o de golosinas sin azúcar para no engordar.

La que va no menos de dos veces por semana al salón de belleza y saluda de beso tanto a clientas como a empleadas y se pasa las horas frente a un espejo mientras le retocan las luces o la peinan o le hacen manicure y pedicure; y en ningún momento, ni siquiera cuando le lavan el pelo, deja de hablar.

La que se emperifolla y se perfuma y se pone medias y tacones altos para ir a donde sea, desde el mercado sobre ruedas hasta el gimnasio, pasando por el nuevo centro comercial que visita en cuanto lo inauguran, según dice, “para conocer”.

La que posee una gigantesca Van, modelo del año, que usa para ir al súper (aunque esté a dos cuadras) o recoger a sus dos hijitos en la escuela (aunque esté a cuatro) y que se propone cambiar por tres coches usados ahora que impera en la ciudad el doble Hoy No Circula.

La que detesta a la copuda jacaranda que crece frente a su casa porque cada primavera las hermosas flores violáceas ensucian la banqueta y, peor aún, la Van reluciente; y en venganza ella manda podar el árbol inerme hasta que solo queda un triste tronco y, como ese muñón vuelve a echar ramas que amenazan con florear, lo arranca de raíz y cubre el hoyo con cemento.

La que les tiene repelús a las palomas (porque manchan todo de caca) y a las arañas y otros bichos (que quién sabe cómo se meten a su casa); de suerte que, para sentirse más segura, elimina las plantas y el pasto de su jardín y lo reduce a un patio pelón que le sirve de tendedero.

La que emplea una o dos sirvientas y las menosprecia y hasta las odia, pero no prescinde de ellas, ni para de hablar muy mal de ellas, ni (pobrecita) sería nada sin ellas.

Todas estas taras, amén de otras muy suyas, aquejan a doña Auxiliadora, casada hace décadas con el próspero y confiable y no muy atractivo señor Zaplana, a quien quiere un poco aunque no lo ame tanto, y de quien recibe mucho cariño y más, siempre más dinero.

Tú la conoces desde su niñez ya aseñorada, y no te sorprende en absoluto que Auxiliadora de Zaplana, parodia de sí misma en todo momento, sea hoy el prototipo de la señora mexicana.