Un pequeño retrato de Hovhaness

Vibraciones 
Alan Hovhaness
Alan Hovhaness (Gordon Parks)

Nada, nunca, fue más importante para Alan Hovhaness (1911–2000) que apuntar las melodías que voces extrañas le dictaban desde Angélica: lugar sin tiempo ni forma habitado por almas puras. Cuando esas voces le cantaban, Hovhaness suspendía cualquier cosa que estuviera haciendo y escribía. Por eso fue un hombre cargado de plumas; en cada bolsa de su traje llevaba una. Y a veces la gente se reía cuando Hovhaness, tan solemne, tan severo, tan elegante, se presentaba a sus propios conciertos con manchas de tinta en su camisa blanca.

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Hovhaness aprendió de Sibelius a ser esclavo de sus temas —permitirles evolucionar libremente, sin otra limitante que la de sus propias posibilidades expresivas— y articuló toda su música en torno a la melodía (incluso, para acentuarla, llegó a construir estructuras armónicas de minimalismo radical en donde un mismo acorde permanece sonando de principio a fin, sostenido, interminable, al fondo de la obra). Pero no estamos ante un melodista exclusivamente tonal —como casi todos los compositores occidentales de los siglos XVII, XVIII, XIX y principios del XX—, sino ante un compositor ávido de modos antiguos, de melodías que en pasados remotos servían—en la India, en Corea y en Armenia, la tierra de su padre— para meditar, para rezar, para promover experiencias místicas. Y esto para Hovhaness era lo único importante: crear sonidos que inspiraran bondad, heroísmo y humanidad, que motivaran un deseo de regeneración en las almas.

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Hovhaness era un devoto panteísta: los elementos que conforman el universo eran sus únicos dioses. Las voces de almas puras que le cantaban melodías desde Angélica —a veces varias al mismo tiempo, y entonces recurría, para no volverse loco, a la polifonía renacentista— solían indicarle el camino de las montañas. Y Hovhaness escalaba; no a manera de conquista, sino de experiencia mística: al subir las enormes montañas, que nacen de la tierra y enfilan —muy lentamente— hacia el cielo, sus mundos físico y espiritual se fusionaban.

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Escuchemos su poco conocida Sinfonía 46, To the Green Mountains (1981), en cuatro movimientos.

1) Una mujer japonesa, representada en el sonido suave y continuo del arpa, avanza con determinación por el bosque. Su mente vaga entre misteriosas fantasías románticas descritas por breves solos a cargo de los vientos de madera. De repente, surgen ante ella las majestuosas montañas verdes que le paralizan el cuerpo y la mente con su profunda bienvenida, de amplias melodías nostálgicas y líricas, interpretada por toda la orquesta.

2)  Los misteriosos sonidos —vibrantes, etéreos— de la montaña intimidan a la mujer japonesa, quien, para sentirse segura, tararea canciones folclóricas de su infancia (a cargo de la flauta). Pero la montaña ensordece con un himno de cuerdas y metales donde laten todos sus peligros y todas sus tragedias. A la mitad del recorrido, la mujer japonesa, extática y alerta, une su aria con el himno de la montaña, y ambas fuerzas sonoras se fugan en persecución ascendente.

3) Una montaña es un universo con muchos mundos dentro. Por ejemplo, el mundo del agua. La mujer japonesa ha encontrado un delgado río donde el agua fría corre rauda y alegre (oboe). Ella sonríe, se quita el vestido (un contrapunto tejido por dos flautas) y juega desnuda en el agua (arpa y cuerdas pellizcadas). 

4) La noche está cerca (dos trompetas la anuncian sobre las cuerdas) y estalla, tras un tenso silencio enrarecido por la flauta, brutal, inclemente, la tormenta. La mujer japonesa se protege dentro de una cueva. Observa: lluvia, granizo, rayos y viento (para expresar tempestad, Hovhaness utiliza aquí un procedimiento aleatorio denominado senza misura en donde los intérpretes repiten individualmente una frase melódica dada sin un ritmo establecido, de tal forma que cada uno no necesariamente debe ir en sincronía con el resto). Y nuevamente, calma. La mujer japonesa reanuda su ascenso y, a punto de alcanzar la cima, canta una encendida plegaria y, por un instante, su canción es una con la de la montaña.