La mitad de Carlos Fuentes

A fuego lento
 'Aquiles o El guerrillero y el asesino', novela póstuma de Carlos Fuentes
'Aquiles o El guerrillero y el asesino', novela póstuma de Carlos Fuentes

Dice Silvia Lemus que Carlos Fuentes pasó veinte años batallando con la materia y la estructura de este libro. Según parece, la historia telúrica de Colombia le resultaba tan familiarmente emotiva que tenía la profundidad de un tajo en el pecho. ¿Cómo revestirla con el ropaje de la ficción sin desentenderse de los hechos crudos? ¿Cómo imaginarla sin pasar por alto las afrentas sociales, los enconos políticos, la sangre y el duelo? No es posible responder estas preguntas porque Aquiles o El guerrillero y el asesino (Alfaguara/ Fondo de Cultura Económica, México, 2016) —a la que Julio Ortega, quien estuvo a cargo del cuidado de la edición y ofrece un prólogo más que revelador sobre las estrategias creativas de Fuentes, llama una “novela latinoamericana hospitalaria”— es en realidad una serie de apuntes, disertaciones, pasajes a ratos apresurados y otras veces luminosos, rodeos que no llevan a ninguna parte, tanteos, pasajes inconclusos, es decir, tan solo el cascarón de una novela.

En las páginas de Aquiles buscamos al Carlos Fuentes que superaba cualquier escollo narrativo y qué encontramos: a Carlos Fuentes en su estudio, frente a su mesa de trabajo, liándose a puñetazo limpio con la página. No está nada mal observar por primera vez cómo se gestaba su escritura pero no hemos leído ni cincuenta páginas y ya se impone una sensación de desencanto. Echamos de menos su intervención final para proyectar con hondura el destino de Carlos Pizarro —Aquiles—, uno de los líderes del M–19, asesinado tras deponer las armas y reintegrarse a la vida civil como candidato a la presidencia, y el del sicario que se curtió en la traición. Está el ímpetu, falta el cálculo.

El capítulo 3, por ejemplo, se antoja una lista de opiniones literarias y políticas que Fuentes quería tener a la mano pero ¿incluirla a costa de obstruir el camino entre la niñez enfermiza de Aquiles y la herencia reformista de Cástor, el dubitativo lugarteniente de la guerrilla? ¿Qué propósito tiene el encuentro entre Aquiles y Salomón Parras, amo y señor del tráfico de esmeraldas? Acaso el de revelar que “Tenemos ejércitos privados, sin control del Estado porque aquí el Estado no existe y el gobierno ya perdió el control de las armas”. ¿En verdad el lector necesita saber esa verdad evidente o es que Carlos Fuentes pretendía  dotar de más peso a la escena?

También son meros esbozos las carreras de Aquiles y sus tres compañeros de lucha. Podemos verlos en la casa familiar, en la escuela jesuita y en espacios fugaces de su cotidianeidad pero dónde quedaron las acciones guerrilleras. ¿Narrar a Colombia y a Carlos Pizarro sin la épica de la revolución campesina? ¿Y el asesino?: una sombra entre sombras que entra y sale del escenario como si fuera una presencia indeseada.

¿Carlos Fuentes póstumo? No. Apenas un Carlos Fuentes en busca de la novela que pagaría sus deudas con Colombia.