La ópera es ridícula

Semáforo.
Semáforo
Semáforo (Universidad de Houston)

Ciudad de México

La ópera es ridícula. El teatro musical es absurdo. Estas opiniones son tan comunes como tristes. Hay quienes esperan que las cosas creadas muestren un supersticioso realismo, incapaz de alzar el vuelo de la imaginación ni dar lugar a la potencia de los sueños. Y ha de ser muy cansado vivir pegado al piso toda la vida, y con la misma actitud hacer cola en el banco o ver una película. “A mí no me toman el pelo”, dice aquel que teme a su imaginación. Le resulta risible o insultante que quieran engañarlo: “Nadie canta 10 minutos mientras se está muriendo”. No se da cuenta de que lo que dice no es inteligente sino dos veces tonto: ni el drama teatral, ni la música, pretenden ser una reproducción de la realidad. Pero a la verdad (que es de orden simbólico) no se llega arrastrándose por el fango.

“Dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”, dijo Mallarmé, es el cometido de quien crea una obra. Y en la música misma hay la sospecha de la significación. La expectativa de sentido. La música es pensamiento, dijo nuestro admirado Eugenio Trías. Pero no un mero cálculo entre trastes cotidianos. La ópera misma nació de la búsqueda por volver las palabras algo más expresivo, más alto. Cuenta Nikolaus Harnoncourt en Discurso sonoro (Ed. Acantilado) que, “de repente surgió la idea de hacer de la lengua misma, también del diálogo, el fundamento de la música. Una música así debía volverse dramática, pues un diálogo ya es en sí dramático, su contenido es el argumento, la persuasión, la puesta en cuestión, la negación, el conflicto. Lo que contribuyó al nacimiento de esta idea fue la Antigüedad clásica. La dedicación apasionada a la Antigüedad condujo a la opinión de que el drama griego no había sido hablado sino cantado. Se intentaba revivir la antigua tragedia con toda fidelidad.” Y, buscando la imitación de los griegos, apareció la música como continuación, como expresividad del diálogo. Pronto dejó de ser un mero embellecimiento que acompaña a las palabras y se convirtió en una nueva expresividad. La mediocridad de la música de las primeras óperas de Caccini o Peri se debe a que sigue, acompaña y adorna a las palabras. Pero en Monteverdi algo distinto había sucedido: la música es dramática; no es ya la música votiva del templo o de la danza y canto trovadoresco. Es la música como centro, objetivo, fin en sí.

El drama musical, la ópera, surgió siguiendo la noción de que el teatro griego no era un habla utilitaria, cotidiana. Nietzsche se desesperaba por hacer comprender esto pero, perdida la actividad del teatro griego y sus técnicas, ya nadie ha podido decir con certeza qué clase de musicalidad pudo escuchar un ateniense de hace 25 siglos. Se sigue especulando y Cristódulos Halaris, Petros Tabouris, Gregorio Paniagua, entre muchos, han hecho reconstrucciones inteligentes y valiosas. Pero quiero recomendar, sobre todo, una muy notable escenificación rítmica (“Aeschylus Agamemnon”, en YouTube, una serie de 10 pequeños videos). La experiencia vale la pena, incluso si usted no sabe inglés: vaya y escuche el ritmo, observe la ritualidad de la representación, tan griega y tan moderna a la vez.