La guerra en la niebla

Al tratarse de un duelo suspendido, de una infamia que deja una herida permanentemente abierta, es imposible cerrar y concluir con las emociones que desata.
La obra logra tener al público al filo de la butaca.
La obra logra tener al público al filo de la butaca. (Especial)

México

Me cuesta trabajo ir a teatros con un perfil comercial porque a los periodistas culturales nos suelen tratar como un pedazo de estiércol. Por tercera ocasión me pasa en los teatros Milán y Foro Lucerna, y quedo convidado a no volver. No obstante, la obra a la que acudí merece mis más grandes aplausos y por tanto aquí van estas líneas: se trata de La guerra en la niebla, escrita y dirigida por Alejandro Ricaño. Es un Ricaño nuevo a mis ojos, que ha salido de su zona de confort para meterse con uno de los asuntos más dolorosos que vive nuestro México: las desapariciones forzadas, tema que nos ha de seguir por décadas, como en los casos chileno, argentino, uruguayo y colombiano.

Al tratarse de un duelo suspendido, de una infamia que deja una herida permanentemente abierta, es imposible cerrar y concluir con las emociones que desata. Y todavía, al parecer, no hemos visto el fondo en esta guerra que México vive ahora en un silencio mediático, con un control de la información que es tan bestial como los miles de homicidios y desaparecidos que cada año seguirán ocurriendo mientras gobierno y criminales continúen siendo una masa difícil de separar y distinguir.

Con localidades agotadas, este nuevo campanazo de Ricaño se distancia de sus obras anteriores en tanto tratamiento y mundos que abre, por supuesto, pero también en la forma, pues emprende una obra de teatro estrictamente dramática —clásica podríamos decir—, alejada de la hibridación entre lo épico-narrativo y dramático a la que nos había acostumbrado.

Nos recuerda a Camus y a Sartre, pero al mismo tiempo maneja como un dios la creación de expectativas que hacen que la respiración en la butaquería esté llena de sobresaltos, angustia y suspiros. Alejandro se está convirtiendo en un genial manipulador de los receptores, de los espectadores. ¿Y no es eso lo que debiera hacer cualquier teatro en el formato y con el discurso que sea? ¿O aburrir y dar güeva es lo que está de moda, y vale solo por el bañito de agua bendita de las vanguardias?

La obra logra tener al público en el filo de la butaca. Es una historia en donde muchas preguntas han de ser resueltas (y otras no) mientras el autor-director y sus actores juegan a la baraja con la cabeza de su espectador, intensificando su actividad mental y llevándolo a hacer un papel de tejedor de la trama, explotando al dramaturgo interno de cada quien, empujándolo a emitir hipótesis en una intensísima experiencia teatral. Lisa Owen, Álvaro Guerrero, Arturo Ríos, Sara Pinet y Adrián Vázquez están impecables, dueños del oficio actoral, geniales. Corta temporada en el Lucerna. ¡No se la pierda!