La cabeza de Lenin

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La cabeza de Lenin.
La cabeza de Lenin. (Shuttestock)

Ciudad de México

Diez años atrás, en un texto sereno pero certero, el poeta ruso Evgeni Evtushenko describió a Lenin como “el pecado original del comunismo”. Recordaba que fue él quien ordenó la instalación del primer campo de concentración europeo, quien mandó reprimir a los profesores rebeldes, quien amenazó de muerte a los trabajadores a cargo de la telefonía por su mediocre desempeño. “Todo lo que se apoya en la violencia y la sangre, tarde o temprano se viene abajo”, sentenciaba en sus últimas líneas.

Con una salud muy frágil, Lenin se vino abajo a lo largo de los últimos años de su vida. Parecía que el destino se empeñaba en invitarlo a vivir en un museo de cera, en un sarcófago de cristal. Cuando murió en 1924 a consecuencia de una hemorragia cerebral, había pasado años de intensas cefaleas e insomnios, no podía hablar ni mover uno de sus brazos y se vio obligado a aprender a leer de nuevo. Hay quien dice que llegó a pedirle a Stalin que le suministrara algún veneno para terminar con sus sufrimientos.

Alguien tuvo la ocurrencia de colocar hombro con hombro los cadáveres de ambos líderes en un mausoleo dispuesto en la Plaza Roja de Moscú. Momificados, amarillentos, seguían inspirando temor a los millones de visitantes que contemplaban su evidente ausencia. Hasta que el cuerpo de Stalin fue retirado y enviado a una sepultura ahí cerca, con más privacía y mejores compañías.

Endiosados mediante decretos firmados por propia mano, dejaron aquí y allá claros vestigios de su poder, de su autoridad: estatuas de todos los tamaños y todos los materiales. También se vinieron abajo cuando se desarmó el rompecabezas soviético en 1991. Con cuerdas y mazos, miles de ciudadanos las echaron por tierra, las demolieron y arrastraron por las calles y finalmente las enterraron. Entre la polvareda, muy avispados, algunos funcionarios del Partido Comunista de la Unión Soviética se acercaron a la casa de subastas Christie’s para ofrecerles algunas estatuas monumentales de Lenin.

Lo que quedaba del líder en su sarcófago de cristal en la Plaza Roja pareció estremecerse en aquellos días, cuando estuvo a punto de ser desahuciado. Pero sobrevivió a la adversidad, como en sus mejores tiempos, y quedó ahí, reducido a una sobrecogedora atracción turística bendecida por la Historia.

Quienes la emprendieron contra el pasado haciendo escombros de las estatuas nunca imaginaron que años después andarían buscando los pedazos para reconocerse como nación. Los alemanes, que no acaban de arrepentirse de la demolición del Muro de Berlín que atraía millones de turistas, andan ahora tras la cabeza de una estatua de Lenin, perdida en algún lugar en las afueras de esta ciudad. Una exposición que se organiza sobre las estatuas que han transitado por la capital germana estaría incompleta sin la cabeza de granito de más de tres toneladas.

En efecto, Lenin perdió la cabeza y ahora nadie sabe dónde diablos fue a parar.


*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa