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Jueves , 19.07.2018 / 07:41 Hoy

La vieja Francia

Hombre de celuloide


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Fernando Zamora

La historia la hemos visto mucho: un maestro cambia la vida de sus alumnos mal portados en una escuela marginal. Lo que hace muy buena a La melodía es lo importante del contexto en el que está escrita. “Los niños siempre son encantadores”, dice la madre del maestro de violín. “Mamá”, responde el músico, “estos no son niños como los que conociste”. Y en efecto: son hijos de inmigrantes árabes, africanos, latinoamericanos. Todo aquello que hace temblar al conservadurismo occidental. Y, marginales o no, son muchos y son fuertes en sus convicciones familiares, religiosas y hasta sexuales. Mientras la burguesía francesa expira en un “oh là là” decadente, estos niños de periferia están listos para la revolución demográfica, para apoderarse de Francia reproduciéndose. La película Entre los muros (2008) señalaba ya las dificultades de incorporar a estos muchachos a un continente que había renegado de su cultura, del pensamiento judeocristiano sobre el que construyó sus sistemas judiciales, educativos y políticos. Si acaso Europa reduce todo lo que fue a una palabra: “democracia”. Pero ¿basta la democracia para asimilar a todos estos inmigrantes? Tal vez, como piensa Houellebecq, en la novela Sumisión, es ella misma la que hará que Europa termine por convertirse en un continente musulmán. En todo caso, La melodía encuentra algo en el pasado europeo de lo que no es posible avergonzarse: un sistema que se inventó en un monasterio medieval y que hoy llamamos equívocamente “música clásica”. Aprendiendo a tocar el violín estos niños tal vez encuentren a la vieja Francia, a esa que creyó en la fraternidad, la igualdad y la libertad de los pueblos del mundo, la que creyó, con Rousseau, que el hombre es bueno por naturaleza. Gracias a la música, un maestro blanco y un niño huérfano y con orígenes en Costa de Marfil pueden volverse amigos para dar una segunda oportunidad a este continente que, avergonzado por su pasado imperial, se quedó sin identidad, pasmado con las reglas de la corrección política. Pero en La melodía no se habla una sola vez de tensión racial o religiosa. Solo está ahí y ya no es necesario ni siquiera mencionarla. Es el telón de fondo sobre el que suena el elegante sonido de un violín.

@fernandovzamora

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