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Jueves , 20.09.2018 / 13:46 Hoy

La vida secreta de Francis Scott Fitzgerald

Más de 400 páginas conforman El arte de perder. Una vida en cartas, la selección que la editorial española Círculo de Tiza ha elegido de entre la vasta correspondencia recogida por Andrew Turnbull


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Considerado uno de los autores más representativos de la llamada Generación Perdida de la década de 1920, Francis Scott Key Fitzgerald (1896–1940) llevó durante años una vida itinerante entre Europa y Estados Unidos, cuya intensidad asoma en algunas de sus obras, entre las que destaca, por su popularidad y el retrato descarnado que hace de una época, El gran Gatsby, aunque no menos importantes son Hermosos y malditos y Al este del paraíso, y las historias cortas de los volúmenes All The Sad Young Men o Tales of the Jazz Age.

El arte de perder. Una vida en cartas es la primera selección completa de las misivas escritas por Fitzgerald, compilada en su edición original en inglés por Andrew Turnbull, el mayor biógrafo del escritor. No se trata de un libro que especula sobre Fitzgerald, sino que es propiamente suyo.

La edición que ahora publica la editorial española Círculo de Tiza recoge una compilación, muchas inéditas en castellano, que van de los momentos en que se convierte en un escritor reconocido hasta sus últimos días en Hollywood, cuando era ya un novelista frustrado, olvidado y con la salud hecha pedazos.

Se trata de un volumen que a lo largo de sus 400 páginas ofrece una amplia visión de la vida personal y literaria de Fitzgerald, así como de su familia y sus colegas. Mientras escribe en detalle a su hija y a su esposa, es posible percibir con nitidez asuntos como aquello que le condujo a una autodestrucción tan galante, o a apreciar cómo vivía las presiones financieras que lo acuciaban, o cómo vivía al límite, eligiendo a veces las soluciones más arriesgadas; por ejemplo, si debía seguir escribiendo obras como el El gran Gatsby o acabar guiones de cine para Shirley Temple.

Las cartas explican, asimismo, muchas de sus decisiones, tomadas no como excusas, sino como argumentos honestos de una persona que razona acerca del estercolero que lo rondaba. Al final, cuando está escribiendo The Last Tycoon, Fitzgerald decide hacer un esfuerzo supremo para mantener su gran talento a salvo, aunque ya es tarde y la enfermedad le corta la vida de un tajo.

Otro de los valores de estas cartas reside en el hecho de que revelan, de forma brutal, la combinación de duro trabajo e inspiración que operan en la vida de un artista, y que de forma a veces combinada, y a veces por separado, aparecen en la vida de Fitzgerald, especialmente en las cartas dirigidas a su amigo Edmund Wilson y a su editor Maxwell Perkins.

Casi todas las cartas tienen alguna frase memorable, como aquella en la que le escribe a Hemingway que “los ricos nunca me han fascinado, a menos que combinen un gran encanto y distinción”, o como cuando le dice a Edmund Wilson que “Era esplendoroso cuando todos creíamos las mismas cosas. Era más divertido pensar que todos íbamos a morir juntos o a vivir juntos, y nadie anticipaba esta gran soledad, donde uno ha echado el resto a la imaginación narrativa y otros a la lenta disolución de su cuerpo en aras de una idea de Humanidad”.

También a su hija le dedica frases memorables, como aquellas en las que le dice que “la publicidad es un chanchullo, como las películas y los negocios de bolsa. No puedes ser honesto sin admitir que su contribución a la humanidad es exactamente menos que cero. Se trata sencillamente de hacer promesas ambiguas para un público crédulo”.

Otras frases que sobrevuelan este volumen hablan de que “toda buena escritura es como nadar bajo el agua y mantener la respiración”.

Así pues, parafraseando a Fitzgerald, toda buena lectura es como sumergirse en un océano manteniendo la respiración sin ahogarse. Y la buena prosa de este libro es un tanque de oxígeno para quien se aventure a bucear en sus páginas.
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