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Martes , 17.07.2018 / 08:55 Hoy

La venganza de los animales

[Escolios]

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Armando González Torres

En un pueblecito español parte de la población protesta por la prohibición de un festejo en el que, sin siquiera pretextar del arte de la tauromaquia, hordas intoxicadas lancean un toro hasta la muerte; en México, particularmente en los estados más asolados por la violencia, se vuelve una moda que ciertos psicópatas suban a las redes sociales imágenes de animales torturados o quemados. La crueldad gratuita y recreativa contra los animales muestra una extrema desensibilización ante el sufrimiento del otro y es evidente que el individuo que la perpetra suele replicarla con sus semejantes. La memoria literaria prefiere los ejemplos de fraternidad entre el hombre y las bestias; sin embargo, también ha registrado un expediente de afrentas humanas hacia los animales. En sus estremecedores aforismos, Elias Canetti auguraba una jornada de venganza de las bestias contra el hombre, en la que éstas torturarían a los varones y preñarían a las mujeres. Pero, mucho antes, en su magistral fantasía futurista, “La última guerra”, de 1906, el poeta Amado Nervo narra una pavorosa revancha de las fieras: para el año 5532 se ha alcanzado un grado inmenso de progreso material, tecnológico e intelectual; sin embargo, la paz y prosperidad de que goza la humanidad, así como su extraordinaria evolución (es una especie más bella, saludable y sabia, que vive en una arcadia socialista y se dedica a la contemplación), la hace confiarse y no apercibirse de un evento que se viene incubando. El costoso descuido de los hombres consiste en que, inmersos en su fecundo y feliz ocio, se han vuelto indiferentes al comportamiento de los animales, los cuales, también evolucionados y ya poseedores de un lenguaje común, acompañan al hombre en labores subalternas.

Los animales, cansados de su condición, muy benigna pero al fin servil, conspiran contra sus amos y planean la revolución definitiva. Precisamente, la asamblea de animales, que corona la conspiración y antecede la letal guerra, tiene lugar en México, que para esa época se ha convertido en el centro del mundo. Así, en un gimnasio para animales situado en las faldas del Ajusco, el perro orador, Can Canis, marca, con un explosivo discurso, el inicio de la batalla: “Por eso nos reunimos aquí hace mucho tiempo, por eso pensamos y maquinamos hace muchos siglos nuestra emancipación y por eso muy pronto la última revolución del planeta, el grito de rebelión de los animales contra el hombre, estallará llenando de pavor el universo”. La guerra es cruenta y mortífera: “todos los factores de combate de que la humanidad se servía en los antiguos tiempos eran risibles juegos de niños; aquella guerra constituyó un inopinado, nuevo, inenarrable aprendizaje de sangre”. Solo unos centenares de hombres dispersos, perseguidos, confundidos y mal alimentados sobreviven en todo el planeta, y el relato de este hecho, dictado por un superviviente, representa el testimonio postrero de lo humano.

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