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Jueves , 24.05.2018 / 22:03 Hoy

La última estrella del Capri

Inaugurado a finales de los cuarenta, El Capri era una leyenda ya que por su escenario desfilaron Agustín Lara, Pedro Vargas, Carmen Amaya, Los Panchos, José Alfredo Jiménez, Lola Flores, Andy Russell y Edith Piaf, entre otros.

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José Luis Martínez S.

El Capri era una leyenda. Inaugurado a finales de los cuarenta, su apogeo comenzó en 1951, de acuerdo con el libro Hotel Regis, de Sergio H. Peralta Sandoval. Por su escenario desfilaron Agustín Lara, Pedro Vargas, Carmen Amaya, Los Panchos, Lucho Gatica, José Alfredo Jiménez, Lola Flores, Andy Russell, Edith Piaf, Bobby Capó, quien estrenó ahí su canción “Piel canela”, y muchos, muchísimos artistas más de gran prestigio.

La calidad de sus espectáculos propiciaba la visita de figuras internacionales como Frank Sinatra, Gary Cooper, Ginger Rogers, Anthony Quinn, Gina Lollobrigida; por supuesto de todo el star system mexicano —con María Félix a la cabeza—, de los empresarios más prominentes y los políticos más poderosos, entre ellos el presidente Miguel Alemán.

Varias veces crucé las puertas del Capri, en los ochenta, para encontrarme con vedettes, cantantes, magos, ventrílocuos. Sobre su escenario vi por primera vez a Mora Escudero, Las piernas del millón. Me quedé impresionado con su cuerpo, firme, turgente, espigado. Cantaba con buena voz y bailaba rumba flamenca. El cabaret estaba lleno y todas las miradas apuntaban a ella, a sus muslos contundentes. Me quedé en la entrada, esperando a que terminara su show para entrevistarla.

Nació en Buenos Aires un 8 de diciembre, bajo el signo de Sagitario. Había vivido en Puerto Rico y en Estados Unidos antes de llegar México, donde no solo hacía cabaret sino también vodevil —de hecho, en septiembre de 1985 protagonizaba, en el Teatro Principal (Puebla esquina con Insurgentes), la obra Turco para señoras, en la que alternaba con Manuel Flaco Ibáñez.

Mora no aceptaba desnudarse frente a las cámaras, tampoco en el teatro o el cabaret; le parecía un recurso de gente sin talento, y ella —decía— no solo tenía talento sino que había estudiado con ahínco danza y canto.

En Estados Unidos, un accidente la dejó postrada durante seis meses, por eso, a mediados de los setenta, decidió asegurar sus piernas en 80 mil dólares, un millón de pesos de entonces.

En una entrevista publicada en la revista erótica Su Otro YO, dijo: “Como buena Sagitario, me gustan las cosas imposibles y así he conquistado al público. Las características de mi signo encajan muy bien con mi persona; un amigo astrólogo afirma que la influencia de los astros me destinó a que viviera más de noche que de día”.

Siempre que pienso en el Capri pienso en Mora Escudero, en la flor roja que se ponía en el pelo cuando bailaba, en las madrugadas que encendía todos los fuegos en los corazones de sus admiradores, entre ellos el aprendiz de noctámbulo que era yo.

***

El miércoles 18 de septiembre de 1985, minutos después de las once de la noche, llegué al Capri con los fotógrafos David Ricardo Quintero y Arturo Sampedro, mis compañeros en Su Otro YO y cómplices en frecuentes correrías nocturnas. Llegamos cuando estaba tocando la orquesta de Pío Tovar y sus Cardenales. Pregunté por Tere Cisneros, una cantante que encendía la hoguera de nostalgia con sus interpretaciones de María Grever, Agustín Lara, Mario Ruiz Armengol y otros clásicos del bolero. Los vigilantes de la entrada y los meseros me conocían, así que me pasaron a su camerino.

Después de saludarla, le dije que quería entrevistarla.

—¿Ahorita? —me preguntó sorprendida, porque no habíamos hecho ninguna cita.

—Si no puede regreso otro día —le respondí.

Me pidió que la entrevista fuera breve, porque la variedad ya había empezado. El primer show comenzaba a las once y cuarto y el segundo a las dos de la mañana.

Llamé a Arturo, estaba con David Ricardo viendo el espectáculo de Los Malambos, con sus enérgicos taconeos y boleadoras que giraban a toda velocidad cubiertas de fuego; el público reconocía su destreza y aplaudía sus espectaculares ejecuciones. Le tomó unas fotos y regresó a la mesa rinconera que les habían asignado. Yo le hice unas cuantas preguntas sobre sus compositores favoritos y su vida como cancionera. Me dijo que le gustaban los lugares en los que se le cantaba al amor y se vivía la bohemia. Nunca había llegado a las grandes disqueras, pero tenía reconocimiento y trabajo constante en el circuito de bares y centros nocturnos. Un mesero se asomó para decirle que ya le tocaba cantar. Salió al escenario, guardé mi grabadora y me reuní con mis amigos.

***

La estrella de la noche era Mara Maru, quien hizo su aparición alrededor de las doce de la noche. Exuberante, bailaba, cantaba y realizaba varios cambios de vestuario. Tenía un aire felino y sus movimientos iban de la cautela al arrebato.

Atractiva, amable, una tarde de junio de 2015 me dice:

—La primera estrella del Capri fue Agustín Lara y la última yo.

Nos reunimos en un restaurante al sur de la ciudad, casi vacío, y platicamos con tranquilidad. Es de pocas palabras pero sus ojos se iluminan cuando habla del Capri:

—Había una orquesta muy buena, un ballet, shows de gran calidad. Los meseros estaban bien uniformados, el servicio era excelente y había seguridad. Es un lugar que nunca voy a olvidar; ahí solo actuaban los mejores artistas.

Mara Maru ofrecía dos shows. Ambos comenzaban con una presentación japonesa, después bailaba acompañada de su ballet y cantaba “Tomando té”, de Chava Flores:

No quiero tomar café,

porque el café quita el sueño,

lo que quiero es tomar té,

pues tomando té me duermo.

Esta canción la identificaba y le permitía jugar con su doble sentido, coquetear con los señores, divertir a la concurrencia. El primer show terminaba con una danza árabe y el segundo con un baile afrocubano. A un lado de la pista se colocaba Fausto Galván, su percusionista de toda la vida —quien trabajó con la Sonora Matancera y Tongolele— y con el tam tam de los tambores ejecutaba una danza de fuego puro.

—No sabes lo hermoso que es bailar así —me comenta.

Mara Maru inició su carrera a los 18 años. La llamaban La diosa de la noche. Un día, Dámaso Pérez Prado, quien era su vecino, la invitó a trabajar con él en el Blanquita y, por el color de su piel, le puso La pantera blanca, como es conocida desde entonces. Con el Cara e’foca viajó a Marruecos para actuar en la corte del rey Hasán II, una experiencia fascinante y a la vez aterradora:

—Una ocasión, un ministro me pidió que me quitara el brasier y como no quise, me sacaron del palacio de inmediato, sin darme tiempo para nada. Imagínate, allá que una mujer desobedezca a un funcionario real es un delito muy grave, pero yo no lo sabía.

Regresó a México en el primer vuelo y se olvidó del Medio Oriente.

Mara Maru dice que en los ochenta había una gran competencia entre las vedettes, destaca el profesionalismo de Olga Breeskin y la belleza de Layla Maley y Thelma Tixou, otra de las estrellas del Capri. Pero dice que ella siempre quiso ser diferente, contaba con su propio ballet, un bongocero, un percusionista y un trompetista e interpretaba bailes japoneses, egipcios, árabes…

—Quería ser original, tener mi estilo, en la ropa, en los bailes, en la música, en todo. También cantaba, tal vez no con una gran voz pero con el bikini la gente no se fijaba si lo hacía bien o mal, aunque siempre me preparé para hacerlo.

Le pregunto cómo recuerda la ciudad en ese tiempo.

—Fue una época glamorosa —responde—. Me gustaba la Avenida Juárez, amplia, elegante, bien iluminada. La gente era más amable, educada. Los centros nocturnos estaban llenos de periodistas, de políticos, de hombres que sabían tratar a las mujeres y, los días de debut, el escenario y los camerinos se llenaban con tantas flores que nos enviaban.

—¿Y la ficha? ¿Era indispensable para ocupar un buen lugar en la marquesina?

Le da un sorbo al jugo que ha pedido, me mira a los ojos y dice:

—Yo tuve mi estelar y estuve en la marquesina porque me preparé, tomé cursos con diferentes maestros de varias partes del mundo y sé bailar. Llegué a fichar y no me arrepiento, aunque no sabía tomar. Por eso llamaba a chicas que sí lo sabían hacer para que me apoyaran mientras yo platicaba y sonreía. Todas fichábamos, quien diga lo contrario o es una mentirosa o está mal de la memoria. Era una manera de ayudar a la empresa, porque las producciones eran muy costosas.

***

Mara Maru abandonó el Capri alrededor de las cuatro de la mañana. Pensaba ir a cenar al restaurante Tic Tac de Reforma, que abría toda la noche, pero como se sentía muy cansada decidió irse directo a su casa. El despertar fue terrible. Después de enterarse, por la radio, que el Regis había sufrido severos daños, como pudo se dirigió al Capri con la intención de rescatar su vestuario. Nunca esperó encontrar lo que vio.

—Todas las personas preguntaban por sus seres queridos, la gente estaba desesperada; todo tenía olor a muerte. Me dio pena decir que iba por mi vestuario. Me di la vuelta y me fui —comenta con tristeza.

En el camerino quedaron su ropa, un gong y una sombrilla gigantes que utilizaba para sus presentaciones japonesas.

Hablamos de otros lugares que conoció como vedette. Me comenta que, además del Capri, sus favoritos eran el 77, por su gran escenario; el Cordiale y el Rondinela, donde el saxofonista Efrén Contreras, hermano de Tino Contreras, le hizo una canción y una de las Dolly Sisters —Caridad— le enseñó “un pasito de baile”.

—¿Qué es lo que más extraña de esos días?

No duda en la respuesta:

—Bailar… y los aplausos.

Avenida Juárez

Después de platicar con Mara Maru, regreso al Centro y camino por Avenida Juárez. Donde ahora se encuentra la sede de Scientology México, estaba el edificio de la H. Steele y Compañía, con el reloj que se detuvo a las 7:19. En la actual Plaza de la Solidaridad estaba el Hotel Regis, con el Capri, el Impala, La Taberna del Greco, el cine Regis, los baños de vapor y la famosa farmacia en la que se reunían las estrellas de la época de oro del cine mexicano. Donde estuvo la original Librería del Sótano se encuentra una Cervecería del Barrio y el Hilton Alameda ocupa el lugar del Hotel del Prado. El Hotel Bamer es un condominio y, tal vez, pocos recuerdan su discoteca del piso 15, El Bamerette. El Hotel Alameda desapareció y en su predio se construyó el Museo Memoria y Tolerancia, en la esquina de Juárez y la ahora inexistente calle de García Lorca. El restaurante–bar Marroqui estaba en el número 3 de la calle de Marroqui, prácticamente desaparecida entre Juárez e Independencia. El cine Variedades es una ruina y el Alameda un restaurante de mariscos. En Revillagigedo e Independencia estaba el Hotel Alfer; en el último piso estaba El Rondinela, uno de los tantos lugares de una vida nocturna que desapareció el 19 de septiembre de 1985. Camino por Avenida Juárez y siento, sin remedio, el inenarrable peso de la nostalgia.

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