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La tarántula de Dylan

Los paisajes invisibles


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El tal Bob Dylan se la pasaba empastillado en 1965. Gira tras gira tras gira, alucinaba los himnos que debía grabar en un estudio de Nashville, anotaba canciones o jirones de canciones en cuadernos y hojas sueltas. El tal Dylan evadía el cansancio en las dunas mentales por las que atravesaban elefantes blancos, asesinos de baja estofa, burros, llaves en busca de una puerta, peniques y criaturas con manos de agua. ¿Escribía una novela? No. Nunca se pensó como prosista, más bien como un payaso anfetaminado que mataba el tiempo inflando globos con formas de camellos, xilófonos, escobas, fusiles, bombas. Bombas, sí. Explosivos de ideas incompletas o palabras solitarias, huérfanas de complemento, sin enunciados. Palabras que podían hervir en el caldero anímico o en una cuchara psíquica sobre un mechero de ansiedad, para luego meterla a una jeringa espiritual y concebir algo que no fuera de este mundo, el tal Bob Dylan no era de este mundo.

A su novela le pondría Tarántula. Simplemente así. La sabandija se arrastraba sin orden ni concierto, era un bicho de patas incontables que se metamorfoseaba en Freud vestido de vaquero. Un Freud con botas y sombrero que le da terapia al señor Gonorrea porque tiene la manía de quemar su cama y se rehúsa a cortar árboles para su pobre madre. La araña también es J. Edgar Hoover y una fémina ubicua de nombre Aretha, quizá la Franklin, la reina del R&B y el soul y el gospel, la tarántula suelta mordeduras de apariencia epistolar en las que los personajes dictan su última voluntad que siempre es la del reposo eterno o la queja inagotable o el viaje artificial a donde sea pero viaje al fin: el cuerpo exige su dosis diaria, se conforma con cualquier cosa (“Barbara Allen que pasa cenizas de contrabando de Marruecos a Brooklyn dos veces al mes & va vestida con una sábana, se chuta mucha penicilina ‘cualquier cosa temporal se puede usar por razones de dinero’ dice Plaga”).

La tarántula abomina el dinero. Mira por dónde el mundo se volvió el vasallo de un papel (“no te hagas tus propias ideas —todo el mundo tiene de eso— deja que las ideas te hagan a ti & habla con música & el dinero tienta a las ideas pero no se puede acercar a la música & coge todo el dinero que puedas pero sin hacer daño a nadie”). Habrase visto o imaginado o presentido cuántas tragedias caben en una hoja en blanco: una bomba explota en la despensa de Norman Mailer y lo deja daltónico quizá porque “la verdad de una persona es siempre la mentira de otra” o tal vez porque la imaginación es una tela frágil que se descose fácilmente y de pronto te das cuenta que el hilván es de criaturas improbables (el músico príncipe habla con su guitarra: “es curioso cómo cuando miras no encuentras ningún trozo que recoger le dice normalmente una vez al día a su instrumento a pelo —que nunca le contesta— la mayoría de las almas buenas no lo hacen”). Un epitafio: “Aquí yace bob dylan/ asesinado/ por la espalda/ por carne temblorosa/ que, después de ser rechazada por Lázaro,/ saltó encima de él/ por soledad,/ pero quedó maravillada al descubrir/ que él era ya/ un tranvía &/ ése fue exactamente el fin/ de bob dylan”.

Tarántula, esa única novela, no tiene su impronta sino las huellas de William S. Burroughs, de Ginsberg y de Kerouac (¿recuerdan que a Jack le encabronaba que lo compararan con Mr. Tambourine Man?). No se publicó en el año que quería, 1966, por el accidente en moto y los daños colaterales de las pastillas y el cansancio. Dicen que una rotativa underground de San Francisco, Albion, imprimió 50 copias y luego circuló en versión pirata.

Bob Dylan abominaba el libro. Él no era novelista. Quizá por eso, cuando Tarántula se publicó legalmente en 1971, la crítica lo despellejó párrafo por párrafo.


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