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Martes , 14.08.2018 / 17:16 Hoy

La sonrisa de Annie


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Queriendo o sin querer, se ha convertido poco a poco en una leyenda, y como tal enfrenta todos los días al mundo. No es cosa fácil vivir con una agenda llena de exigencias, citas con celebridades, sesiones interminables con las estrellas a sus pies, producciones de película de gran presupuesto que se desvanecen en unas cuantas horas. No obstante, la fotógrafa Annie Leibovitz muestra casi siempre una sonrisa de oreja a oreja. Con esa gran sonrisa colmada de perlas, recibió hace unos días el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Leibovitz era una chica tiernita y ambiciosa cuando se presentó hace ya muchos años en la redacción de la revista Rolling Stone pidiendo un sitio como fotógrafa. Se lo concedieron, pero a alguien se le ocurrió luego enviarla a acompañar a Los Rolling Stones en el curso de una gira. Obediente y ambiciosa se fue tras Mick Jagger y su banda de vándalos estruendosos. Regresó con fotografías espléndidas y con algunas adicciones de miedo. Dejó el trabajo y fue a dar a una clínica de rehabilitación. Menos tiernita y más ambiciosa se presentó después en la redacción de Vanity Fair para lo mismo. Le dijeron que sí, que se quedara. Y ahí comenzó a volar a una altura que pocos conocen.

Ya legendaria con trabajos impresionantes se adueñó de la imagen de la célebre revista. Las portadas son a menudo suyas, con una cauda de celebridades, ricos y famosos, que ni pestañean cuando suena su teléfono para convocarlos a una épica sesión fotográfica con ella. Spielberg, Lucas, Coppola, De Niro, Pacino, todos corren al lugar de la cita. Algunas de sus imágenes son más célebres que ella misma: John Lennon, en cueros sobre Yoko Ono vestida, unas horas antes de entregar su alma al Creador, Whoopy Goldberg también en cueros en una tina llena de blanca leche, Demi Moore igualmente en cueros a punto de parir. También Michael Jackson, vestido, porque frente a su cámara no todos andan sin ropa. Cuenta la leyenda Leibovitz que la reina Isabel II de Inglaterra ni la corona se quiso quitar cuando le tocó el turno de posar para ella.

En mayo pasado, cuando trascendió que había sido la elegida para recibir el preciado galardón, un diario español dijo que había tratado de hacer una encuesta con fotógrafos relevantes pero que todos se negaron a hacer algún comentario sobre la obra de Leibovitz. Solo uno dijo con evidente resentimiento que le parecía mediocre y con poca profundidad. Allá él.

Como sea, Leibovitz ha creado como artista un mundo personal en el que se encuentran con mucha fortuna el dominio de su profesión, su talento enorme, su mirada única y quienes habitan su contexto. Sus imágenes son a menudo relatos, sueños, pasajes reinventados de historias ya contadas, como la vida misma. Incluidos los rostros, las miradas, las actitudes de quienes se enfrentan a su objetivo con la solemnidad de una reina sin corona.

Un premio sin duda muy merecido.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa

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