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Lunes , 20.08.2018 / 12:38 Hoy

La solidaridad desbordada

Nunca había vivido en su justa dimensión el carácter ontológico, casi metafísico, que Monsiváis le da en Los rituales del caos a la importancia que tiene el relajo para los mexicano.

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Al día siguiente del temblor, animado por la desesperación, la impotencia y las ganas de formar parte de algo que lo trasciende a uno, salí a buscar el equipo necesario sin el cual no era permitido unirse a la recolección de escombros. Tras comprar unos guantes que parecían más adecuados para un salón literario decimonónico que para lo anterior, me topé con unos chicos que estaban en las mismas. Vi que no tenían mayor idea que yo de a dónde dirigirse, pero tenían coche, así que me sumé a su contingente; tras debatir a qué tuit hacerle caso, nos dirigimos a la calle Bretaña, en la colonia Portales. Al llegar nos encontramos con un ejército de brigadistas que abandonaban la zona pues, como sería la norma a lo largo del día, se encontraba ya saturada de gente deseosa de ayudar. Sin embargo, pronto se organizó que un camión de carga capitaneado por rescatistas profesionales nos condujera a Xochimilco, así que me apresuré a treparme antes de que se llenara. La gente seguía subiendo, y no faltaron las alusiones a lo atascado del Metro. Un chico advirtió que aún cabía más gente, lo que desestimé, pero que adquirió valor profético una vez nos pusimos en marcha, pues cada curva o frenazo nos aventaba los unos contra los otros, cuestión que no habría sucedido si contáramos con la suficiente densidad de población a bordo.

Nunca había vivido en su justa dimensión el carácter ontológico, casi metafísico, que Monsiváis le da en Los rituales del caos a la importancia que tiene el relajo para los mexicanos, como forma de hacer más llevadera la existencia, incluso ante las situaciones más dolorosas: el ramazo en la nuca que se llevó uno de los brigadistas que iban sentados sobre la cabina provocó carcajadas generalizadas y el segundo coche que tocó el claxon en señal de apoyo recibió una alegre mentada de madre silbada. Cuando apareció una patrulla detrás, algunos comentaban que los “puercos” deberían escoltarnos para avanzar más rápido. El clímax ocurrió cuando el conductor se metió en sentido contrario por el túnel del Eje 6 que cruza la Calzada de Tlalpan. La maniobra suicida se vio atemperada solo por la espontánea organización de automovilistas y motociclistas, que no sé cómo lograron detenerse y hacerse a un lado en un instante, con lo que salimos indemnes del otro lado, ya inmersos en el paroxismo del desmadre colectivo ante lo inusitado del fenómeno.

Por ingenuo, me dejé llevar por el falso profesionalismo de unos chavos que recibieron la instrucción por walkie talkie de bajarse, pues se necesitaba ayuda en Eje 5 y División del Norte. Al llegar a los escombros, nos encontramos nuevamente con una sobreabundancia de voluntarios, así que, como mucha gente, deambulé por varias horas suplicando que se nos permitiera participar, ante la comprensible exasperación de la gente con algún puesto de mando, para la que lo urgente del rescate dejaba poco tiempo para el entusiasmo de inútiles bienintencionados. Y, por supuesto, la principal razón por la que no pudimos participar durante ese día en esas zonas afectadas fue porque había cientos de personas haciéndolo ya desde muchas horas antes. Mis respetos y mi admiración para todos ellos. Ojalá podamos canalizar toda esta energía colectiva en algún tipo de acción política, siquiera como muestra de homenaje para las víctimas de esta tragedia tan espantosa.

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