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Domingo , 16.12.2018 / 21:28 Hoy

La prisión de Adorno

Bichos y parientes

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Hay afirmaciones que se vuelven como serpientes a morder a quien las dice. Theodor Adorno dijo que “después de lo que pasó en el campo de Auschwitz es cosa barbárica escribir un poema”. Esa afirmación, para Robert Weninger, fue “quizás el punto de inflexión más importante del discurso estético de la posguerra”. Según Günther Bonheim, “en la historia de la literatura alemana quizá ninguna otra declaración acerca de la literatura ha tenido una reputación semejante”.

Adorno tuvo que corregir y luego quiso reificar su aserto. (“Reificar” es un voquible filosofante que el diccionario RAE hace sinónimo de “cosificar”, pero que en contexto adornado señala aquello que se construye como asunto, idea, pieza ideológica). Pocos autores son más confusos y difusos que Adorno; su obra sigue siendo un pantano donde la filosofía ha perdido a varios exploradores. No sé alemán, ni me resultan simpáticos los de la Escuela de Frankfurt (Horkheimer, Marcuse, Benjamin, entre otros), pero no son solo confusos: son muy importantes. También sucede que las aguas turbias se confunden con las profundas. La oscuridad las hermana.

Adorno era proclive a dos cosas: arrojar armas de múltiples destrucciones y encaramarse, teoría en mano, sobre el pensamiento y la moral. Pero le enojaba de veras que se hiciera poesía a partir de Auschwitz. En la Dialéctica negativa, parece corregir su propio veneno: “El sufrimiento perenne tiene tanto derecho a la expresión como el martirizado a aullar; por eso quizá haya sido falso que después de Auschwitz ya no se podía escribir ningún poema”. Pero tres páginas después, embiste de nuevo: “toda la cultura posterior a Auschwitz, junto con su apremiante crítica, es basura... Después de Auschwitz, ninguna palabra pronunciada desde las alturas, ni siquiera desde la teológica, tiene ningún derecho sin transformarse”.

Muchos suponen que las rabias de Adorno se dirigían contra el poema Todesfugue (“Fuga de la muerte”) de Paul Celan. En las redes se puede escuchar, leído por el propio Paul Celan y vale la pena, aunque no sepa alemán: una verdadera fuga musical. Nunca entendió Adorno que el lenguaje del filósofo es un recurso del que está obligado a dar cuenta y razón; al contrario, el poeta es, él mismo, un recurso que pertenece a la lengua. ¿De qué otra manera explicarse que no solo el gran Celan, sino un prosista duro y justo, como Primo Levi, o un profesor como Elie Wiesel, que estuvieron en campos de concentración, hayan escrito poemas? Curioso enojo de uno que fue prisionero solo de su lenguaje.

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