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Miércoles , 12.12.2018 / 09:30 Hoy

La primera dama de la prensa

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Al funeral de Katharine Graham (1917–2001) asistió la plana mayor del mundillo político, empresarial y periodístico de Estados Unidos. Todos llegaron bajo el intenso sol de la capital federal a bordo de lujosas limusinas o coches deslumbrantes, custodiados por decenas de guardaespaldas. Aquel verano del año en que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York (un acontecimiento que no alcanzó a ver la mítica editora), en las primeras filas de la Catedral Nacional de Washington estaban, bien enlutados, personajes como Edward Kenney, Alan Greenspan, Madeleine Albright, Henry Kissinger, Bill y Hillary Clinton, Rudolph Giuliani, Bill Gates, Barbara Walters, Bob Woodward y Carl Bernstein. Oficialmente no lo era, pero a todas luces se efectuó un funeral de Estado. Porque se despedía a una de las mujeres más poderosas del mundo.

Graham convirtió a The Washington Post en uno de los periódicos más respetados a nivel internacional. Después del suicidio de su marido abandonó sus labores de “perfecta ama de casa” y manejó con mano de hierro la empresa informativa que reveló, por ejemplo, los Papeles del Pentágono y el Watergate, la investigación que propició la caída del presidente Richard Nixon. Los detalles de su vida, del antes y el después del éxito, los contó en Una historia personal, la autobiografía con la que obtuvo del Premio Pulitzer en 1998 y que ahora Libros del K.O. ha reeditado.

Es la segunda vez que el libro se publica en español (la primera corrió a cargo de la editorial Alianza) y en sus páginas hay una ardua investigación, pues la mujer de melena voluminosa e infaltable collar de perlas realizó más de 250 entrevistas y repasó cientos de cartas, papeles de su empresa y documentos oficiales, con el objetivo de darle una mayor precisión a su escritura llena de sinceridad. Graham cuenta aquí su vida de “niña bien”, sus difíciles relaciones con su marido alcohólico y mujeriego, así como las inseguridades, aciertos, “batallas” y errores mientras estuvo al frente del Post. Es la memoria de la época dorada de la prensa, cuando además de hacer negocio brindaba un servicio público a la sociedad, y de cuando los dueños y editores de los medios de información eran cómplices de sus reporteros. Es el relato de un tiempo que los veteranos recuerdan con nostalgia y que, seguramente, no volverán a disfrutar quienes hoy empiezan en la profesión.

Aquel 23 de julio de 2001, durante su funeral en la emblemática catedral neogótica de Washington, el histórico director del Post, Ben Bradlee, dijo ante los ilustres asistentes que Kay, como la llamaban él y su círculo más cercano, “tenía amor por las noticias, amor por las respuestas y amor por un poquito de acción”. Han pasado 16 años de la muerte de Katharine Graham y su familia ya no domina The Washington Post, pues ahora pertenece a Jeff Bezos. Las instalaciones de su Redacción son las más modernas del mundo, su director ha sido objeto de una película oscarizada, su modelo de negocio está a punto de marcar tendencia en aras de desterrar la crisis de los medios y su cobertura (¿vigilancia?) sobre la presidencia de Donald Trump es la más intensa de su historia. ¿Qué opinaría de todo esto la señora Graham?

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