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La nueva fuerza de la literatura árabe

Con 'El Automóvil Club de Egipto', Alaa Al–Aswany ha sorprendido otra vez por su capacidad para crear personajes entrañables en un relato que podría considerarse una sinfonía coral.


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La literatura de Alaa Al–Aswany vuelve a colocar a la narrativa árabe de Egipto en un lugar destacado tanto en su país como en Occidente. Algo que no se veía desde las historias forjadas por el también egipcio Naguib Mahfuz, único Premio Nobel de literatura en lengua árabe. Al–Aswany sorprendió con la novela El edificio Yacobián, al retratar las entreveradas historias de quienes lo habitan en una lección de cultura y vida cotidiana.

Con El Automóvil Club de Egipto (Random House, España, 2015) ha sorprendido otra vez por su capacidad para crear personajes entrañables en un relato que podría considerarse una sinfonía coral. Su intención es mostrar el amplio abanico cultural de la atmósfera de El Cairo previamente a la caída de la monarquía y de la salida de Gran Bretaña como país mandatario luego de la Primera Guerra Mundial. El hilo conductor es la llegada del automóvil en 1890 por el jedive Ismail, el príncipe Aziz Hassan, hasta el establecimiento del Real Automóvil Club de Egipto en 1924.

Como en su novela previa, el espacio elegido es fundamental para darle sentido a la historia que quiere contar, contrastando las prácticas y encuentros entre personajes de la monarquía corrupta, los miembros de la colonia británica decadente y el potencial de las clases medias para mantener los rasgos culturales heredados de la rica civilización de origen. Hay orgullo por el pasado que impactó al mundo confundido con la reciente cultura islámica que marca el Egipto de los últimos siglos.

La familia de Abdel Aziz Haman de los Saidi, (como es usual para identificar la rama de origen) representa lo positivo de su cultura, el orgullo de ser parte de la historia, del surgimiento del nacionalismo y el incipiente socialismo árabe. El padre desciende de una reconocida familia venida a menos; la madre Umm Said es el remanso y la que puede enfrentar y encontrar solución a todos los problemas. El primogénito Said es el destinado a ser un hombre común, egoísta, que solo actúa en su propio beneficio. Kamel se distingue por todo lo contario y no en balde es el estudiante universitario que puede entender los tiempos nuevos. La hija Saliha es la mujer situada en medio del cambio entre la tradición y la modernidad, sin menoscabo de su dignidad. Mahmmud, el menor, vive su primera juventud sin mayores preocupaciones que pasarla bien.

La familia mantiene relaciones con los vecinos, también arquetípicos, de los vecindarios citadinos, con la siempre presente gritona, chismosa y simpática vecina, Aicha, casada con Ali Paloma, que encabezan una familia común siempre solidaria con el vecindario.

El padre y dos de los hijos accederán a trabajar en el Club, donde los personajes van perfilándose en su acción, asumiendo las desventajas de ser egipcio en un espacio dominado por la presencia británica: James Wright es el gerente racista defensor de las diferencias entre colonizados y colonizadores; está el colaboracionista Kuu, chambelán del rey, que vive de expoliar a los trabajadores y su ayudante, el temido y gordo Hamid que ejerce la represión. Allí se vive cotidianamente el despotismo de los ocupantes y de los ricos del país que desean halagar al rey, quien aparece hastiado de una corona que no sabe llevar y de un gobierno que no le interesa, en sus escapes nocturnos en las mesas de juego y con las mujeres que cuando no encuentra, le consiguen supuestos personajes con mucho mundo, que no son sino proxenetas.

Es en el Club del Automóvil donde se dan con nitidez las relaciones interclasistas y en donde comienzan a aparecer los gérmenes del Egipto que vendrá después de la Segunda Guerra Mundial, con la caída del rey en 1952.

La novela de Al–Aswany, contrariamente a lo afirmado por varios críticos, no es política, es más bien un fresco de la cultura egipcia en la época de entreguerras, cuando los británicos formalmente ya han abandonado el país y, sin embargo, mantienen una fuerza de ocupación y el colonizado apenas se sacude la mentalidad como tal. Así los define el racista James: “Los egipcios en su conjunto, aunque sean ricos y educados, no son capaces de tomar decisiones”. (p.46)

Sin mencionar el nombre del rey que pasa las noches en el Club del Automóvil apostando, por sus gestos, su gordura, su manera exagerada de vestir, su gusto por las mujeres y su ostentación de la riqueza que posee, encaja bien en Faruk, rey de Egipto y de Sudán, soberano de la Nubia, Kardofar y Darfur. De las dinastías de Mehemed Alí, tenía los ojos azules de su estirpe albanesa. Despreocupado por el país, el rey no es sino una figura decorativa y en el Automóvil Club son sus intermediarios quienes ejercen el poder sometiendo e infringiendo crueles castigos, generando el descontento y del malestar social que va articulándose a lo largo del relato.

Kamel expresa bien la situación que prevalece en el Egipto de entonces cuando se enfrenta, al menos verbalmente, a Mr. Wright: “Los egipcios gobernaron el mundo durante muchos siglos.

“Claro, no os queda más que refugiaros en el pasado, porque vuestro presente no es digno de orgullo.

“La decadencia de la vida en Egipto es responsabilidad de los ocupantes, que expolian constantemente nuestras riquezas”.

Esa conciencia que presagia el futuro nacionalismo árabe es compartida por otros de los personajes que, ante todo, lo que demuestran es la dignidad con la que viven su vida. Sin concesiones al género, Al–Aswany realizó una historia entrañable, vívida, alejada de los lugares comunes, de los arrebatos pasionales y de las grandes acciones políticas o catastrofismos de guerra. Es una novela con conjunto de personajes entrañables, de personas de carne y hueso que viven el día a día, en la vuelta de los árabes a la historia.

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