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Viernes , 22.06.2018 / 14:04 Hoy

La nave del olvido

Ensayo 

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Ignacio Trejo Fuentes

Hay una legión de narradores mexicanos que viven una existencia fantasmal: excluidos de los centros de poder y de las grandes editoriales, o también autoexcluidos, sus libros buscan en vano los lectores que se merecen. He aquí un recuento más que oportuno.

En la narrativa mexicana ha habido, hay, autores que a pesar de su evidente calidad son desconocidos, marginados, como si no existieran: no son leídos ni mucho menos atendidos por la crítica; no reciben premios, ni becas, ni homenajes. Distingo algunos factores de ese ostracismo involuntario.

Los que pese a haber publicado mucho e incluso en editoriales notables pareciera que siguen inéditos.

Los que viven lejos de los reflectores, es decir que están lejos de los centros principales del poder cultural, y publican en sus regiones y solo son conocidos por sus amigos.

Los que se autopublican y se quedan con todos sus ejemplares.

Los que publican un libro prometedor y nunca retoman el trabajo.

Los que se automarginan.

Insisto en que haré referencia a escritores de indudable talento, porque existen cataratas de narradores que son ignorados por los lectores, por la crítica y todo lo demás por la nada sencilla razón de que son mediocres o pésimos: son estas las fuerzas que los vuelven fantasmas, y de ellos no hablaré.

El primer segmento es el más nutrido, y cómo no empezar mencionando a Gonzalo Martré. Desde los años setenta abandonó su profesión de químico y se dedicó a la docencia y a la literatura. Sus libros (Safari en la Zona Rosa, uno de ellos) fueron publicados por cuenta del autor o por editoriales de escaso o nulo prestigio. Incluso su novela Los símbolos transparentes, sin duda una de las mejores sobre el tema del Movimiento Estudiantil de 1968, y pese a haber figurado en el accésit de un premio literario importante, tuvo dificultades para ser editado: lo hizo en Editorial V Siglos, de la cual ya nadie se acuerda. Quizá una de las causas del menosprecio a Gonzalo Martré haya sido su carácter belicoso, su no callarse la boca y su afán por acusar de corruptos a políticos, funcionarios, artistas: lo hizo en sus libros y en sus espacios periodísticos. Solo recientemente esa importante novela fue incluida en la serie Lecturas Mexicanas de Conaculta, mas del resto de su obra no queda huella (tiene una noveleta que me desternilla de risa por asquerosa y escatológica, Coprofernalia. ¿Quién la conoce?).

Raúl Rodríguez Cetina (†) publicó una cantidad impresionante de novelas en editoriales como Grijalbo y Plaza y Valdés, y tiene piezas memorables como El desconocido, pionera en el tratamiento del tema homosexual, o la desaforada Lupe la canalla. No es un escritor que aspira a la prosa poética, al adorno; apuesta por la prosa directa y si debiera calificar la temática de sus libros (incluso de cuentos) diría que es estremecedora. ¿Por qué si su literatura es de ese tenor nadie, o muy pocos, lo han leído con la atención que se merece?

El sinaloense Dámaso Murúa es más que prolífico, y aunque la mayor parte de su trabajo se dio a conocer en pequeñas editoriales o en universidades de su estado, tiene un par de textos en empresas como Joaquín Mortiz. Posee un humor ácido, y un sentido marcado de la justicia. Recuerdo El Güilo Mentiras, que todo mundo debería conocer. Su sello, repito, es el humor, gran humor. La Universidad Autónoma de Sinaloa está haciendo la edición de su obra completa, pero otra vez: solo circulará en aquellas hermosas tierras.

¿Alguien recuerda la novelística de Manuel Capetillo? Su trabajo se dio a conocer en editoriales de prestigio, y aun así es un fantasma. Quizá la explicación del rechazo a su lectura sea lo denso de sus temas y lo barroco de su prosa; pero de que es un narrador importante no cabe duda (Plaza de Santo Domingo es una trilogía que debería ponerse de nuevo en circulación).

Puede parecer increíble, pero a uno de los mejores prosistas de este país, Jorge Arturo Ojeda, nadie lo lee, y si alguna vez lo hizo lo ha olvidado. En su momento fue conocido por sus novelas Como la ciega mariposa y Muchacho solo, y si bien su producción narrativa es abundante, el desconocimiento que se tiene de ésta lo es mucho más. La editorial Fontamara está reponiendo la obra de Jorge Arturo, pero es obvio que ese sello no es Alfaguara o Random House Mondadori. (Recomiendo la lectura de Vuelo lejano, textos autobiográficos; puede conseguirse en la serie Memorias Mexicanas de Conaculta. Ahí se podrá constatar mi afirmación de que Ojeda es uno de los mayores prosistas de México.)

José Rafael Calva (†) publicó un libro de cuentos y dos novelas, una de ellas extraordinaria: Utopía gay (Oasis). La utopía estriba en que un muchacho queda embarazado; además de delirante, es divertidísima. Acaso el desconocimiento de su literatura fue su alejamiento del país: muy joven se fue a vivir a Washington, donde murió. Se le recuerda por su crítica musical y por su extraordinario sentido del humor.

José Ceballos Maldonado (†), oriundo de Uruapan, y médico de profesión, publicó poco pero en ese puñado de páginas uno encuentra a un narrador de gran altura. En Después de todo hace retratos de los uruapanenses, sobre todo de sus vicios y perversiones, lo que lo orilló a dejar Uruapan, a donde volvió solo mucho tiempo después, cuando las aguas de la ira se habían calmado. Gran prosista, fue asimismo pionero del tema de la homosexualidad en nuestras letras. ¿Quién lo conoce?

Tal vez a Xorge del Campo (†) se le recuerde por su labor incansable de investigador literario y por su bibliofilia: era capaz de conseguir las ediciones más raras que se puedan imaginar. Elaboró lo que considero el mayor acopio de cuentos de la Revolución mexicana. ¿Y quién se acuerda de su obra narrativa, como la deliciosa novela Caramelo?

Óscar Cossío Cossío (†) era especialista en el Teatro No, de origen japonés, y publicó un par de libros sobre esa materia en la UNAM. Además escribió novelas (Delito mayor, Viva el suicidio), que me parecen las más pornográficas del mapa literario nacional, lo que no es poca cosa, sobre todo porque a la sobreabundancia de sexo antepone reflexiones, y sobre todo el humor.

César López Cuadras (†) combina en sus novelas (La novela inconclusa de Bernardino Casablanca, Cástulo Bojórquez) un rabioso erotismo con su profundo conocimiento del narcotráfico: no en balde era sinaloense, y téngase en cuenta que en Sinaloa surgió la primera organización de narcos. Apuesto que ningún otro autor nacional ha escrito mejor sobre el asunto que López Cuadras, ni siquiera su paisano Élmer Mendoza. Para comprobarlo hay que leer su novela Cuatro muertos por capítulo.

¿Alguien recuerda a Carlos Ruiz Mejía? Publicó novelas en Joaquín Mortiz: Ciudad en suspenso e Inesperadamente el verano, y en otras editoriales. Su literatura es de lo más raro en el panorama de nuestra narrativa: onírica, surreal, absurda. Nunca se sabe qué está ocurriendo y qué es solo imaginación. Lo seguro es que pocos lectores soportan los ambientes y situaciones que plantea el autor, que van de la ficción científica a la ciencia a secas. Le preocupa siempre el medio ambiente y la Ciudad de México.

¿Quién lee, a estas alturas, a Luisa Josefina Hernández, a Juan García Ponce, a Alberto Dallal, a Julián Meza? Supongo que solo algunas cofradías.

Otro fenómeno que orilla a la marginalidad es la lejanía de los escaparates de lujo. Si no se vive en la capital del país, en Guadalajara o Monterrey, se está fuera de la jugada. Sin embargo, lejos de esos ámbitos hay quienes trabajan bien y duro, y resultan mejores que los amparados por las luces multicolores de los medios de información especializados.

¿Sabe alguien quién es Sabino Pérez? El laberinto es uno de sus libros de cuentos, de estirpe rulfiana. Seguir esta línea es complicado, pero Sabino lo hace de la mejor manera. Y trabaja en Tuxtepec, población lejana a Oaxaca City, colindante con Veracruz.

El estado de Chihuahua es enorme surtidero de narradores que solo son conocidos ahí. Ejemplo de ejemplos es Liliana Pedroza, finísima cuentista que puede estar —no exagero— a la altura de Inés Arredondo. La profundidad de los asuntos que trata, junto a su bien medida narrativa, merecerían ponerla muy arriba de autoras que navegan con “el poder de su firma”, o la de sus padrinos.

De Arminé Arjona solo conozco un libro de cuentos, y me parece de otro mundo: Delincuentos. Sus textos abordan el narcotráfico desde la perspectiva femenina: las madres, las hermanas, las hijas, las amantes de los narcos, incluso las burreras, las mujeres que son utilizadas para llevar droga a Estados Unidos. ¿No les parece genial? Lo es, sobre todo porque la autora, además de escribir más que bien, maneja la ironía: lágrimas y risas.

Raúl Manrique se desenvuelve en la academia, el periodismo y las letras en Ciudad Cuauhtémoc, y tiene libros que deberían tener mejor suerte, como Días de septiembre y La vida a tientas.

Ariel Lemarroy vive y trabaja en Villahermosa. Su literatura tiene aires de Hemingway, pero también de poetas como Pellicer y José Carlos Becerra. Quien conozca piezas suyas como No me preguntes nada… estará de acuerdo con lo que digo.

¿Quién ha leído a Fernando Montesdeoca? Oriundo de Guadalajara y avecindado en Oaxaca, es un prosista finísimo que raya en lo poético. En los dedos de la mariposa y Esta ilusión real son obras que no deberían estar entre lo desconocido.

También habitante de Guadalajara, aunque de origen sinaloense, debe recordarse a Miguel Ángel Hernández (†). Editor (Toque de poesía), poeta, pero sobre todo narrador, se distinguió por su irreverencia ante todas las cosas. Escribió su literatura como llevaba la vida: libre, arbitraria, genuina.

César Ibarra, de Culiacán, publica poco pero lo hace de la mejor manera. Su novela Cruz del Norte relata la defensa que el nativo Ayapitzin hizo ante los embates de la hueste de Hernán Cortés en el noroeste del país. Es un hecho histórico bien rastreado y mejor ejecutado novelísticamente. Ibarra tiene, además, un divertido libro de cuentos y crónicas: Las trampas de la fea.

El jovencísimo tijuanense Fran Ilich debió conmocionar (no lo hizo, porque pocos lo leyeron) con su libro Metro–Pop, avance singular de lo que en México y en otros países se considera “literatura de vanguardia”. Es la reedición de lo que alguna vez fue la “literatura de la Onda” (Ediciones SM).

Álvaro Quijano, de Hermosillo, publicó El libro de Tristán, que raya en lo poético. ¿Alguien se acuerda de él?

¿Alguien ha leído al espléndido cuentista de Mérida, Carlos Martín Briceño? (Caída libre, Los mártires del freeway)?

Puedo llenar páginas con ejemplos como los anteriores, aunque prefiero ir a otra de las posibles razones por las que ciertos narradores son menospreciados, marginados.

Ante las puertas cerradas de las grandes empresas editoriales, hay muchísimos autores que determinan crear su propia empresa o publicarse a sí mismos. José Antonio Zambrano, Édgar Escobedo, Arnulfo Rubio, Eduardo Villegas, Elías Ruvalcaba, entre otros, se han manejado de ese modo. Acaso los resultados personales hayan fructificado, pero ¿quién los conoce, aparte de amigos y familiares? Si no hay distribuidor de por medio, el resultado es que los libros se embodegan donde se puede. Y ya se sabe que en el mercado editorial quien más gana es el librero: 60% del precio del producto. He visto, y muchas veces, a los autores-editores ofreciendo sus libros de mano en mano, en ferias del libro, en la calle, en las cantinas, como si estuvieran pidiendo limosna. Si consiguen alguna ganancia la utilizan para seguir en la mendicidad. Y aseguro que a veces se trata de obras notables, mejores que las ofertadas por Alfaguara y otras compañías.

Una razón más para que narradores notables hayan desaparecido del mapa es su propia voluntad. Son autores que publicaron una primera novela que hacía esperar grandes cosas de ellas y que, de repente, dejaron de escribir y se dedicaron a otra cosa. Pienso en Octavio Reyes, quien en la década de 1980 publicó una novela muy bien hecha, Cangrejo. Era muy joven, y por eso quienes lo leímos confiamos en que tenía un futuro más que prometedor. Desapareció.

Caso similar es el de Raúl Casamadrid. Su novela Juegos de salón es de lo más divertida, escatológica y pornográfica. Inventó la “Ruleta mexicana”, juego que haría sonrojar al más sereno de los lectores. Ojalá alguien reeditara esa obra. Como Octavio, Raúl se hizo humos.

Le pasó lo mismo a la jovencísima Alejandra Bernal, quien tras publicar su primera novela en Joaquín Mortiz se esfumó. Lástima, porque anunciaba cosas notables.

Otros escritores se automarginaron. El primero que me viene a la memoria es Luis Moncada Ivar. Publicó solo Perros noctívagos, libro de cuentos que todo mundo debería conocer por su calidad narrativa y fuerza dramática. Pero el autor decidió suicidarse aduciendo, en carta a sus familiares, que lo hacía “porque era una soleada mañana de domingo”. De veras, su literatura es de lo mejor. Más tarde me enteré, por sus hermanos, que dejó un volumen inédito de cuentos y una novela. Espero que su hermana Noika, su heredera, restablezca el contacto conmigo: sería formidable conocer ese material y, por qué no, editarlo.

Luis Carrión Beltrán dio a conocer su novela Infierno de todos tan temido (FCE), donde retrata el submundo de los manicomios. Era gran prosista, del que solo conocí otra novela. Luego, se suicidó, según noticias que circularon en el medio cultural.

Sí, muchos narradores mexicanos son marginados, ignorados perros de la dicha (Onetti); y lo son por varias razones, que he tratado de describir. Y qué lástima, porque la mayoría de los mencionados (hay más) le da las “veinte y las malas” a la turba de personajes que acaparan los reflectores (las editoriales, los medios) amparados por sus padrinos, por las instituciones, así sea que su mediocridad sea alarmante. Una vergüenza.

Por desgracia, en esa infame nave del olvido están trepándose escritores de incuestionables méritos, y dentro de no mucho tiempo serán vistos como piezas arqueológicas: Ricardo Garibay, Sergio Galindo, Manuel Echeverría. Qué espanto.

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