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Jueves , 20.09.2018 / 21:43 Hoy

La moral del cantinero

Los paisajes invisibles


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El cantinero sale de la barra. Se dirige raudo hacia el rincón e increpa a un parroquiano: “¡Hey!… Me dijiste ‘quédate con el cambio’. Son más de cinco libras. No puedo aceptarlo”. El bebedor toma con calma esa aspereza, coge el billete y la calderilla, y le pega un sorbo abismal a su pinta de malta clara. El tabernero vuelve a su puesto. Tira la palanca para verter Tennent’s en el vaso de otro sediento compulsivo, y la gente también vuelve, decepcionada, a sus asuntos, a sus pláticas o a su ensimismamiento sonorizado por “Glory Days” de Bruce Springsteen. Y es que aquel estentóreo, furibundo alarde de honorabilidad, le hizo pensar a la clientela que iba a haber una pelea y no era para menos: el cantinero es un tipo rudo. Viste camiseta negra y unos jeans roñosos, habla como los pillos de Leith, bueno, los pillos del Leith Walk que Irvine Welsh retrató en Las pesadillas del marabú, en Trainspotting, en Acid House o en Filth, pues hace ya más de ocho años que ese barrio está limpio de yonquis, vagos o mendicantes. La escoria de la que habla Welsh ya no pulula en la Royal Mile y tampoco en Princes Street y, de hecho, es escasa en Edimburgo, una ciudad gentil, una urbe diminuta pero que alberga cuatro universidades, tiene un índice de desempleo prácticamente nulo, es hospitalaria con los migrantes y, como en casi todo el Reino Unido, le da a su sociedad un voto de confianza. Dos ejemplos simples pero emblemáticos: puedes entrar al supermercado con mochila o con bolsos de otras compras, ningún guardia te va a sellar los envoltorios y no hay paqueterías, suponen que no vas a echar algo no pagado en el morral, y las cajas de autoservicio: tú mismo escaneas los productos y depositas el importe, nadie inspecciona que pases todo lo que llevas en el cesto, aunque, claro, no faltará el que diga que para eso está el circuito cerrado, que la vigilancia es incontrovertible pero aun así esa sensación de relajamiento abona, al menos, a la confianza en uno mismo.

Pero volvamos al cantinero. ¿Qué pensaba cuando abandonó la barra y devolvió el cambio a su generoso parroquiano? ¿Que su trabajo no merece una gratificación exactamente igual al importe de una Tennent’s (esa clara es la cerveza orgullo de Glasgow y muy solicitada en los pubs de Escocia) o que la propina en una public house es indecorosa, precisamente por ser public houses? La moral del tabernero, se me ocurre, es mucho más rígida, insobornable, que la de otra fauna que se pretende excepcional y merecedora de todo tipo y monto de propina. Pensemos, por ejemplo, en las estratosféricas propinas que se autoprodigaron ciertos tipejos y sus esposas (las intocables Ladies Macbeth de este tiempo mexicano), como Javier Duarte, Roberto Borge, César Duarte; las millonarias propinas a las que se aferran los ex presidentes por el resto de su vida; las propinas (llámense bonos, aguinaldos, prestaciones) de senadores, diputados, ministros, jueces, consejeros electorales, funcionarios y toda clase de burócratas de angora; las obscenas propinas de los partidos políticos que a nadie representan; las propinas más escandalosas, genuinos homenajes a la corrupción y la impunidad de este sexenio: la estafa maestra del gobierno, tal vez el saqueo del siglo XXI. Ah, esas propinas podían usarse ahora para paliar los daños en Oaxaca y Chiapas pero fiel a su costumbre, México da vuelta en U: el Fonden se esfuma misteriosamente, se pide el apoyo ciudadano (por el gobierno, ni más ni menos), se apela a la solidaridad… ¡Uf! Que no se nos olvide que el tiempo es circular, y que un terremoto y la solidaridad sembraron el lema de campaña (y el sustento) de la gestión de Carlos Salinas de Gortari. Mientras tanto, al otro lado del océano un cantinero de Edimburgo rechaza cinco libras de propina por solo servir una humilde pinta.

@IvanRiosGascon

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