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Domingo , 22.07.2018 / 04:54 Hoy

La manada digital

Cada día que pasa la realidad arroja muestras irrefutables de un estado de cosas igualmente polarizado, violento, que se aproxima a la fantasía apocalíptica de Deleuze y Guattari.

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Eduardo Rabasa

En alguna ocasión el novelista británico John Fowles respondió en una entrevista que el pariente más cercano del hombre no era el mono, sino la oveja, para referirse al distintivo rasgo humano de pensar y actuar en manada, renunciando a menudo tanto al pensamiento como a la acción independiente, motivados por razones personales, y no grupales. A casi 20 años de distancia, con los vertiginosos cambios sociopolíticos y tecnológicos, quizá esta tendencia se haya acentuado, pues principalmente los entornos profesionales y las redes sociales exhiben algunos rasgos escalofriantes, donde las personas pareciéramos más autómatas que responden visceralmente a determinados impulsos, que sujetos capaces de decidir y actuar por sí solos. Así, la inmensa mayoría de las vidas y de las opiniones se orientan hacia la consecución de objetivos similares (dinero, poder, fama), y gracias a la pornografía de las millones de almas a las que podemos acceder gracias a las redes sociales (a pesar de que a menudo ocurra de manera anónima), podemos darnos cuenta de la virulencia de las posturas, a menudo determinadas por categorías de rabia, ira o incluso de odio.

Una de las más funestas consecuencias de lo anterior consiste en la pérdida de sutilezas o de matices, pues tanto la realidad como nuestro pensamiento se define cada vez más en términos de blanco y negro, de acceso o exclusión, de lealtad ciega a determinada causa o líder demagogo, y el menor cuestionamiento u opinión en sentido contrario desata inmediatamente un linchamiento cibernético, donde precisamente gracias al anonimato el blanco puede recibir insultos y deseos de muerte tan escalofriantes como para afectar irremediablemente la psique de la víctima. Asimismo, estos linchamientos sirven como advertencia para el resto de la manada, con lo cual si uno desea evitar que la próxima vez el odio se descargue en su persona, lo más sensato es plegarse a los códigos de uniformidad y obediencia al comportamiento grupal.

Sin embargo, cada día que pasa la realidad arroja muestras irrefutables de un estado de cosas igualmente polarizado, violento, que se aproxima a la fantasía apocalíptica de Deleuze y Guattari, quienes imaginaron que en las sociedades del futuro los ciudadanos contarían con una tarjeta que les proporcionaría acceso a determinados lugares, por ejemplo su vivienda, y en ocasiones funcionaría y en ocasiones no. Y entre mayor sea el empecinamiento en continuar pensando y produciendo la realidad a partir de las mismas categorías, parecería que más se incrementan las desigualdades y tensiones de las que contemplamos brotes violentos de manera periódica. Quizá, como ha sugerido George Monbiot, haya por ejemplo que repensar el supuesto de que el egoísmo y el interés personal deben de ser los valores esenciales que estructuren a nuestras sociedades, pues a fuerza de tanta devastación ocasionada por el catecismo de la competencia, nos aproximamos a sociedades donde los propios líderes invocan y azuzan públicamente ideas cargadas de odio hacia quienes son más débiles, envalentonados por los ejércitos de seguidores anónimos que apoyan fielmente sus fantasías racistas y clasistas en ese nuevo espacio público en el que se han convertido las redes sociales.

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