• Regístrate
Estás leyendo: La maldad como defensa
Comparte esta noticia
Martes , 16.10.2018 / 16:17 Hoy

La maldad como defensa

La transformación de la marquesa parte de un indomable proceso de autocontrol.

Publicidad
Publicidad

Quizá la mayor ventaja que ofrece el género de la novela epistolar es que provee al autor de la posibilidad de construir la historia a partir de las múltiples perspectivas de los personajes. Uno de las obras más logradas del género es Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos, publicada en 1782, y hecha película en 1988, con las actuaciones de Glenn Close y John Malkovich.

Si bien la película es una buena adaptación, los personajes de la marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont son mostrados como una suerte de reflejo diabólico el uno del otro, conforme utilizan a los demás personajes para su provecho sexual, vanidoso y de afán de poder, destrozándolos una vez que les resultan desechables. En cambio, el libro contiene un pasaje decisivo, la carta 81, escrita por la marquesa al vizconde, donde no solamente se revela el fascinante proceso que la lleva a convertirse en el posterior monstruo, sino que podría leerse como una declaración de principios feminista –“Si, en mitad de estas frecuentes revoluciones, mi reputación ha permanecido intacta, ¿acaso no habéis podido concluir que, nacida para vengar a mi sexo y doblegar al vuestro, supe procurarme recursos desconocidos hasta mi llegada?”–, pues es un reflejo de los métodos de los que debe echar mano la marquesa, si no quiere correr la suerte del resto de las mujeres de su entorno, condenadas a ser un mero objeto decorativo.

La transformación de la marquesa parte de un indomable proceso de autocontrol, incluidos sus propios gestos: “…me propuse dominar incluso los diferentes movimientos de mi rostro. Si sentía alguna pena, practicaba para adquirir la apariencia de la serenidad, o de la alegría, incluso; mi celo era tal que llegué a provocarme dolores voluntarios para trabajar en ese instante la expresión del placer”. Posteriormente, desarrolla un complejo sistema para solo recibir las galanterías de los hombres que no le interesan, y comunicar en secreto su deseo a los que sí, privándolos con ello de lo que incluso hasta nuestros días es uno de los mayores placeres masculinos respecto a sus conquistas sexuales: la vanagloria de la conquista, de preferencia frente a otros hombres de su misma condición.

Incluso la negativa a cumplir el acuerdo con Valmont y entregársele nuevamente puede leerse como un residuo de la injusticia original que se convierte en un perverso motor vital para la marquesa, conduciéndola como suele suceder a ser partícipe de la destrucción total generada entre ambos. Sin embargo, en última instancia el desenlace es consecuente con un pasaje de la carta mencionada, pues le dice al vizconde con toda claridad: “Pero ¿pretender que me he tomado tantas molestias para no recoger el fruto; que, después de haberme elevado tanto por encima de las otras mujeres gracias a mis penosos trabajos, acepte arrastrarme como ellas en mi camino, entre la imprudencia y la timidez, que, sobre todo, pueda yo temer a un hombre hasta el punto de no ver mi bienestar sino en la huida? No, vizconde; jamás. Hay que vencer o morir”.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.