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Sábado , 21.07.2018 / 06:59 Hoy

La intemporal

Tres libros antológicos de Elena Garro en su centenario: Cuentos completos, Antología y Novelas escogidas

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Braulio Peralta

Tres tomos que no incluyen —a propósito— la novela considerada clásica, Los recuerdos del porvenir. Una producción literaria que llegó, en cuento, hasta 2006, en novela hasta 1998, y al teatro jamás regresa después de consagrarse en los años cincuenta con Un hogar sólido, dirigida por Héctor Mendoza dentro de Poesía en voz alta.

La proeza de esos libros es de Geney Beltrán Félix: tres antologías con tres largos ensayos sobre una obra prácticamente desconocida por aquellos que la consagraron en el teatro, el cuento y la novela solo en su primer periodo. La apuesta es leer a Elena Garro libres de prejuicios respecto a su historia personal, justo ahora que una editorial española promociona Reencuentro de personajes —con un ensayo de Marta Sanz (otra mujer, una pena)— con el estigma de ser hembra de Octavio Paz. (Aunque en México ha habido mejores ejemplos de misoginia y nadie invadió las redes sociales contra ellos.)

Su literatura va contra el patriarcado y las mujeres no la han descubierto del todo. No hay obra suya —en cualquiera de los tres géneros literarios que manejó— donde no exista el conflicto de intereses personales y públicos, entre un hombre y una mujer. No hay un cuento, obra de teatro o novela donde las mujeres pierdan el mínimo respeto a sus existencias. Pero de los tres estilos Elena Garro sale más que bien librada, demostrando la intemporalidad de su literatura. Lo que leemos es presencia eterna y ejemplo de cambio en las relaciones hombre–mujer. Son necesariamente libros de aprendizaje.

Dejar el realismo mágico de Los recuerdos del porvenir y muchas piezas teatrales para incursionar en el realismo psicológico o el hiperrealismo no es cualquier aventura después de consagrarse con sus primeras obras. Escribe Geney Beltrán en su Antología: “a diferencia de Nellie Campobello, que abandonó la escritura, o Josefina Vicens, Inés Arredondo y Amparo Dávila, de obra parca y espaciada, Elena Garro no aceptó las normas del silencio o la escasez que parecían propias de las escritoras mexicanas”. Después de leer las novelas Reencuentro de personajes, Inés, Mi hermanita Magdalena, Y Matarazo no llamó, o sus últimos cuentos, uno se alegra de que no lo haya hecho.

De Andamos huyendo Lola escribe Geney Beltrán que es “un brusco dictamen sobre la destrucción psicológica que sufren los emigrantes ante la indiferencia de las prósperas sociedades primermundistas”: un libro actual–intemporal, dadas las actuales amenazas de Estados Unidos contra los trabajadores mexicanos ilegales.

Después de estos tres tomos uno esperaría que el Fondo de Cultura Económica publique las obras completas de la escritora, porque en los de Beltrán Félix no están varios imprescindibles (entre ellos Memorias de España o Felipe Ángeles, obra de teatro de corte histórico).

Y a ver si ahora sí la crítica literaria contemporánea, sin el peso de Octavio Paz, puede escribir con libertad de la intemporal Elena Garro.

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