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Lunes , 15.10.2018 / 21:56 Hoy

La historia a destiempo

La ciudad o, para ser exacto, el centro de la ciudad había dejado de existir. Ninguna manzana entera quedaba en pie.

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La ciudad o, para ser exacto, el centro de la ciudad había dejado de existir. Ninguna manzana entera quedaba en pie. Donde antes hubo calles y avenidas rectilíneas, que se entrecruzaban conforme a los dogmas urbanísticos del neoclasicismo, ahora nada más permanecía una cuadrícula de cicatrices. Aquí y allá, una pared erguida a medias y un árbol sobreviviente al desastre rememoraban que la vocación de la urbe era la verticalidad. Tan solo el esqueleto de la catedral, la estructura firme de un hotel más largo que alto y la mole intacta del palacio de gobierno daban testimonio del orgullo con que alguna vez se había alzado del suelo incierto la capital del país.

Así recuerdo a Managua en 1985. La mañana del 19 de septiembre de ese año, cuando el reporte de la catástrofe llegó desde el Distrito Federal a Nicaragua por la mediación no siempre fidedigna de las agencias noticiosas de Estados Unidos, pensé de entrada que lo peor no era imposible. Yo vivía en un desierto urbano causado por un terremoto. Aunque no quería creer lo que afirmaban los primeros cables, no pude descartar que otra ingente sacudida telúrica hubiera derribado el casco antiguo de la Ciudad de México.

Recibí la alarmante noticia en la embajada mexicana en Managua, donde yo trabajaba entonces. Que no se pudiera confirmarla directamente, porque la comunicación telefónica y telegráfica con el Distrito Federal estaba interrumpida, sugería que la alarma se justificaba con creces. La ciudad en ruinas, imaginé. Mi familia y mis amigos sepultados en sus propias casas, temí. Horas después, cuando el gobierno de México restableció por fin el contacto con sus misiones diplomáticas a través de mensajes satelitales retransmitidos por un barco de Pemex que navegaba no lejos de Veracruz, recapacité. Ningún fenómeno natural, ni siquiera el más terrible, sería capaz por sí solo de destruir completamente una aberración urbanística de ese tamaño. Mientras no la aniquiláramos nosotros mismos, algo de esta ciudad abominable y entrañable estaría siempre allí.

Luego vinieron las vacilaciones, las dilaciones, las tergiversaciones. El primer mensaje oficial urbi et orbi del gobierno mexicano fue, en pocas palabras, que no había que exagerar. Con base en esta patraña e instruido por mi embajador, redacté a vuelapluma un comunicado de prensa en el que se decía, entre otras sandeces, que solo había que lamentar una muerte y que todo seguía bajo control. Mi vergüenza por haber contribuido a propagar estas mentiras deliberadas resurge cada vez que pienso en las muchas vidas que pudieron salvarse si México hubiera aceptado de inmediato la ayuda extranjera. No me consuela mucho decirme, con verdad, que Nicaragua por su propia miseria no estaba en condiciones de ayudar.

Por las cartas de un amigo que estuvo entonces en la Ciudad de México y participó en varias acciones de auxilio al prójimo, sé que la solidaridad ciudadana en septiembre de 1985 sacudió, al menos pasajeramente, la conciencia social de muchos de mis contemporáneos. Por los periódicos y los libros y las leyendas urbanas, sé que en esa época nació la así llamada sociedad civil y, también pasajeramente, la desconfianza en el PRI. Ignoro si debo deplorar que mi experiencia de esos acontecimientos definitorios para la gente de mi generación sea de segunda mano. Cada quien vive lo que le toca, rara vez lo que desea, y experimentar la historia a destiempo no es quizá el peor acicate para transmutarla después en literatura.

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