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Viernes , 25.05.2018 / 10:57 Hoy

La herencia

Una serie dedicada a reflexionar sobre el significado del 68 mexicano con cinco evocaciones de escritores nacidos ese año, cinco momentos que invocan la memoria familiar y la experiencia personal 


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Julio Patán

Suelo decirle a mi madre que a la hora de repartir la herencia debe tocarme más que a mi hermana, porque le salvé la vida cuando era un bebé. Como broma hace mucho que perdió la gracia, si es que alguna vez la tuvo. Pero el origen de la broma definitivamente no tiene nada de gracioso. Nada.

Nací el 9 de septiembre del 68 en el Hospital Español, ese que descansa en Ejército Nacional, en los límites de Polanco. Este hecho les dará una pista sobre mis orígenes. Mis dos líneas familiares se componen de exiliados españoles de los años treinta, los que llegaron huyendo del franquismo. Exiliados fueron mis abuelos y tíos abuelos paternos, de clase proletaria, cercanos al Partido Comunista Español, o sea impregnados de estalinismo (recuerdo la habitación de mi tía abuela, Oliva, hermana de mi abuela, con esos carteles enormes de El Padrecito y Lenin, uno junto al otro, con esas miradas que me imagino que se disparaban hacia el porvenir, y que en todo caso apuntaban a la calle de 5 de Febrero, cerca del Zócalo). Y exiliados fueron los maternos, de una posición más burguesa, más ilustrada, y en lo político más moderada: mi abuelo trabajaba en el gobierno de Manuel Azaña, lo que hacía de él algo muy parecido a un socialdemócrata en el sentido actual del término. Mi padre, añada del 37, llegó a México a los dos años, mientras que mi madre nació ya en tierras chilangas. Estudiaron Letras Modernas en la UNAM, en los años en que merodeaban por esos pasillos Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco y Salvador Elizondo. Era imposible que no sintieran simpatías por el movimiento estudiantil, compuesto, en términos generales, por jóvenes unos años menores que ellos. Los líderes del movimiento en la Facultad de Filosofía y Letras, Roberto Escudero, que luego me daría unas indescifrables clases de pensamiento marxista en esos mismos salones, y Luis González de Alba, psicólogo, habían nacido en la primera mitad de los cuarenta.

De ese año no tengo, por supuesto, recuerdo alguno. Sí, pocos, de los siguientes, los del echeverrismo y la guerra sucia, cuando la dirigencia sesentaiochera o andaba en fuga, caso de Marcelino Perelló con su aventura rumana y el propio Escudero, que se fue a Chile, o encerrada en el Palacio de Lecumberri, o recién liberada. Los recuerdo como años de inquietud profunda, continua. De zozobra. De las conversaciones familiares retengo unas cuantas, muy borrosas, sobre la vigencia del modelo soviético y el grado en que su descrédito era justificado o consecuencia de las campañas de contrainformación de la CIA (al castrismo no lo discutía nadie, sobra decir). Pero recuerdo sobre todo el miedo a un golpe de Estado a cargo del ejército, a la manera centro y sudamericana. Hoy parece un miedo completamente fuera de lugar, pero recordemos lo de “Echeverría o el fascismo”, de Carlos Fuentes, y la rareza que resultaba la pseudodemocracia priista en un continente gobernado casi sin excepciones por dictaduras militares. México andaba convulso.

En casa vivíamos una mezcla cultural y política singular, muy de época y muy de mi círculo, de jipismo —mi madre hacía yoga y usaba blusas de la India, zuecos y, dios la perdone, morrales, muy lejos de su afición actual a Calvin Klein—, nostalgia republicana —la banda sonora, al margen de la hegemonía de la clásica y las aportaciones jazzísticas de mi padre, incluía a Serrat, Paco Ibáñez y coros del bando republicano—, y socialismo a la mexicana —también escuchábamos a Óscar Chávez y Amparo Ochoa, y leíamos a Rius—. Pero la vivíamos en lo íntimo, de puertas adentro. México estaba lejos del salvajismo represor de Pinochet o la Junta Militar argentina, pero no era ajeno a esos horrores. Había control de los medios, había manifestaciones reprimidas, había operaciones de contrainsurgencia, cárceles clandestinas, desaparecidos, tortura. En casa, cualquier coqueteo con la militancia se había esfumado. Y es que, sobre todo, estaba la sombra del 2 de octubre.

Cuando, de alguna manera, sí, le salvé la vida a mi madre. Ese día estaba dispuesta a ir a Tlatelolco. Pero estaba la monserga de su hijo, o sea yo, que no había cumplido aún el mes. Estaba eso, y el azar. Pasé gran parte de mi primera infancia con mis abuelos maternos, que todavía no regresaban a España, en la colonia Lindavista, justo en la zona más golpeada por el último sismo. Me cuidaron y me educaron en mis primeros años mientras mis padres volvían de trabajar. Ese día, por alguna razón, no fue posible. Mi madre se ahorró la masacre.

La vida tiene eso: que tus actos más relevantes a veces son aquellos de los que no tienes siquiera conciencia, o memoria. Pero dejan una herencia, claro. Otro tipo de herencia, que también comparto con mi hermana. Ese 2 de octubre, no vivido, determinó nuestra infancia.

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