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Domingo , 21.10.2018 / 18:55 Hoy

La “Guanatos” de mi abuelo

Crónica de Guadalajara.


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Mediodía. Tomo la decisión de visitar al abuelo. Será a través de su huella imborrable que recorreré Guadalajara. Vislumbro entonces los tres altos obligados que exige mi periplo: el barrio de las nueve esquinas donde nació en 1903, el centro de la ciudad donde descansan sus restos, y la arbolada calle Libertad donde murió en 1951.

Si algo tiene la Guadalajara de hoy, se comenta a menudo entre los locales, es su inabarcable oferta gastronómica. Pienso en ello quizá porque ha llegado la hora de la comida y mi apetito ha abierto. Si tuviese que recomendar un par de sitios que me parecen imperdibles, no dudaría en señalar el barrio de Santa Tere, uno de los más populares y vivos de la urbe, donde la gente aún interactúa en total confianza entre sus calles. En éste, las carnes en su jugo de Garibaldi pueden satisfacer el antojo de quien quiera probar un plato típico de la ciudad sin perder tiempo, ya que quienes preparan este manjar se jactan de tener el récord Guiness en rapidez para llevar el platillo a la mesa. Asimismo, si de mariscos se trata, no dudaría en destacar Ponte Trucha Negro, en la esquina de Ignacio Ramírez y Hospital: el laboratorio más experimental sobre recetas preparadas con delicias del mar que entre su abundante menú tiene platillos que intrigan a cualquiera tanto por su preparación como por su nombre. “La gran chingadera” y el “Ponte almeja”, entre otros.

Pero el vínculo que mi abuelo guarda con Guadalajara está en principio ligado a la escultura en la que está sentado en una banca, allí sobre las calles Liceo y Colón, en la plazoleta que es el corazón del barrio de las Nueve esquinas, famoso sobre todo porque en los restaurantes aledaños se prepara la mejor birria de la ciudad.

Mi abuelo, Francisco Rojas González, el escritor que en vida publicara novelas como Lola Casanova y La Negra Angustias, con la que se hizo merecedor al Premio Nacional de Literatura en 1944, es un narrador con una obra en la que hay una profunda observación de la vida indígena, especialmente en su título más conocido, el libro de relatos El diosero.

Es precisamente en la casa donde nació, la cual tiene en su fachada una placa que lo certifica, donde recién ingreso determinado a saciar mi hambre. Se trata de la birriería El compadre, en la que se prepara exclusivamente birria de chivo. Su lema reza: “El auténtico sabor de Jalisco”.

Una vez que he terminado de comer, enfilo mis pasos hacia el centro de la ciudad, directamente a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, donde Rojas González tiene también una estatua de bronce en la que aparece de cuerpo entero, con la mirada perdida en el horizonte. Y es que el centro de la ciudad continúa siendo aún hoy uno de los atractivos principales de la urbe.

Camino unos cuantos metros y llego a la Plaza de la Liberación. Ahora estoy mirando el imponente Teatro Degollado. De allí emprendo una caminata que me conducirá a la Plaza Fundadores y luego me internará por la Plaza Tapatía, hasta llegar al majestuoso Hospicio Cabañas donde podré apreciar tanto las esculturas de Alejandro Colunga que aguardan frente a su puerta, como los inquietantes murales de José Clemente Orozco que decoran el techo de su Capilla Mayor. Un recorrido que sigue ofreciendo varios de los atractivos más representativos de la historia y el arte de la ciudad.

Ese paseo debe coronarse en la cantina La Fuente, la misma que se ha hecho popular entre sus parroquianos por la bicicleta abandonada que descansa sobre uno de sus arcos a manera de emblema. Beberse un tequila allí, bajo sus techos altos, entre el bullicio de las conversaciones de la gente que acude a todas horas y su ocasional música de piano, representa un momento obligadamente tapatío.

Cae la tarde. Mi última escala es el busto de mi abuelo ubicado en la esquina de Libertad y Enrique Díaz de León, a unos metros del restaurante que en otros años se llamó El café caliente. Fue allí, durante una trágica tarde, mientras se encontraba haciendo campaña para ser gobernador de Jalisco en la presidencia de Ruiz Cortines, donde Rojas González falleció de forma repentina mientras comía, arrancando teorías que van desde una complicación con la carne que tragaba hasta el envenenamiento. Es en esa esquina donde da inicio una de las zonas más activas de noche, la cual se extiende hasta la avenida Américas, e incluso más allá, y en la que se sitúan tanto bares como restaurantes y cafés con distintos conceptos para quien busque aventura nocturna. Una perpendicular formada por Libertad y Chapultepec que sobre todo durante los fines de semana los tapatíos reclaman, para hacer suya una colonia que bien pudiese compararse con la Condesa capitalina. Allí, El grillo, La nacional, El salón del bosque, La estación de Lulio, Gaspar, Romea, la mezcalería Pare de sufrir, entre muchos otros, ofrecen hospitalidad y buen servicio para conversar mientras se bebe una cerveza Minerva, la marca artesanal de la ciudad, o bien un café, en la modalidad que lo desee el cliente.

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