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Viernes , 19.10.2018 / 13:44 Hoy

La fiesta visual de Martín Luis Guzmán

Guzmán es el protagonista de la exposición 'La otra fiesta de las balas', que incluye pinturas, grabados y documentos de archivo del autor de 'La sombra del caudillo', exhibida en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México.

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Acaso lo que más sorprende en la exposición La otra fiesta de las balas: Martín Luis Guzmán, bajo la curaduría de Marisol Argüelles en el Museo de Arte Moderno, es el ejercicio de síntesis que permite reunir en un solo espacio casi un siglo en la vida de la cultura y la política de este país. La síntesis es posible gracias al prodigioso personaje que la motiva. Miembro de ese grupo iniciático que fue el Ateneo de la Juventud, que da sus primeros pasos a la sombra del porfirismo y que saca provecho de las bendiciones laicas de Justo Sierra; ensayista, periodista y en sus inicios crítico de arte, Martín Luis Guzmán pronto se ve envuelto —como muchos de los ateneístas— en el torbellino de la Revolución, de seguro inesperada para todos ellos. Tomar partido y comprometerse con una de las facciones es también arriesgarse a formar parte de los que se ven obligados a salir del país para no ir a dar a la cárcel o de plano perder la vida. Conspirador empedernido, cercano al villismo en un momento dado, es difícil que otro escritor mexicano haya estado tantas veces en el exilio como Martín Luis Guzmán. Aunque es cierto que regresaba cada vez que la situación lo permitía, al consolidarse el dominio primero de Álvaro Obregón y luego de Plutarco Elías Calles, su exilio en España se prolonga hasta que Cárdenas acaba de un golpe con el Maximato e inicia una nueva etapa en la historia del país. Durante este último lapso escribe algunos de los magníficos libros por los que hoy lo recordamos: El águila y la serpiente (1928) y La sombra del caudillo (1929). Es justo considerar que este último, denuncia valiente del carácter criminal del grupo de sonorenses que detentó el poder durante más de quince años, solo podría haberse escrito y publicado en la relativa protección que otorgaba el exilio.

De regreso en México en 1936, y con la protección de Lázaro Cárdenas, Guzmán retoma sobre nuevas bases su activismo político: se convierte en funcionario, crea casas editoriales, dirige la revista Tiempo e inicia la publicación de esa obra maestra inconclusa que son las Memorias de Pancho Villa, personaje campesino al que reivindica en un acto de extraña rebeldía motivado acaso por su deseo de comprender y justificar el sangriento proceso de la Revolución en la que de muchos modos había participado. Los enconos quedaron atrás. A su discurso de ingreso en la Academia Mexicana de la Lengua asiste el entonces presidente de la República Adolfo Ruiz Cortines. En el sexenio que sigue, el de López Mateos, recibe la encomienda de presidir la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (Conaliteg), cuyas labores continúan hasta el día de hoy. Oficialista hasta decir basta, y anticomunista de corazón, el sexenio de Díaz Ordaz encuentra en él uno de sus más convencidos admiradores. La represión de los estudiantes en Tlatelolco estaba más que justificada porque le ponía un dique al caos que provoca la agitación de los comunistas (En su descargo hay que decir que Salvador Novo y Vicente Lombardo Toledano, dos viejos lobos de mar como él, compartieron una postura semejante).

La otra fiesta de las balas permite entrever con cuadros y con documentos extraídos de archivos tanto públicos como privados el tejido de relaciones que constituye la argamasa de una vida tan compleja, y a veces tan protagónica, como la de Martín Luis Guzmán. Dividida en cinco grandes secciones, la primera, “El Ateneo”, documenta su vínculo con los artistas plásticos del momento, Ángel Zárraga, Joaquín Claussel, Germán Gedovius, Saturnino Herrán, el Dr. Atl y con los escritores modernistas que publicaban en la revista Savia moderna; sus vínculos con Reyes, con Henríquez Ureña y con Vasconcelos, por supuesto, quedan incluidos aquí. La segunda sección “La bola”, tiene que ver con la vorágine revolucionaria. Las soldaderas de Orozco es quizás la obra más llamativa de esta constelación, pero igual hay cuadros notables de Abraham Ángel, de Jesús Cabrera y el Zapata campesino de Ignacio Aguirre, así como un dibujo de Frida Kahlo y un grabado de Villa por Alberto Beltrán.

La tercera sección, “El exilio, el regreso y los amigos” es acaso la más compleja y variada. Encontramos cuadros que retratan a algunos de sus amigos, como Carlos Chávez en la mirada de Siqueiros, como el poeta González Martínez en la visión de Roberto Montenegro, o como Dolores del Río bajo el pincel de Rosa Rolanda. En uno de sus exilios, como se sabe, Guzmán pasa una temporada en París. De esa época son sus ácidos comentarios acerca del Salón de Artistas Independientes, que le disgusta hasta la repugnancia. En un artículo escrito en París en marzo de 1927, “El puerismo en el arte”, en efecto, escribe: “…no obstante que mi disposición de ánimo rezumaba simpatía para cuanto iba yo viendo, llegó un instante en que ya no pude soportar la prueba y salí a escape hacia el Museo del Louvre para quitarme allí, en un baño de belleza auténtica, la mugre que acababa de entrarme por los ojos.” Las vanguardias, hasta donde alcanzo a entender, no eran muy bien vistas por los ateneístas, demasiado imbuidos de lo que eran los remanentes espiritualistas de una visión decimonónica de la cultura. Una década antes, Alfonso Reyes escribía en estos términos a su amigo Pedro Henríquez Ureña: “¿Qué haré con Diego Rivera? ¡Figúrese que me llevó a ver sus enredijos futuristas cuando yo acabo de pasarme tres horas en la sala de Rubens…!”

Paradójicamente, la joya de la corona de esta sección es el retrato cubista que hizo Diego Rivera de su amigo Guzmán, al que incorpora, para dar el toque mexicanista, un sarape zacatecano. El escritor, que se inicia como prominente ensayista político (de ello son testimonio sus libros La querella de México y A orillas del Hudson, de 1915 y 1920 respectivamente) pero también como crítico de pintura, en su ensayo “Diego Rivera y la filosofía del cubismo” rescata la teoría de los arquetipos de Platón para explicar esta modalidad pictórica: “El cubismo (…) es casi un nuevo arte; agrupa la sustancia, el color y la forma para producir, no un ente particular —como lo hacía la vieja pintura—, sino un arquetipo; no se detiene a imitar la impresión visual de una cosa, ni siquiera la impresión total individualizada; corre hasta aprisionar el universal dentro de las formas sensibles de un cuadro.” (Subrayado de MLG)

Para elogiar al amigo, casi se pone ditirámbico: “Aunque entusiasta y admirador de Picasso, Rivera anda su propio camino. No en vano alimentó e hizo fructificar las inquietudes producidas en su alma por la obra del Greco. De un cuadro de Rivera a uno de Picasso hay tanta distancia como de una montaña a un bosque…”.

Engalanan esta sección un dibujo de Tamayo, y sendos retratos del escritor a cargo de Francisco Corzas y José Luis Cuevas. Si el primero me parece un tanto convencional, por la coloración tricolor que juega como fondo, el magnífico retrato de Cuevas se coloca en el otro extremo. Mejor que de Martín Luis Guzmán, por su atmósfera melancólica, uno piensa que este retrato bien podría corresponder al de algún poeta simbolista como George Trakl o Stephan George. ¿De verdad así lo vio Cuevas?

La cuarta sección, “El proyecto educativo” es francamente apoteósica. Cuadros “nacionalistas” que el propio escritor solicitó a Siqueiros, Alfredo Zalce, Roberto Montenegro y Jorge González Camarena para engalanar las portadas de los libros de texto, atrapan la atención en la medida en que han devenido icónicos. Quizás Camarena no es un gran pintor, pero el cuadro que aquí lo representa es ya parte —si puedo expresarlo así— de nuestra identidad colectiva. La quinta y última sección, “El imaginario permanente”, que podría equivaler al legado actual del escritor, permite descubrir otro grabado de Villa, realizado por Jesús Castruita, así como un magnífico Homenaje a Cuauhtémoc redivivo del vigoroso Siqueiros. También destaca un cuadro del primer Tamayo con el rostro de Juárez, gran impulsor del movimiento de Reforma que Guzmán siempre reivindicó como un periodo imprescindible de nuestra historia, y no podía faltar, para redondear el recorrido, la proyección en un pequeño salón adjunto de la versión cinematográfica de La sombra del caudillo, película que rodara Julio Bracho en 1960 y que por razones de censura permaneció enlatada durante tres decenios. ¡Un récord!

El crítico implacable de los desmanes del poder político, el gran conocedor de las entretelas oscuras del mexicano que llegó a ser Guzmán en sus grandes textos narrativos, aquel que acertó al escribir, implacable, que “la política de México (…) solo conjuga un verbo: madrugar”, está representado en esta sección por otro estupendo cuadro de Orozco, El tirano (1947), una rabiosa crítica de la desnudez ominosa con que en México puede llegar a ejercerse el poder. Este es el cuadro, para mi gusto, con que culmina la exposición, y el que le da sentido perdurable.

Una reflexión final me queda rondando en la cabeza. Que la brillante y muy consentida generación del Ateneo, fundamento cultural de todo lo que pudimos hacer como mexicanos en el pasado siglo XX, que dio a filósofos de la talla de Antonio Caso y José Vasconcelos, a dos maestros del ensayo como Julio Torri y Alfonso Reyes, y que encontró en Martín Luis Guzmán al más consumado y consistente de sus narradores, padeció empero un trauma terrible que no lograron superar: que a ninguno de ellos le tocó en suerte escribir ni la mejor novela ni la mejor poesía con que contamos en este país. Ese privilegio pertenecería a dos intelectuales exógenos, por así decirlo, que no se habían formado dentro de los muros de la Universidad Nacional y que no tenían nada que ver ni con sus filias ni con sus fobias: Mariano Azuela y Ramón López Velarde.

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