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Viernes , 22.06.2018 / 13:40 Hoy

La Documenta de Kassel y la lógica de Vila–Matas

Ambos mundos.

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Santiago Gamboa

En su última novela, Kassel no invita a la lógica, Enrique Vila–Matas hace una profusa disección de su obra y de sí mismo tomando como base la Documenta de Kassel de 2013, a la que fue invitado para participar en un extraño y agobiante performance que consistía en sentarse todas las mañanas a escribir en un restaurante chino, a la vista de los espectadores de la gran feria. Y es ahí, en medio de obras de arte contemporáneo que se salen por completo de la tradición y que tienen un ferviente carácter innovador, que Vila–Matas va revelando el origen de su amor por las teorías excéntricas, su adoración por Duchamp y, en general, por el arte que busca responder al mundo de un modo original. En consecuencia, expresa también su desinterés por el realismo literario o el arte mimético, el que, según él, se conforma con ser un espejo de la tediosa realidad.

Lo primero que se debe decir de este libro es que es valiente, una apuesta aguerrida que no tiene vuelta atrás y que, por supuesto, está dirigida a sus lectores puros y duros. Como si dijera: pues bien, queridos amigos, esto es lo que he venido haciendo, y lo hago por esto y esto. Cuenta que siendo joven vio en Cadaqués, durante unas vacaciones, a las esposas de Marcel Duchamp y de Man Ray en un restaurante, y que a partir de ese momento, con esa necesidad de coherencia de la juventud, decidió adoptarlos como modelos: “deseaba ser un creador extranjero como ellos, deseaba tener el aire distinto que intuía que estos artistas siempre habían exhibido y, si no era mucho pedir, cuando terminara el verano, no tener que volver jamás a la ‘retrasada’ Barcelona; deseaba ser un artista de vanguardia, es decir, lo que entonces yo entendía por ‘alguien en ruptura con la encogida realidad artística de mi ciudad’”.

Y esto, llevado a la literatura, quiere decir creer en algo nuevo, anhelar en el mundo lo “nunca visto”, y que se exprese en una escritura que no vuelva a los cauces de siempre sino que intente abrir espacios nuevos de expresión, como ha hecho Vila–Matas en sus libros anteriores y como hace, de un modo aún más radical, en este. Una forma de poner las armas sobre la mesa. O de destapar las cartas (si es que un escritor puede hacerlo), sin miedo a la soledad o al fracaso que en un mundo como el de hoy, cuando la literatura se asocia al divertimento, puede acarrearle.

Es también una constatación de los males de su propio mundo, que es sobre todo Europa. Dice Vila–Matas: “Estaba en el centro de Alemania, en el centro de Europa, y en ese centro era más evidente que en ninguna otra parte que todo era frío y estaba exánime y enterrado desde hacía décadas”. Y concluye diciendo: “Estás en Europa, y Europa no está”.

Pero hay que seguir, nos dice Vila–Matas, porque tanto en el arte como en el mundo y en la literatura hay que creer siempre que hay algo por surgir a la vuelta de la esquina.

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