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Sábado , 26.05.2018 / 12:27 Hoy

‘La divina ilusión’

Complejo empeño el de Boris Schoemann para lograr en actores de tan diversas formaciones una unidad tonal.

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Jaime Chabaud Magnus

Conocemos en México al escritor quebequés Michel Marc Bouchard gracias a la tenacidad de Boris Schoemann como traductor. Éste nos ha regalado, de hecho, decenas de textos de lengua francesa para el repertorio de los escenarios mexicanos materializándolos en las tablas bajo su dirección, o bien convirtiéndolos en papel a través de la espléndida labor de editor que realiza a través de Los Textos de la Capilla. Y no es poca cosa: en escasos países de habla hispana los autores francófonos son tan bien recibidos, escenificados y difundidos como en México; su mayor difusor es, sin duda, Schoemann por su ímpetu desbordado y generoso.

De Bouchard ya hemos disfrutado en escena Los endebles y Tom en la granja a manos del director de marras. De reciente estreno, con un elenco inusualmente abultado para el pequeño Teatro de la Capilla, ha estrenado La divina ilusión, un texto monumental.

Apetecía desde semanas atrás, y después de ver tantos ejercicios repudiando o negando la ficción sobre la escena (alguno que otro increíblemente logrado, pero la mayoría no), ver teatro-teatro. Y La divina ilusión, de la dupla Bouchard-Schoemann, me ha llenado el ojo con una obra perfectamente clásica en términos de estructura, de desarrollo, de construcción de personajes. De hecho viene muy ad hoc la forma con el contenido porque el autor enarbola una crítica feroz a la sociedad quebequés de principios del siglo XX. Retoma la anécdota real de la visita de la actriz Sarah Bernhardt al Quebec de 1905 y el encontronazo que se produjo entre la jerarquía católica y la diva. Ésta, ni tarda ni perezosa, deja volar su carácter levantisco al generar una tormenta a partir de unas declaraciones incendiarias a la prensa, en las que ponía a la sociedad local en el peor lugar de atraso cultural del mundo civilizado, por no decir que los excluía del mismo. Un seminarista con aspiraciones de dramaturgo ha de seguirla al tiempo que se fascina y abreva de la historia de abuso sexual del que ha sido objeto uno de sus compañeros seminaristas a manos de un alto religioso.

Complejo empeño el de Boris Schoemann para lograr en actores de tan diversas formaciones una unidad tonal. Y si no lo logra del todo podemos reconocer que está muy cerca. En todo caso el espectador acaba entregado al equipo de este montaje espléndido, con escenografía e iluminación de Fernando Flores Trejo. Pilar Boliver, Mahalat Sánchez, Miguel Conde, Carmen Ramos, Constantino Morán, Olivia Lagunas, Miguel Corral, Servando Anacarsis y Eugenio Rubio nos regalan una buena rebanada del mejor teatro-teatro de la temporada. Corra a verla.

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