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Lunes , 10.12.2018 / 16:18 Hoy

La desobediencia de Marte

La puesta de Tony Castro es impecable y lleva a la dupla Cosío-De Tavira a potenciar el caprichoso (como Marte mismo) juego de casa de espejos que plantea Villoro.

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La reaparición en los escenarios teatrales de nuestro admirado Joaquín Cosío en sí podría ser motivo suficiente para acudir al teatro Helénico. José María de Tavira, en constante crecimiento, resulta un ingrediente que suma interés. Y si a esta dupla sumamos el texto de Juan Villoro y la dirección de Antonio Castro, la ecuación resulta apetecible. La desobediencia de Marte, de reciente estreno, es una de esas producciones que tiene un pie entre el mal llamado teatro comercial y el cultural (o de arte). La verdad es que Claudio Sodi (uno de los productores) y socios suelen cuidar muy bien sus espectáculos y ofrecer piezas de calidad al público no necesariamente asiduo al teatro. Da gusto, pues, ver una ecuación de la que, además, no se ausenta el espectador que colma la sala.

La desobediencia de Marte peca de rollo”, me habían dicho asistentes al estreno. Quizá por eso es bueno esperar unas semanas para ir. La realidad es que a la dramaturgia de Villoro no le sobra nada. Incluso se podría pensar, por el asunto que aborda, que habría la tentación de ponerse muy conceptual y hasta filosófico, pero no. Juan aterriza en las pasiones humanas la rivalidad entre los astrónomos Johannes Kepler y Tycho Brahe, empeñados en descifrar el cosmos con preguntas muchas, alguna que muchos siglos antes había resuelto Hypatia de Alejandría (que las órbitas de los planetas no responden al círculo sino a la elipse). El problema que ocupa a los personajes en la acción dramática es la órbita de Marte (el más caprichoso de los planetas). Y el enigma plantea una guerra entre los egos de ambos científicos. Así, al descifrar a Marte intentan elucidarse el uno al otro en una esgrima minada por sus mutuas fragilidades.

Pero Villoro no se conforma con la materia dramática del encuentro histórico del año 1600, y cuando el público ha entrado de lleno en el conflicto de los científicos, rompe y siembra el desconcierto al ubicarnos de sopetón en 2017. Lo que hemos visto es representación: teatro dentro del teatro, dos actores también tienen una historia complicada que los atraviesa mientras ensayan La desobediencia de Marte. Y en espejo se replican, con sus diferencias obvias, las desconfianzas en otra danza de guerra. El tejido entre las dos historias nos mantiene atrapados en todo momento en un apasionado juego en donde el autor es el gato y nosotros los ratones.

La puesta de Tony Castro es impecable y lleva a la dupla Cosío-De Tavira a potenciar el caprichoso (como Marte mismo) juego de casa de espejos que plantea Villoro.

Se escenifica en el teatro Helénico, Revolución 1500, viernes 20:30, sábados 18:00 y 20:30, y domingos 17:00 y 19:30.

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