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Jueves , 21.06.2018 / 06:10 Hoy

La dama de la ardiente cabellera

Mientras que la Revolución Mexicana fue una locomotora en la que la mariguana se trepó de algún modo, la post-Revolución se encargó de darle el toque de gracia legal a la planta. El siglo XIX construyó el símbolo negativo de la cannabis recreat

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Jorge García Robles

UNA CUCARACHA ARROJA BOCANADAS DE HUMO VERDE

La Revolución convirtió la mariguana en una protagonista célebre de la bola —aunque en realidad en la mayoría de las novelas de esta época no se menciona su uso— convirtiéndose, para bien o para mal, en parte del elenco de la historia de México. Gracias a que desde hacía décadas los soldados la fumaban, nuestra aciaga planta fue convertida en una de las canciones populares mexicanas más famosas: "La Cucaracha", canción de origen español donde la cannabis está presente en la mayoría de los casos. ¿Quién o qué es la cucaracha? Tal vez Victoriano Huerta, alcohólico, con fama de mariguano, a quien la gente de entonces le compuso estas estrofas:

Sólo puede en la mañana

darse un pobre gusto que es

el fumar su mariguana

y ponerse a dar las tres.

No está del todo comprobado que a Huerta le gustara la mota o motivosa, como ya le decían a la planta por entonces, lo obvio es que quienes odiaban al chacal asesino de Madero por acto reflejo lo relacionaron con la malévola mariguana, debido a que el estigma depredador que cargaba ya estaba muy arraigado en las cabezas de todos los mexicanos. Como fuera, el tono chusco y festivo de la canción, refiérase o no al también apestado dictador, abre las ventanas, orea un poco el aire enrarecido y deja que la vapuleada yerba respire un poco; gracias a esta canción y al consumo más o menos recurrente de los soldados de la bola es que resulta natural relacionar la mariguana con la Revolución Mexicana.

El caso es que mientras don Victoriano quizás se pasoneaba con la dama de los cabellos encendidos, en pleno 1914, año denodado y febril, Julio Torri y Alfonso Reyes se cartean entre México y París, pitorreándose del cáñamo índico, faltándole el respeto al anatema, lo que no significaba que fueran consumidores de la esfinge verde; y dos años después, en 1916, Mariano Azuela publica Los de abajo y de pasada habla sobre los soldados, ahora revolucionarios, y su relación con la mariguana, no sin connotarla como "mala".

¡YERBITA LIBERTARIA!

Años más tarde, en 1938, un militar que participó en las revueltas, Francisco Urquizo, escribe una novela sobre la vida de los soldados federales no revolucionarios, Tropa vieja, donde la mariguana es una protagonista destacada. Urquizo es inteligente y no denuesta la yerba sin más; de hecho, durante buena parte de su relato parece hasta acariciarle la cabeza y condescender con el hecho de que los soldados aspiren sus humos verdes que les ayudan a soportar el infierno de ser soldados.

¡Yerbita libertaria!, consuelo del agobiado, del triste, del afligido. Has de ser pariente de la muerte cuando tienes el don de hacer olvidar las miserias de la vida, la tiranía del cuerpo y el malestar del alma... Sacudes la pesadez del tiempo, haces volar y soñar en lo que puede ser el bien supremo. Eres el consuelo, del infeliz encarcelado, bálsamo del corazón y de las ideas...

dice uno de sus personajes y el autor parece casi asumir estos sentimientos. Pero finalmente la Diosa verde muestra su verdadero rostro y un soldado preso que recién ha fumado a escondidas mariguana enloquece, y en el mismo tono que en La llaga de Gamboa comienza a acuchillar a todo el mundo: "Parecía un toro furioso; saltaba, corría, bufaba con los ojos colorados y con la boca llena de espuma". El desquiciado es acribillado a balazos por la tropa y todo regresa a la normalidad; la planta que poseyó al energúmeno asesino ha sido nulificada. Urquizo escribe como corolario de estos hechos: "Algún día dejaríamos de ser como animales para convertirnos en gentes. No más mariguana para olvidar las penas, no más mezcal para entonar el cuerpo...".

Cuando la batahola revolucionaria comienza a serenarse y a convertirse en discurso oficial y mito histórico fundacional, la mariguana es embestida ya no solo con gritos y sombrerazos, sino también con cañonazos legales, bien tipificados en códigos penales, muy a tono con el discurso prohibicionista que desde principios del siglo XX Estados Unidos logró imponer en todo el orbe.

Pese a todo, el consumo de la mariguana en México (y en el mundo) hacia la década de 1920 seguía siendo muy marginal y en absoluto un problema de salud pública o de conductas antisociales. Pero el canon prohibicionista, que cien años después, a principios del siglo XXI, continúa vivo, aunque agrietado, dio varias vueltas a la tuerca y pretendió encadenar la planta a toda una verbena de leyes, decretos, reglamentos y grilletes punitivos.

SOY UN PERDIDO, SOY UN MARIGUANO

Hablemos de un personaje singular de la época: Porfirio Barba Jacob, poeta colombiano de rostro equino, personaje descarriado, genial, gay desatado, provocador, consuetudinario consumidor, este sí, de grifa pura. Vivió de manera intermitente varios años en México, donde murió en la calle de López, Distrito Federal, en 1942, más o menos en la pobreza. En 1921, don Ramón del Valle Inclán, otro fumador asiduo de coliflor tostada, fue a visitarlo a Guadalajara, donde dirigía la Biblioteca Pública de Jalisco.

El encuentro se dio entre humaredas glaucas y poesía de alto peaje, verde que te huelo verde. Sus posiciones políticas no cuadraban con el sentido común: ora atacaba, ora defendía al porfiriato, luego acometía contra Villa y Carranza; se dice que escribió una biografía del gavillero Villa que fue entonces un best seller, pero de la que no se conserva un solo ejemplar; se exiliaba, regresaba y contratacaba; cuando desenvainó la espada contra Calles el sonorense lo expulsó del país, al que regresó en 1930 para no más abandonarlo; ejerció el periodismo, en particular el político, pero también pergeñando reportajes infames como los publicados en El Heraldo de México en 1919, sobre las malas drogas, en particular contra la mariguana que tanto amaba y que tanto le ayudó a vivir.

En el mismo tono amarilloso y de cacería de brujas que Gamboa y Tablada, el fino poeta, por lo demás acurrucado en las hojas de una cannabis índica que catalizaba y afirmaba su sino poético (Vasconcelos y González Martínez lo consideraban uno de los mejores poetas de habla española), despotrica contra todo lo que tiene que ver con la planta que consumía todos los días: venta, consumo, espacios, lenguaje. Son tan artificiosos los reportajes, tan teatrales y sobreactuados, tan hechos por encargo, que no nos queda más que comprender al vate colombiano y afirmar que los escribió por chamba y no por convicción; lo que no podemos decir de Tablada ni de Gamboa, que sí creían en lo que escribían. El poeta es un fingidor... y también un animal con un estómago al que hay que meterle alimento todos los días.

Lo anterior queda claro al leer la poesía de don Porfirio (Barba Jacob), quien al tocar el tema de la mariguana habla desde lo más profundo de su cuerpo y canta con las cuerdas del arpa tensas y afinadas, siempre en un tenor existencialmente oscuro. Aquí hay arte y expresión auténtica, ni urgencia de trabajo ni teatralidad ficticia, sino poesía que el colombiano supura, quizás con el cigarrillo verde descansando en las comisuras de sus labios mientras exhala la frase y el bemol exacto.

LA FARAMALLA ESTRIDENTISTA

No podía faltar la faramalla estridentista refiriendo a la diosa verde. Émulo del futurismo y de otros ismos vanguardistas europeos, la estridencia comenzó briosa y transgresora y acabó muy pronto con casi toda su alineación jugando en el campo del odiado establishment cultural y político al que alguna vez le arrojó jitomates y diatribas irreverentes. Jugueteo más que enfrentamiento, gesticulación más que expresión, no obstante, resulta interesante el texto aparecido en 1923 en la revista Irradiador, dirigida por Maples Arce y Fermín Revueltas, donde se menciona de paso a la yerbita, que desentona con la atmósfera cultural edificante y nacionalista del México recién salido de la caldera revolucionaria. Hay que acotar una referencia interesante al zacate inglés, hecha por Efrén Rebolledo en su novela Salamandra, publicada en 1918, donde la yerba aparece en una atmósfera Belle Époque porfiriana y modernista-decadentista, exenta de ataques y amarillismos.

A partir de estos años veinte la tendencia a continuar anatematizando a la cannabis recreativa es la regla en la prensa, el cine —en 1936 se filma Marihuana, el monstruo verde de José Bohr, con Lupita Tovar, Sara García, El Indio Fernández y otros, toda una perla representativa de la histeria que cundía por entonces contra la planta— y en la mayoría de los textos literarios que la refieren, como los de Bruno Traven y Jacobo Dalevuelta. Sin embargo, el encostramiento legal a la que fue sometida la mariguana dejó nichos para que algunos escritores de la época vieran las cosas con más calma, como fue el caso del viajero checo Erwin Kisch, que con sorna escribe un ensayo sobre la locura de la emperatriz Carlota quizá provocada por la cannabis, y del mismo Mariano Azuela que quizás en su mejor novela, La luciérnaga, trata el tema con cautela y a diferencia de Gamboa y Urquizo no concibe a la pepita verde como la personificación de la maldad, sino como una planta que altera la mente de quien la consume, pero que en sí misma no es la causa de los peores males del mundo.

DON ALFONSO INTENTA (FALLIDAMENTE)

QUEMARLE LAS PATAS AL CHAMUCO

En cuanto al texto de Alfonso Reyes, Breve visita a los infiernos, donde refiere a la mariguana, diremos que el helenista adorador de los clásicos zurce un relato con un argumento y un tono inverosímiles que hacen recordar el cuento "Huitzilopochtli" de Rubén Darío y el de "Hashish" de Horacio Quiroga, ambos escritos sin que los autores conocieran los vericuetos de la yerba a cabalidad. Lo mismo sucede con el de don Alfonso, que pergeña un relato más retórico que sabio, como una caja de regalo envuelta con papel de china y adornada con un gran moño que al abrirse revela que su interior está vacío. Reyes parece esforzarse por aparentar saber del tema de la mariguana y su texto no deja de desconcertar, por ejemplo, cuando introduce apelativos gratuitos como el del duende Nalgolapio y el de la ciudad de Chaquetonia (sic). A juzgar por este relato, nuestro enciclopédico Reyes no conocía los efectos de la verdolaga sagrada y referirse a ella parece ser solo un pretexto para escribir sobre cualquier cosa. Con todo, hay que reconocerle al autor que en ningún momento cae en las consabidas exageraciones y acusaciones fustigantes de tantos otros que a su alrededor lo hacían, lo que se confirma cuando en otro texto habla del gusto de su amigo Valle Inclán por la yerbabuena, como dándole palmaditas de aprobación al manco gallego, que sí sabía de los asuntos de la verde.

NÉMESIS CONTRA DOÑA JUANITA

Criminalizada en los años veinte y treinta, todo lo que tenía que ver con la mariguana finalmente se codifica no solo como un acto inmoral, sino también como un acto ilícito, lo que vino a rematar y justificar la repulsa moral que de manera sobredimensionada se cocinó durante el siglo XIX. La tipificación legal en contra de la planta dejó claras las cosas: por ser moralmente reprobable se ha de castigar legalmente a quien la produzca, la venda y la consuma. El Derecho siempre actúa movido por un imperativo moral, imponiendo restricciones y castigos a acciones previamente censuradas por la moral en turno. Sin moral el derecho no existiría; el derecho es moral vuelta ley. En suma, al juicio moral se le añadió el castigo legal, expulsando a la planta del reino de lo ética y legalmente permisible, es decir, intentando alejarla por todos los medios del universo societario de un país llamado México. Obviamente sin lograrlo.

Parte de la introducción del libro Antología del vicio. Aventuras y desventuras de la mariguana en México, de Jorge García-Robles, que en breve publicará Laberinto ediciones.

PIES DE FOTO

1.- Ramón del Valle-Inclán

2.- Alfonso Reyes

3.- El poeta colombiano-mexicano Porfirio Barba Jacob

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