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Jueves , 19.07.2018 / 16:07 Hoy

La cuesta de los libros viejos

Café Madrid

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Víctor Núñez Jaime

La Cuesta de Moyano es una ancha y pequeña calle empinada, ubicada a un costado del Real Jardín Botánico, que conecta el Paseo del Prado con el Parque del Retiro, en el distrito centro de Madrid. Todos los días, desde hace 90 años, los libreros de viejo ofrecen allí miles de ejemplares amarillentos de autores clásicos y contemporáneos, nacionales y extranjeros, la mayoría a precios bajos (uno, cinco, diez euros), que muchas veces son adquiridos por personas cuya economía no les permite comprar libros nuevos o por bibliófilos que pasan horas en el lugar buscando libros únicos para sus colecciones.

Justo a la mitad de esa calle–refugio se encuentra la caseta que ocupa el vendedor más antiguo de la cuesta. Se llama Alfonso Riudavets, tiene 81 años, suele vestir una bata azul y una boina gris, pasa el día sentado en un pequeño banco de madera y, desde ahí, vigila a quienes manosean los libros que vende. Alguno voltea y le pregunta el precio de tal o cual ejemplar o directamente va hacia él y le paga sin rodeos el que decidió llevarse. Detrás de su gruesa y respetable figura, don Alfonso tiene apilados —en riguroso desorden— unos 4 mil libros, según calcula él mismo. “Alguna joya tendré entre todo esto, digo yo. O: algún libro bueno, importante. Porque los tiempos han cambiado y ya no hay tantas cosas únicas”, dice con aparente resignación el hombre que, desde 1967, atiende todos los días del año la caseta número 15.

El otro día fui por un libro que le encargué a don Alfonso (Enviado especial, una antología de crónicas de guerra de Ernest Hemingway) y, de paso, me dijo que él y sus colegas esperan que este sitio sea declarado Bien de Interés Cultural. “El perfil del cliente ha cambiado como ha cambiado el país. Antes alguien se compraba varios libros al mes y ahora solo alguno. La gente joven tiene otros métodos para acceder a la lectura y casi no viene, y los bibliófilos también han ido desapareciendo, quizá porque suelen ser gente mayor y, claro, la vida se acaba, o porque aquí dejamos de tener verdaderas joyas literarias en abundancia”, me contó después Francisco Martínez, presidente de la Asociación de Libreros de la Cuesta de Moyano, un grupo que solo ha cerrado este establecimiento durante quince días, en 1939, al término de la Guerra Civil, cuando el recién instaurado régimen de Francisco Franco ordenó una inspección para incautar libros prohibidos.

Martínez trabaja aquí desde hace 40 años. Dice que comenzó siendo ayudante de un librero y, tiempo después, consiguió la concesión de la caseta que atiende. Como la mayoría de los vendedores de los 30 puestos de la cuesta, ofrece libros de todo tipo: historia, literatura, arte… (solo hay una caseta especializada en música); compra bibliotecas particulares y, de vez en cuando, recorre algún mercado con la intención de encontrar tesoros bibliográficos para luego ofrecérselos a sus clientes habituales. “Esta calle no iba a ser peatonal, pero la hicieron y, con ello, los libreros hemos perdido visibilidad. Además, en verano, quizá por el granito del suelo, el calor es insoportable”, subraya este librero de canas bien peinadas, quien espera, además, que se consolide la propuesta de que la Cuesta de Moyano sea declarada Bien de Interés Cultural.

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