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Domingo , 24.06.2018 / 17:48 Hoy

La cuenta infame del azar

A fuego lento
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Milenio Digital

En una ciudad de la provincia mexicana, a la que arribó hace casi 30 años después del terremoto de 1985, un oficinista que lleva el escueto nombre de R se deja mecer por la rutina apenas rota por su afición a la escritura y a ver el mundo a través de la ventana. Sabemos también que su madre ha muerto de cáncer y que habita un departamento en un edificio que permanece inexplicablemente vacío. Solo un gato y una vecina huidiza rompen la monotonía. No hay más argumento en El último día de septiembre (Libros Magenta/ Gobierno del Estado de Puebla, México, 2017) pero eso no tiene importancia porque su mejor atributo es la gestación sostenida de un lenguaje. No hablo de lirismo, ni de esa bestia que es el “aliento poético” —tan peligroso cuando se aparece como invitado en el cuento o la novela—, sino de un estilo que se hace de ritmos, sonoridades, sentidos múltiples, imágenes precisas: “Soy el hombre que se mueve en el pasado”; “Pensó que todo, en realidad, se evapora una vez ocurrido”; “La lluvia parecía un fino polvo flotando en la ciudad”.

En uno de sus estratos más profundos, El último día de septiembre es una novela sobre algunos estados del alma. Están ahí la pérdida —de una ciudad, de una madre, de un tanteo amoroso—, la sensación de no pertenecer por completo a nada, la soledad que se asume con sabia naturalidad, el presentimiento de que las cosas pueden siempre malograrse. Todos irradian de ese hombre que es R, del que solo cabe esperar algo de sexo e ilusiones con su vecina y unos cuantos sobresaltos cotidianos.

Pero procuramos la suerte y desconfiamos del azar. Además de un lenguaje que responde a los dictados de la libertad creativa y de una sensibilidad por donde corre la incertidumbre, El último día de septiembre consagra su energía a proyectar una arquitectura de la cual dependen los hechos finales, inexplicables sin la mano del azar. Alejandro Badillo ha concebido una red de conexiones entre los hechos, entre los personajes, que se vuelve manifiesta a medida que el delgado argumento va tomando velocidad. Lo que parecía accesorio se vuelve central y los detalles que creíamos solo necesarios para trazar una atmósfera cobran un inusitado protagonismo. Llega así la hora en que esa red se extiende para revelar que no hay acción humana que no padezca la intromisión del azar. ¿Determinismo? Puede ser, pero nacido de una imaginación exasperada que equipara a lo minúsculo con el todo. Esa es, a final de cuentas, una de las tareas de la literatura: hacer creer que todas las cosas pertenecen a un orden conjetural, abierto.

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