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Domingo , 27.05.2018 / 07:26 Hoy

La crítica: Retrato de un dandy mundano

"Me juzgó de acuerdo con la idea que se había formado de mi vida, de mis hábitos mundanos..."

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Milenio Digital

El nombre de Céleste Albaret (1891-1984) aparece ligado a la figura de Marcel Proust por el hecho de que ella trabajó en casa del escritor desde 1913 hasta la muerte del autor de En busca del tiempo perdido, ocurrida en 1922, y unos meses más, en la organización de sus papeles, con lo que gracias a su ayuda pudo cerrarse el proyecto de esa gran empresa novelística. Nadie tuvo más cercanía con el proceso de construcción de la obra, como si un arquitecto solitario y enfermo edificara una gran catedral con el único apoyo de su empleada doméstica, y no solo debe valorarse el que Céleste haya mantenido las condiciones hogareñas para que Proust pudiera concluir su trabajo.

Esta memoria dictada es un apéndice imprescindible para entender al autor francés, tanto por conocer su día a día, con esa rutina extraña del que despierta por la tarde y duerme al amanecer, como por las presencias reales que desfilaban por la vida de Proust, convertidas luego en personajes de la novela, y de las que Céleste supo por lo que el escritor le contaba. Pareciera a veces como si ensayara en ella, en la conversación, lo que se transformaría en una página del libro.

Está, entre lo más interesante, la compleja relación con el conde Robert de Montesquiou, uno de los modelos del barón de Charlus, al que Proust conoció en la primavera de 1893 en el estudio-salón de madame Lemaire. O el affaire André Gide, cuando el autor de Los monederos falsos rechazó para la Nouvelle Revue Française el tomo inicial de la saga proustiana, Por el camino de Swann, al parecer sin haber abierto, siquiera, el paquete que contenía el manuscrito, solo por considerar que provenía de un “dandy mundano”.

Al respecto, comentó Proust a su empleada: “Me juzgó de acuerdo con la idea que se había formado de mi vida, de mis hábitos mundanos. Mi camelia en el ojal seguramente les había incitado a él y sus amigos a pensar que yo era un inútil”.

Aún con cierto pudor, refiere Céleste sus pareceres sobre las andanzas de Proust con esa raza de los hombres-mujer a la que éste dedica Sodoma y Gomorra, su probable enamoramiento del chofer Agostinelli, para algunos críticos convertido en Albertine, o la amistad con Albert Le Cuziat, a partir del cual Proust crea al sastre Jupien, regenteador de burdeles para homosexuales… Considera Céleste que las incursiones de Proust en ese terreno eran más bien investigaciones para definir pasajes novelísticos que una definición sexual propia. Para ella, la mayor pasión de Proust fue la escritura.

Este Monsieur Proust exhala un gran amor por la verdad y por el personaje, y está tan lleno de vida como En busca del tiempo perdido.

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