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Martes , 25.09.2018 / 03:10 Hoy

La crítica: libro. 46 años después

Imposible desconocer la influencia que una novela y su autor, El complot mongol de Rafael Bernal, tuvieron en la conformación del canon novelístico contemporáneo mexicano.

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Imposible desconocer la influencia que una novela y su autor, El complot mongol de Rafael Bernal, tuvieron en la conformación del canon novelístico contemporáneo mexicano de sello negro (si bien en los años 40 el dramaturgo Rodolfo Usigli había publicado ya Ensayo de un crimen). Con su aparición apenas un año después de los acontecimientos del 68, que contribuyeron decidida y libertariamente a la recuperación de los espacios públicos, El complot... apuntaló la vigencia de la narrativa urbana, e inició el devenir de un público lector específico para el género.

No poco, y que hubo de apuntalarse durante los años siguientes en constante pelea con los denostadores de esa expresión de la literatura y la búsqueda de nuevos interesados. Ahora que nadie le porfía nada al thriller, se recuerdan públicamente novela y autor. A 46 años de publicada en el sello Joaquín Mortiz (traducciones, reediciones y hasta versiones pirata) y en el centenario del natalicio de Bernal, quien practicó otros géneros y se desempeñó como diplomático fuera del país.

El complot... sucede en un México lejano, aquél que presenció las disyuntivas geopolíticas de una época polarizada planetariamente. No escapó el país a los versus cristianismo-marxismo; capitalismo-socialismo; buenos-malos. De modo que en la novela se hacen presente a partir del despliegue de una pretendida conjura en contra de los primerísimos representantes de los poderes políticos del Imperio y la Nación, a manos de unos facinerosos orientales, y con la intervención de los recordados agentes secretos de los 60: gringos (FBI), rusos (KGB) y mexicanos ("pistoleros profesionales, matones a sueldo de la policía, hijos de la Charanda y de padre desconocido, cómo carajos no, sólo que ahora al servicio de una Revolución de guantes blancos").

Otra de las grandes aportaciones de El complot... es sin duda (al margen de sus cuestiones estilísticas: la agilidad narrativa, la descripción de personajes, la utilización de lenguajes y la acidez de su humor) la recuperación de lugares y referentes materiales como una manifestación más de la ocupación del espacio colectivo. Al (re) descubrirla el lector estará en La Ópera, el café París, Luis Moya, avenida Juárez, el Caballito, la calle Guerrero, Donceles, la Alameda, San Juan de Letrán, el callejón de La Condesa, el Palacio de Hierro, Arcos de Belén, calles como Camelia, Sol, Revillagigedo, Allende y Dolores. Además de evocar marcas como Yardley, Sears, Pontiac, Buick, Sanborns, Impala, Mercedes, Nescafé, Palmolive, Chesterfield, Delicados, Lucky Strike...

Siempre de la mano del detective Filiberto García, personaje sine qua non de la literatura mexicana.

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