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Martes , 23.10.2018 / 03:32 Hoy

La crítica: Espacios Arquitecto Brutalista

Los arquitectos brutalistas, como Zohn, concibieron la volumetría de sus proyectos como elementos de expresión escultórica.

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La historia de la arquitectura mexicana ha dado muy poco reconocimiento a un arquitecto notable: Alejandro Zohn (Viena 1930-Guadalajara 2001), el máximo exponente de la corriente brutalista en México. Es importante hacer notar que el movimiento brutalista es, por sí mismo, una corriente poco valorada mundialmente. El término deriva de la influencia internacional que ejercieron las obras en concreto aparente que Le Corbusier llevó a cabo en Francia e India durante los años sesenta y setenta. El arquitecto suizo llamaba bêton brut (“concreto en bruto”) al acabado rugoso que utilizó para sus edificios de aquella época.Los arquitectos brutalistas, como Zohn, concibieron la volumetría de sus proyectos como elementos de expresión escultórica: para ellos el concreto aparente fue el material idóneo por su moldeabilidad, la cual permite infinidad de texturas en su acabado final. Sin embargo, los edificios brutalistas resultan poco populares entre el público y la crítica, quizá porque se acercan más al arte que a la arquitectura y su escala suele ser monumental, alejada de las dimensiones del cuerpo humano.

La obra más representativa de dicho expresionismo volumétrico es, sin duda, el proyecto para el archivo general de Jalisco, comenzado en 1985 y construido por Zohn en Guadalajara en 1990. Se trata de un gran volumen de aproximadamente 30 metros de altura, cuyas fachadas son enteramente de concreto aparente. No se aprecian sus ventanas desde el frente ya que están colocadas de modo muy inteligente en remetimientos laterales. El edificio tiene un área aproximada de 26 mil metros cuadrados, dos plantas para estacionamiento en el sótano y nueve pisos de oficinas, archivos, servicios generales y salas de conferencias.

Por sus dimensiones y características, el edificio es un elemento primordial del paisaje urbano de Guadalajara. La elección del material y su capacidad expresiva son los más adecuados cuando se trata de un hito urbano cuyo valor primordial es simbólico. El brutalismo fue quizá uno de los movimientos que consiguió ajustarse mejor a la necesidad simbólica de los edificios públicos. Un buen ejemplo de ello es la Biblioteca Estatal de Hans Scharoun en Berlín (1967).

Recuerda en su forma exterior a algunos de los edificios públicos realizados por el arquitecto estadunidense Paul Rudolph, como el edificio para las facultades de arte y arquitectura de la Universidad de Yale, construido en 1963. No es coincidencia que Rudolph, el principal exponente del brutalismo en Estados Unidos, tampoco ha recibido reconocimiento suficiente por su magnífica obra arquitectónica.

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