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Martes , 19.06.2018 / 17:35 Hoy

La crítica: El camarada Korolev

En El informe rojo Korolev hilará los cabos de los asesinatos de dos destacados científicos adscritos a un centro de investigaciones poco transparentes.

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Mauricio Flores

La década de los treinta no comenzó bien en la extinta Unión Soviética. El suicidio de Mayakovski, el vanguardista poeta del pueblo, representó el inicio de una ola de persecuciones que alcanzaron a los más destacados protagonistas de todos los colectivos de la nueva sociedad. Fueron los años, diría Michelet citado por Edmund Wilson, de la alteración de las mismas personalidades durante la transición de un sistema a otro.

En ese mundo oscuro y frío —no exento de cierta moral burguesa que se niega a desaparecer— ubica el novelista irlandés William Ryan su saga novelística que alcanza ya cuatro títulos, inminente el lanzamiento de The constant soldier. Los anteriores: The holy thief, The bloody meadow y The twelfth department, este último disponible en español con el título El informe rojo, donde el camarada Korolev, agente treintón en aquel lejano Moscú, se enreda en el crimen y la intriga del régimen estalinista.

Permanentemente enfrentado a la temida NKVD, Korolev irá siempre un poco más allá en sus investigaciones. Las pesquisas en los crímenes de la cotidianidad humana lo llevarán a otras, actos amparados en los llamados principios de Estado, y al desenmascaramiento de sus agentes. Los chequistas o, "como Lenin nos llamó alguna vez, la espada y el escudo del Partido".

En El informe rojo Korolev hilará los cabos de los asesinatos de dos destacados científicos adscritos a un centro de investigaciones poco transparentes. Tareas, eso sí, inscritas en los sacrificios necesarios para la causa superior del socialismo. Experimentos donde los niños son utilizados como objetos de estudio; incluido el hijo del camarada Korolev, Yuri, que a lo único que aspira es a unas vacaciones al lado de su padre, lejos de los pioneros y las pañoletas rojas.

De entre las menciones directas hechas en la novela, junto a una logradísima representación escenográfica del Moscú de esos años (www.william-ryan.com/korolevs-world/), destacan las de tres personajes reales: Nikolai Yezhov, Isaac Bábel y Grigori Kaminsky. El primero (comisario del pueblo) ejecutado a principios del 40; el segundo (escritor) arrestado e integrante de la llamada Gran Purga; el tercero (también comisario del pueblo) llevado al pelotón de fusilamiento en 38.

"Si seguimos así —le comentó Kaminsky a Stalin—, tendremos que ejecutar al partido completo". A lo que le respondió: "¿No serás, de casualidad, amigo de estos enemigos? Pájaros del mismo plumaje, eso es lo que son".

A esos tiempos vuelven las novelas de Ryan. Años en los que Stalin prescinde de la manera más trágica de un gran número de hombres completos (Wilson dixit), dirigentes provenientes de la lucha revolucionaria e inmersos en las más álgidas discusiones político e ideológicas, que mucho extrañaría después en la guerra contra los alemanes y el fascismo.

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