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Lunes , 25.06.2018 / 05:08 Hoy

La crítica de Artes Visuales: Negreros y tratantes

Y he aquí que entre cuadros parisinos y xoloitzcuintles prehispánicos se ha montado un altar de muertitos marchantes.

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Jorge Ochoterena Bergstrom

Sabido es que un montaje ajeno a la realidad perpetrado en el espinoso terreno de lo jurídico queda perfectamente zanjado por otro, no menos ajeno, en el florido campo de la Cultura. Nada de culpables ni castigos ni demás miserias. Adelante patronatos. Adelante, espectáculo del arte moderno. 100 de los nuestros por 30 vuestros, nuevo gobierno, y en santa paz.

Y he aquí que entre cuadros parisinos y xoloitzcuintles prehispánicos se ha montado un altar de muertitos marchantes. Del lado francés se rinde culto al “gusto fino y gran olfato” de Paul Guillaume, así como a la honradez de su viuda Domenica en el cumplimiento de últimas y patricias voluntades. Del lado de acá, se vuelve a ponderar el “lugar primordial” ocupado en el siglo XX mexicano por Dolores Olmedo, quien, al “perpetuar la obra de un artista y perpetuarse junto con él... benefició a México como pocos”.

¿Será? Sin bucear por las cloacas, veamos algunos retratos. Ahí donde en este del “nuevo piloto” descubre la curadora del museo francés “refinamiento intelectual, elegancia, dinamismo “, otra cosa muy distinta detecta el historiador John Richardson, amigo personal y biógrafo de Picasso, director de Christie’s, profesor en Oxford, condecorado por los Estados francés y británico: “burla perspicaz de un tipo rechoncho con boquita capullo de rosa y bigote a lo Charlot que intenta, sin conseguirlo, encubrir su vulgaridad bajo un desdén fingido”. ¿Y usted, qué ve? Del famoso retrato de Domenica con sombrero grande, pintado por Derain, sentencia Richardson (quien la conoció en vida): “halago aparente, mezquindad subliminal, mentira que dice la verdad”.

Hace Guillaume su fortuna cambiando arte africano por pinturas producidas en Montmartre y en Montparnasse (“negrero” lo llama Cocteau: otra mentira veraz). Olmedo, en cambio, se enriquece explotando a tabiqueros. Pero, para perspicacias, desde la intimidad de su alcoba tapizada de presidentes y magnates, ella se pinta sola: “los adoro porque me ayudaron a incrementar mi fortuna”.

Arte moderno dice burguesía en auge; dice arte privado; dice mecenazgo en manos de industriales surgidos de la nada (invirtió Barnes en arte galo lo habido en la cura de blenorragias galas). De sus antiguos maestros hizo este arte genios excéntricos; de sus museos, templos; de sus mecenas, beneméritos. Montajes, todos ellos, ajenos a la realidad.

Obras maestras del Musée de l’Orangerie. Museo Dolores Olmedo, hasta el 19 de enero de 2014.

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