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Domingo , 21.10.2018 / 04:20 Hoy

La cocina de García Márquez

'Gabo contesta' es la recuperación de una columna sui generis que García Márquez sostuvo en la revista Cambio: se ocupaba de responder preguntas de lectores acerca de asuntos literarios.

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Las grandes obras literarias resisten inagotables posibilidades de análisis, su riqueza es tal que están plagadas de ideas y reflexiones acerca de los temas más plurales y disímiles: en ellas puede buscarse, únicamente, el amor, la muerte, el sueño (los Grandes Asuntos de la literatura de ficción), y otros como la justicia, el desprecio, los celos, la maldad en cualquiera de sus manifestaciones, la risa, el olvido, la suerte, la desdicha, etcétera, etcétera. Las obras monumentales del arte literario son, entonces, auténticos tratados sobre todas las cosas.

Pensé en ello al leer Gabo contesta, que acaba de ser publicado por El Tiempo Casa Editora, en Colombia. Se trata de la recuperación de una columna sui generis que Gabriel García Márquez sostuvo por algún tiempo en las páginas de la revista Cambio: se ocupaba de responder preguntas de lectores acerca de asuntos literarios. Uno le pregunta: “¿Qué son para usted los cuentos? Unas veces uno piensa que en su caso son un tiempo de refresco entre una novela y la siguiente. O, como ocurre en algunos escritores, un género de práctica para el género mayor, que es la novela. No escondo más la verdadera pregunta: ¿sus lectores podemos esperar un nuevo libro de cuentos?” El Premio Nobel contesta la pregunta dando una verdadera cátedra al respecto. Y así, responde más interrogantes, y exhibe su sabiduría literaria, técnica y hasta filosófica.

Por ejemplo, confiesa que un suceso ocurrido en su infancia lo marcó para siempre y se volvió obsesión literaria: la muerte de El Belga, un extranjero avecindado en Colombia y amigo del papá de Gabo: el chico vio el cadáver de quien se había suicidado con veneno, cuyo olor asoció con el de las almendras amargas. Y ese fue el detonante de La hojarasca y reaparece en otras obras suyas, sobre todo en El amor en los tiempos del cólera. García Márquez sostiene que en esta última la muerte de El Belga, a quien puso un nombre fantástico y por supuesto inventado, no es algo primordial, pero quería registrarla: por eso, tras su suicidio, el personaje desaparece también de la novela.

En otro capítulo, García Márquez explica por qué El conde de Montecristo, de Dumas, es uno de sus libros favoritos. Señala que le resulta formidable la resolución a algo que parecía imposible: la suplantación de un cadáver. En otros apartados, el colombiano se refiere a la elaboración de Crónica de una muerte anunciada, que se basa en hechos reales y que debe y consigue involucrar a los lectores desde el inicio: ¿por qué siguen la trama cuando desde el principio conocen el desenlace? Por la curiosidad, el morbo. Asimismo habla de las fugas de ciertos personajes hacia otros libros: él ha incorporado en los suyos gente que conoció en obras ajenas.

A propósito de los géneros literarios, esgrime la cercanía que tienen con los periodísticos, con excepción de la entrevista, porque “siempre la he tenido aparte, como esos floreros de las abuelas que cuestan una fortuna y son el lujo de la casa, pero nunca se sabe dónde ponerlos. Sin embargo, es imposible no reconocer que la entrevista —no como género sino como método— es el hada madrina de la que se nutren todos. Pero no me parece un género en sí misma, como no me parece tampoco que lo sea el guión en relación con el cine”. Lo anterior le sirve para enmarcar la ejecución de Relato de un náufrago.

En relación con la música advierte que “un relato literario es un instrumento hipnótico, como lo es la música, y que cualquier tropiezo del ritmo puede malograr el hechizo. De esto me cuido hasta el punto de que no mando un texto a la imprenta mientras no lo lea en voz alta para estar seguro de su fluidez. Las comas son esenciales, porque imponen un ritmo a la respiración del lector y manejan sus estados de ánimo. Es lo que llamamos las comas respiratorias que pueden permitirnos inclusive trastornar la gramática a cambio de preservar el acto hipnótico de la lectura. No solo El coronel sino hasta el menos significante de mis párrafos está sometido a ese rigor armónico. Solo que a los escritores intuitivos no nos conviene explorar demasiado estos misterios técnicos, pues en este oficio de ciegos no hay nada más peligroso que perder la inocencia”.

No ignoro que muchas de las ideas del autor expuestas en Gabo contesta han sido vertidas con anterioridad en entrevistas y en libros biográficos y analíticos de su obra, pero siempre parecen conceptos nuevos. Y como dije, uno puede entrar a la obra de García Márquez con propósitos definidos de búsqueda de ciertos temas, y téngase por seguro que siempre, indefectiblemente, habrá respuestas.

Cierro este artículo con una remembranza. Hace años, acudí con Emmanuel Carballo, Beatriz Espejo y Rosa Beltrán a la Fundación para las Letras Mexicanas como jueces literarios. Al terminar nos enteramos que don Gabriel haría una lectura ante los jóvenes becarios, y nos colamos impunemente. Gabo leyó un capítulo de Memoria de mis putas tristes, hasta entonces inédito, y me alarmó escuchar a uno de los chicos decir a otro: “¿Para qué me obligan a oír a este ruquito?” Pensé: “Imbécil, no sabes que en cualquier lugar del mundo pagarían por estar en tu lugar”. Más adelante, en la sesión de preguntas y respuestas, don Gabriel dio cátedra, contestó las interrogantes con indiscutible categoría, con todas las tablas del mundo. Rosa pidió la palabra, y aunque no tenía vela en el entierro por ser uno de los intrusos, recibió la anuencia de aquél y dijo: “Maestro, esto no es una pregunta, sino una observación: Cien años de soledad es un libro que cambió mi vida”. En respuesta, el Nobel solo dijo: “La mía también”.

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