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Sábado , 21.07.2018 / 17:23 Hoy

La ciudad imaginada

A fuego lento

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Roberto Pliego

Quienes habitamos la Ciudad de México, quienes procuramos, sobre todo, eso que llamamos el Centro y sus alrededores, incluso lo que auguran sus cloacas, no podemos sino admirar el cuidado con el que Bernardo Esquinca ha querido reinventarlo. Qué ha hecho: caminar, observar, convertir su pasado en materia literaria, nunca recomendada para turistas y menos aún para quienes reniegan de la fealdad.

Lo digo porque me parece que así debemos leer Inframundo (Almadía, México, 2017): convencidos de que la fealdad tiene un atractivo más inmodesto que el de la belleza.

Vamos a ver. Aquí tenemos de nuevo a Casasola, ese periodista de nota roja que ha enfrentado a seres venidos del más allá. En esta ocasión, el mal tiene la forma de un libro, el mismo que la leyenda atribuye a Blas Botello, el desgraciado astrólogo de Hernán Cortés. Ese libro predice el futuro, enloquece a sus dueños, habla con ellos en sueños, es objeto de deseo, y permite que la trama viaje de 1520 a 1756, de 1985 a 2016, que disponga del tiempo como si ofreciera la posibilidad de ir y regresar. Seguimos a un libro y en esa carrera encontramos a sujetos despreciables, a una ciudad maloliente y socialmente podrida, condenada a los malos vaticinios… y de pronto descubrimos que así nos gusta: con los dientes careados, mal alimentada, mugrosa.

Bernardo Esquinca ha sabido obtener lo mejor de estos malos atributos. Mientras Casasola recibe la visita de sus muertos, mientras descubre portales que comunican el pasado con el presente y debe restituir el orden viviente, mientras apenas duerme y busca a su novia secuestrada, vemos desfilar a una corte de menesterosos, de perdedores y sonámbulos a quienes encontramos cada día y no dudamos en sacarles la vuelta. Y he aquí que terminamos apreciándolos.

La Ciudad de México que ha reinventado Bernardo Esquinca es la misma que padecemos los que habitamos en ella y también otra cosa. Guarda, digamos, una dimensión fantástica que nos negamos a reconocer. Quién diría que un hombre de gabardina a pleno golpe de calor, ese vendedor de libros que ocupa la Alameda, sabe de los dioses enterrados y del destino infausto. Quién diría que la calle de Donceles fuera una puerta a lo que no deseamos y ocultamos. El único que lo sabe es Bernardo Esquinca... y ahora nosotros. Su Ciudad de México se equipara al París de Balzac, al Londres de Dickens. Es real porque ha sido imaginada.

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