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Martes , 25.09.2018 / 06:41 Hoy

La bandera de los perdedores

Me alegra percibir que el mundo se burla, que me ve como un imbécil, no puedo más que sonreír inocentemente por tanta generosidad. Los felicito, enhorabuena.

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Tus amigos te decían que yo no podía existir. Tenían razón. Hace años que no conozco a alguien que sea genuinamente noble, con esa grandeza que poseen los desheredados. Soy el peor de tus amigos, jamás te leeré. No me importa leerte, ¿para qué? Te conozco, tus palabras escritas puedo intuirlas, sé que la escritura es la farsa que representas para pagar siete botellas semanales de alcohol barato. Debo reconocer que me tocó una de esas botellas la última vez que nos vimos. Ya no recuerdo lo que hablamos, lo que sí recuerdo son las canciones que escuchamos aquella noche. Te pedí que olvidaras nuestra conversación, la olvidé también. No abrazaré el vacío. Los tipos como yo bebemos frente a las fogatas, tristemente te conformas con echarte en un sillón de diseñador, sola. Todas las noches estás sola, igual que yo. Aunque mi soledad se debe a otros motivos. Conocerte no me da derecho a conocer tus motivos. Soy fotónico-fusión, mi capacidad está conectada a la base de datos de un planeta que nadie ha explorado, que nadie conoce, que nadie conocerá. Me cansé, todo es justificable. Antes de que mueran, quemaré sus casas, sus autos, celulares, tarjetas de crédito, haré que miren las cenizas, incendiaré todas sus malnacidas comodidades mientras me arrastro a un rincón con M. También me gustaría destruir sus colecciones de discos, después recuerdo que no tienen, eso provoca la sonrisa que siempre verás en mi rostro hasta el día de mi muerte, pese a tu putrefacta existencia, será un rostro perfecto porque mi vida está reflejada en cada marca. No puedes ver lo que está tras la cicatriz que me cruza el rostro, porque los ciegos no entienden estos mapas personales internos.

Una mañana, temblando de ira, me despedí de esta ciudad, ¿soy igual a esas aves que buscan algo en el cielo?, no lo creo, porque las alas no son membranas de este mundo. Podría vivir ahí, en esos huecos de luz que desprenden las aves al volar, podría vivir ahí, anidando entre los destellos de un vuelo infinito. No soy suicida, agradézcanlo. Ustedes: los que me aman, tendrían que pagar el funeral. El viento azota mi rostro, estoy en el edificio que fue considerado el más alto de la ciudad, la Torre Latinoamericana. Los rostros de personas que no me hablan más, desfilan. Mi grito de guerra es: una bandera blanca. Las cintas de mis recuerdos están gastadas, no muertas. La cima del mundo jamás fue para alguien como yo. Ahora todos esos recuerdos hibernan en un sitio inaccesible para las personas que ahora somos.

—Está bien, lárgate. No me hables entonces. Ya no existo, hazlo.

—Déjame en paz.

Esas tres palabras que pronuncié, nos separaron físicamente durante algún tiempo. Ninguno de nosotros está dispuesto a olvidar, otra vez estamos aquí. El viento golpea mi espalda, me gustaría tenerte cerca para escupirte en la cara: una forma de cariño, la más sincera. No pude comprender nuestras palabras, ni siquiera ahora. Somos esa palabra impronunciable. Eje Central y 16 de Septiembre, aquí nos citamos tras aquella discusión que nos separó, jamás llegaste. Después de mirar la ciudad desde la torre latino, te busqué en una cantina que ya no existe, en la que nos conocimos. En la que derramamos litros de alcohol dentro de nuestras entrañas sin saber que uno era el otro.

Ya me cansé, todo es justificable. Rojos: los ojos de un cyborg empaquetado para ser lanzado al vacío, al futuro. Rojos: los campos que arderán en mi fantasía nocturna de asesinatos por calles en las que las personas ríen bajo cielos apacibles. Roja: la Rafflesia Arnoldii, que descansa en la terraza junto al romero.

—Solo crece en Borneo, ¿cómo pudo crecer aquí? No lo entiendo.

—Recuerda que yo no existo.

—Es verdad. Tengo otro mensaje: no te atrevas a hablar con un fantasma.

—No te atrevas a internarte en Borneo.

Mintiendo que soy fuerte. Mintiendo: estoy bien. No, nadie podría estar bien en este mundo. Extraño la época en la que todo podía arreglarlo a golpes, ¿te acuerdas?, cuando podía arreglar todo con un filoso sable. Esta es una época antinatural, anti-humanos, bajar la cabeza, guardar lo que pensamos, dinamitar lo que pensamos de aquellos pusilánimes estúpidos que quieren destruirnos. Bajar la cabeza, dar gracias por nada, nadie nos agradece nada. La mayoría de personas son detestables, en la naturaleza los cambios de estación son evidentes, en nosotros jamás. Confusión, perdí otra vez el control, esas puertas de nuestra única posesión: el pasado, nos guían a la oscuridad, sitio reconfortante. La luz es para los insectos que mueren atrapados por su brillo. Deseo la muerte de todos los humanoides, ni siquiera pueden considerarse humanos. Algún tiempo me gustaron los cyborgs, mi teoría es que alguien que para los demás no existe, puede ser un cyborg. Extraño mis viniles, mis vagos, antes podía caerme de borracho, ellos estaban cuidándome, nos íbamos juntos a la comisaría, peleábamos juntos contra los que nos aplastaban. Me gustaría declararme pirómano e incendiar lo que queda de la ciudad. Esta era no nos permite romperle la cara a los cretinos, por ese motivo no funciona el mundo, porque cualquier subnormal puede decir cualquier estupidez, nadie le rompe la cara. Para sobrevivir le sonrío a personas nefastas y engreídas, a sumisos obsesionados con temas que no conocen como el post-punk, ¿cómo es posible que un fan de David Bowie salte con canciones de rock mexicano? Solo un estúpido popero podría cometer semejante aberración. Una manada actual de imbéciles, se proclaman “punks” y “tocan post-punk”, que no es un sonido, ¿por qué lo tocan?, lo que detesto del post-punk es que repiten las fórmulas de siempre, no proponen nada. Si van a decir algo de mí: creativo, no repetitivo. En estos años inciertos, jamás tocaría punk, jamás tocaría para satisfacer a nadie. Sus festivales estúpidos como sus mentes. Boletos sobrevaluados, ignorancia infinita. Sus ropas compradas por internet me dan asco. Postales huecas de imitadores de algo que no entienden. El punk era antisocial, no era para simpatizar. No te permitía encajar con nada, con nadie. Ser punk: arriesgarte a que te rompieran la cara. Te obligaba a pensar antes de hablar, estar dispuesto a defender tus ideas y palabras con sangre. No era abrir el hocico y decir: ámenme. Estábamos más cerca del odio que nos rodeaba. Ser punk era atentar contra ti mismo. Siempre tuve la idea de ser una aberración, una mutación genética, una mutación espacio-tiempo, soy una partícula extraña que tal vez no debió existir. No estoy hecho para este mundo. Los bárbaros piensan que soy un mugroso, ¿desde cuándo los punks y los tipos y tipas duras e inteligentes juzgan la apariencia? Desde siempre, desde el inicio de los tiempos. Me vengaré de todos los miserables, los dejaré abandonados en su miseria personal, en la inmundicia de los que creen tener algo, los dejaré en sus centros comerciales, modas, mentiras, los dejaré para siempre.

Mi bandera de perdedor se levantará orgullosa una noche, todos sabrán que la bandera del perdedor es la de la libertad. El edificio considerado más alto ya no me parece tan alto. Es tiempo de irme otra vez. La ciudad es una esquirla, una perra a la que de una patada le rompieron los dientes. La melancolía es una espía rusa. No necesito maquillarme como David Bowie porque no soy David Bowie, él creaba, no imitaba. Estoy condenado a ser yo mismo pese a todo. Me alegra percibir que el mundo se burla, que me ve como un imbécil, no puedo más que sonreír inocentemente por tanta generosidad. Los felicito, les doy mi enhorabuena. Posdata: Olvida las calaveras, son traumas profundamente infantiles. No espantas a nadie.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).

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