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La banda sonora de muchas vidas

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A principios de los años ochenta, el baterista Lars Ulrich describía en una carta la situación de su grupo, a punto de ser incluido en una antología de grupos de metal. Metallica ensayaba seis días de la semana y sus integrantes escribían “canciones más que decentes —dice Lars—. Nuestro propósito es mantenernos alejados de normas y ser algo diferentes, para que al menos no nos vapuleen por ser muy predecibles...”.

La carta es citada por los periodistas Paul Brannigan y Ian Winwood en Nacer, crecer, Metallica, morir (Malpaso, 2018), primer volumen sobre la historia de un grupo por el que, en sus inicios, nadie daba un centavo. Los autores dicen que, en sus albores, era “una exaltada banda de versiones con un cantante que apenas podía mirar a los ojos a su público, un baterista que iba fuera de tiempo, un guitarrista egocéntrico y algo grillado, y un bajista que ni siquiera quería formar parte del grupo”.

La llegada de Metallica a la popularidad fue una senda tortuosa, tanto para los músicos como para quienes les han acompañado en la aventura, aquellos que se atrevieron a lanzarse al vacío al convivir con ellos sin temor a quemarse: productores, promotores, publicistas, periodistas y otros (sus primeras mujeres huyeron). Hubo visionarios, como Patrick Scott, quien escribía en una de las primeras entrevistas que “podrían convertirse en unos dioses del metal en Estados Unidos”, y Xavier Russell, que afirmó que “en 10 años esta va a ser la banda más grande del planeta” .

Vapuleados muchas veces por la industria de la música e incluso por algunos seguidores que se sienten traicionados cuando realizan cambios de orientación, en el camino los músicos han reclutado públicos nuevos, atraídos por su sonido contundente. Como Sinatra, han hecho las cosas a su manera. Si muchos metaleros terminan como caricaturas de sí mismos, los de Metallica son fieles a su credo. “Si habéis venido a ver licra, perfilador de ojos y las palabras ‘Oh, baby’, repetidas en todas las putas canciones, ¡no somos vuestra banda”, sermoneó en un concierto el cantante y guitarrista James Hetfield.

Brannigan y Winwood consideran que “si algo se ha reiterado ha sido el carácter autónomo de su propulsión hasta la fama, una máquina de vapor propia y no algo incrustado en la infraestructura de la industria del entretenimiento”.

Estamos ante un libro tan divertido como descarnado sobre un grupo que se ha ganado su lugar en el Partenón del rock. Como afirman los autores de este volumen: “Hay una selección de bandas cuya música resuena con una claridad y un énfasis capaces de componer la banda sonora de una vida. Metallica es una de ellas”.



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