• Regístrate
Estás leyendo: La (anti)racista
Comparte esta noticia
Miércoles , 15.08.2018 / 05:17 Hoy

La (anti)racista

Caracteres


Publicidad
Publicidad

Para que alguien sea racista debe darse esta condición elemental: que haya (o parezca haber) al menos una raza diferente de la suya. En otras palabras: el racismo existe donde existan (o parezcan existir) varias razas. Toda comunidad se funda en la exclusión de los otros.

No hay quien no sea, en mayor o menor medida, racista. No hay quien no mire con curiosidad o extrañeza o recelo o desprecio o temor o hasta odio, si no con resentimiento y con envidia, a la gente en apariencia distinta. En México nos las damos de puros frente a los Afrikaaner, que sometieron a los negros al Apartheid, y frente a los gringos, que los esclavizaron. Como si los mexicas no se hubieran comido a los demás mesoamericanos. Como si en la vieja España no hubieran expulsado a judíos y musulmanes y privilegiado a los purasangres castizos. Como si en la Nueva España no hubiera regido una estricta jerarquía social que marginaba a los indígenas y les confería todos los derechos a los peninsulares.

Herederos de una activa tradición discriminatoria, los mexicanos acriollados o semimorenos discurrimos un método parmenídeo para lidiar con nuestro propio racismo: simplemente, negamos que existiera. Aquí, de acuerdo con el pensamiento oficial ya en desuso, no había razas. Tanto el campesino más pobre como el dueño de la máxima fortuna del país, todos aquí éramos mestizos. Hasta que los indígenas, por su cuenta o con ayuda mestiza, tomaron la palabra.

La doctrina (anti)racista de la enjundiosa Amatista, originada en la época de gloria del neozapatismo, es aún imperfecta. Por un lado, aplaude el levantamiento indígena en Chiapas y ha ido varias veces allá para servir a la causa. Por otro lado, la subleva que no pocos indígenas de otras regiones (y también bastantes chiapanecos) vendan su voto. “No entiendo por qué se dejan manipular”, dice con amargura, refiriéndose al segundo caso.

Tampoco entiende cómo fue que en un municipio del sureste, con población cien por ciento indígena, varios lugareños mataran con saña indefensible al edil y a otros funcionarios locales elegidos según los usos y costumbres del lugar. Y si le dices que la capacidad de hacer el mal está homogéneamente distribuida entre todos los seres humanos, y que negársela a unos porque pertenecen a una raza discriminada equivale a negarles la humanidad, y que esa forma inversa y perversa de discriminación se llama criptorracismo, Amatista iracunda te tacha de racista.

Lo bueno es que ustedes son amigos. Y, para sellar las paces, ella te invita a comer a la mansión que le regaló su padre, un rico empresario español. Y pasa por ti en el BMW que le expropió a su ex marido, hoy subsecretario. Y en el trayecto sube la ventanilla del coche para rehusarle la limosna a una anciana, quizás otomí. Y ya en su casa te lleva a ver a su hijo tardío, un niño de grandes ojos verdes que adora a su nana, oaxaqueña como la cocinera a quien Amatista la (anti)racista saluda de beso antes de presentártela: “Jacinta es como de la familia”.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.