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Martes , 19.06.2018 / 03:52 Hoy

Kazuo Ishiguro o ¿tienen alma los clones?

Celebramos la concesión del Premio Nobel de Literatura al escritor británico con esta versión actualizada del ensayo que apareció en 'Por las fronteras de Europa'


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Mercedes Monmany

Con la extraña, inquietante y espléndida novela Nunca me abandones (2005), Kazuo Ishiguro, nacido en Nagasaki en 1954, pero muy pronto instalado en Inglaterra junto a su familia, dejó a sus seguidores habituales absolutamente desconcertados. Este gran escritor, uno de los más brillantes representantes, en pleno y fértil ejercicio, de la mítica generación británica de los ochenta, escogería para esta obra el género de la ciencia ficción. Su estremecedora fábula futurista se instalaba nada lejos en el tiempo: en concreto en los años noventa de nuestra era. El lugar escogido para desarrollarla también era muy cercano. Se trataba de un extraño y apacible albergue para niños y adolescentes huérfanos, situado en plena campiña inglesa. Unos niños que saben desde muy pronto que son “especiales” y que tienen que llevar a cabo cierto “aprendizaje”, tras el cual serán trasladados, algo más tarde, a unas granjas o cottages de tránsito. Ahí aguardarán de nuevo un nuevo destino: pasar a una misteriosa fase de “adiestramiento”, donde comenzarán unas oscuras “donaciones” antes de “completar” algo que nunca se especifica. Este tipo de terminología para iniciados aparece desde la primera página a la que accede el lector, al modo de una realidad perfectamente paralela a la vida y realidad conocida por cualquier ser humano de nuestros días. Algo perfecta y legítimamente regulado e instalado en esa sociedad de finales del siglo XX a la que se alude. El futuro del que habla Ishiguro, y posiblemente advierte, es un futuro verosímil que parece haber llegado al fin, que se ha materializado casi sin notarlo, sin escándalos ni apocalipsis demasiado visibles. Un futuro que tiene el aspecto de haber sido pacíficamente asumido, recibido y aceptado por todos, sin grandes revueltas legales o éticas y, sobre todo, sin una gran sensación de resistencia ni “alboroto” por parte de los escogidos un día para experimentarlo y llevarlo a cabo, en bien de la comunidad.

Para desentrañar esa realidad desconocida el lector tendrá que ir encajando poco a poco cada gélida y sorprendente nueva pieza o información que se le dé. Es decir, cada escalón de conocimiento horrorizado dentro del enigma que rodea esta vida idílica y aparentemente normal de los huérfanos del internado. Las impactantes revelaciones dadas a conocer por la narradora de la historia aparecen dosificadas al compás del gran cúmulo de preguntas que se hacen sobre el sentido de su existencia todos estos adolescentes en estado de formación. Cada una de las preguntas golpeará la conciencia del atónito lector conforme vaya siendo fría e inconmoviblemente contestada. Al mismo tiempo, como en una burbuja al resguardo de todo lo sombrío y oscuro que los ha traído al mundo, los adolescentes Kathy, Tommy y Ruth, unidos y sentenciados por un mismo destino, irán construyendo una emocionante historia de amor y amistad, de consuelo y lealtad, iniciada en la misma infancia.

Hailsham es presentado como una idílica institución campestre, a mitad de camino entre los bien ordenados internados británicos, las comunas californianas de los años sesenta y aquellos utópicos falansterios ideados por Charles Fourier a finales del siglo XVIII, en los que se ponían en práctica todas sus audaces teorías sobre el amor y la sexualidad, vividos en completo estado de armonía y libertad. La fábula moral y gótica de Ishiguro tiene también los ecos del desasosiego futurista de Ursula K. Le Guin, de las contrautopías de Huxley en Un mundo feliz o de películas fetiches de nuestra modernidad como la maravillosa y melancólica Blade Runner o la más inquietante y terrible Soylent Green, de Richard Fleischer.

Replicantes sin futuro, aferrados a unos escasos y felices recuerdos que les otorgan una identidad única y a los que vuelven sin cesar, productos posibles de laboratorio de un cruel demiurgo, los protagonistas de la desgarradora, desconsolada y, en una grandísima parte, romántica historia de Nunca me abandones son objeto de un futuro perfectamente planificado sobre el que tienen datos sueltos, informaciones sesgadas y sobre el que recaban angustiosamente pistas para ir montando el puzzle que ilustre su breve vida. A través de cuidadores o “custodios” que estimulan su creatividad y que preservan un estado físico que debe mantenerse excelente, saben que nunca se integrarán en “el mundo exterior” y que tampoco podrán engendrar hijos.

Un mundo perfecto, gélidamente calculado en sus más mínimos incidentes, egoísta pero a la vez sumamente sensible con los de la camada que padecen enfermedades, por los cuales se está dispuesto a llegar “a todo”. Un mundo que, aun así, ha descuidado un último detalle: acabar con la más imprevista resistencia, con el último bastión humano, en seres a los que se les niega el alma. Y quien dice alma, dice esperanza. La esperanza para esos dos jóvenes clones enamorados que quieren gozar de un último aplazamiento en su sentencia inaplazable. Para adolescentes, o pálidas y temblorosas copias de laboratorio, que tan solo sueñan con convertirse en la oficinista corriente de los anuncios que ven al pasar por la carretera.




Ganadores de día, perdedores de noche

Kazuo Ishiguro no es tan solo uno de los mejores escritores de este momento, a nivel mundial, sino sin duda uno de los que mejor han sobrevivido —desde novelas como Un artista del mundo flotante (1986); las excelentes Los restos del día (1989) y Pálida luz de las colinas (1994); la onírica Los inconsolables (1997) o Cuando fuimos huérfanos (2001); la magnífica Nunca me abandones (2005) y su última novela publicada, la fábula fantástica, ambientada en la Inglaterra post–artúrica, El gigante enterrado (2015) —al paso del tiempo y a encarnar, con plena maestría, libro tras libro, lo mejor de aquella generación de oro de comienzos de los años ochenta, que lanzó a escritores como Rushdie o Amis a la conquista del mundo, literariamente hablando.

Hoy día, tanto él como Ian McEwan, Graham Swift, William Boyd o Julian Barnes, simbolizan invariablemente un compromiso riguroso con no bajar el listón. Con no decepcionar, o al menos alejarse demasiado, de lo más inteligente y perdurable de sus trayectorias. O, si se prefiere, en no ceder terreno en esos retos estilísticos y de lenguaje, en esa renovación y replanteamiento continuo de temas, así como en ese impulso de riesgo, más allá del simple apuntalamiento acomodaticio de sus carreras, que inspira a los mejores de cada momento.

Con las cinco exquisitas y melancólicas historias de “música y crepúsculo” o, si se prefiere, de falsos ganadores y resignados perdedores, reunidas en Nocturnos (2009), Ishiguro volvería a demostrar la poco convencional pasta de la que está hecho como escritor. Su talento al apuntar más que apabullar y documentar profusamente; sus caracteres ambiguos y recelosos a la hora de mostrarse del todo, como en el mejor Chéjov o James; sus desasosegantes finales abiertos; todo ello lo convierte en un maestro de la insinuación y del esbozo, de esa cruel mueca o garabato en busca desesperada de una identidad, a la que la neurosis y presión por el triunfo y la “visibilidad” en nuestras sociedades, empujan a muchos. Unos muchos que desde hace tiempo han perdido el don “de mirar las cosas a distancia, con perspectiva”, de afrontar con tranquilidad y sosiego las múltiples verdades encontradas a lo largo de su camino.

Desde Beverly Hills y Londres, a las colinas de Malvern Hills en Herefordshire o la Plaza de San Marcos de Venecia, Ishiguro utiliza narrativamente, en estas historias sobre el fracaso, el fin de la juventud y de los sueños, y la mediocre adaptación a la realidad, todos los cruces antinatura y las más insólitas bromas a su alcance. Para ello alterna el drama existencial y la farsa tragicómica, dentro de ese cauce poco sensato y despiadadamente extravagante que es muchas veces la búsqueda de la fama y el éxito. En ocasiones, algunas escenas, del más puro absurdo grotesco a lo Ionesco, llevan a la carcajada. Así sucede en un momento cumbre del relato “Come Rain or Come Shine” en el que un maniaco–depresivo, amante antaño de edulcoradas baladas que le calmaban el ánimo y no le hacían pensar demasiado en su futuro, se ve convertido en perro al querer disimular el destrozo ocasionado en el salón de una pareja de antiguos progres —en la fase más paranoicamente desequilibrada de sus vidas de yuppies— donde está albergado de forma provisional. También sucede con el sarcasmo quimérico que ha reunido de repente a dos seres en las antípodas culturales en un hotel de lujo donde se ocultan las estrellas de Hollywood, totalmente vendadas, tras haberse retocado pequeñas imperfecciones de su anatomía. El destino ha hecho que una estrella de la cultura popular, Lindy Gardner, presentadora algo hortera y exitosa de programas de variedades, sea la vecina de habitación de un relamido saxofonista del circuito subterráneo y de “culto” del jazz en Estados Unidos. De ambiciones radicales en el pasado, siempre renegando de la vulgaridad “del alpiste que quiere la masa”, pero demasiado feo para tener el más mínimo éxito, según han decidido al unísono su agente y su mujer, Steve ha sido convencido para dar un paso trascendental en su vida: cambiar totalmente de imagen para convertirse no solo “en una estrella por temporadas”, sino en una “estrella permanente”, el gran sueño americano, confesable o no, pero anhelado por todos. Descubriendo partes insospechadas de él mismo, “no totalmente inmune a lo del glamour”, el huraño corazón de perdedor de Steve entabla una insólita amistad, afianzada a través de pequeñas gamberradas llevadas a cabo en incursiones nocturnas por todos los rincones del hotel, con su mediática compañera “de prisión”. Una prisión que, como si se tratara de un Gran Hermano de confluencias humanas impensables, los ha reunido por unos días, de igual a igual.

Las rupturas sentimentales, los últimos momentos biográficos de una pareja y unos triángulos improvisados muchas veces por un voyeur y perdedor nato, normalmente un músico errante “que pasaba por allí” en ese momento, son recurrentes en estos cuentos. Unas rupturas, o más bien unas trabajosas y tristes separaciones, muchas veces obligadas por algo más allá del cansancio de ellos mismos, o de unas expectativas íntimas, ya totalmente periclitadas, que no se cumplieron o se olvidaron por completo desde el momento de conocerse. Ahora es el tiempo de los reproches amargos, como los expelidos frenéticamente por una esposa obsesionada con el “estancamiento”, que se dedica, noche y día, a neurotizar y agobiar aún más a su marido, de por sí neurotizado, al que algún día “imaginó que estaba llamado a ser…, qué sé yo, presidente de este mundo de mierda”, como dirá él, exasperado. Otro motivo de ruptura será un calculado “cambio de ciclo”, decidido fríamente por un antiguo crooner a lo Tony Bennett, que cree que dando el campanazo con la sustitución de su mujer elegante, pero de arrugas incipientes, por otra más joven y explosiva, recuperará el favor y el calor de un público posiblemente perdido para siempre.

Parejas de “profesionales” que cada noche masacran antiguos éxitos de Carpenters y ABBA en hoteles de Suiza o Austria; cantantes melódicos y patéticamente narcisistas por haber contado con públicos enormes y universales en el pasado; antiguos alumnos de conservatorios y maestros de prestigio, reciclados en recogedores de propinas, tras las muchas fases que atraviesa una existencia de “degradación moral” y artística; o saxofonistas de jazz, promesas o crisálidas siempre a punto de despuntar, que desprecian olímpicamente a todo aquel que vaya a ser premiado y que emerja a la superficie, de la que creen que han sido injustamente escamoteados en alguna misteriosa encrucijada o complot de idiotas. Los artistas despreciados y sin reconocimiento de Kazuo Ishiguro nada tienen que ver con la exaltación creativa y visionaria de Todas las mañanas del mundo de Pascal Quignard u otras biografías gloriosas de temperamentales genios de la música. Los de Ishiguro son músicos modestos, “no de primera fila”, invisibles, virtuosos de la resignación y el fracaso, que por esos cruces macabros de un destino que creían adormecido para siempre, exento hace tiempo de emitir el más mínimo resplandor de esperanza en el horizonte, son de repente expuestos a él y halagados hasta el sonrojo o hasta un delirio exagerado, muchas veces a causa de caprichosas mitomanías interpuestas. Mitomanías provocadas por anhelos propios un día cercenados, como el de esa rica americana de Oregón que “tocó” hasta los once años y que ahora se empeña en dirigir la carrera y el talento de un violonchelista húngaro que se gana la vida tocando en terrazas veraniegas de Italia, situadas frente a hoteles de lujo. Tibor toca ahí cada noche con sus amigos músicos de bares y cafés repertorios apenas “decentes” que suelen culminar con repeticiones de El padrino o Las hojas muertas. Unos artistas callejeros que si bien están de algún modo fascinados por la formación musical de Tibor (los nombres de resonancias claramente provenientes del antiguo y muy musical Telón de Acero son frecuentes en estos relatos de desarraigados) no dejan de ser unos expertos en los palos que la vida puede regalar a incautos y desprevenidos.

Esa es la razón por la cual se dedican, paternalmente, como viejos sabios de un traidor y despiadado Occidente, “a tomar bajo su protección a los Tibor de este mundo, cuidarlos un poco, y quizá prepararlos para lo que les aguardaba, para que cuando llegaran las decepciones, no les costase tanto encajarlos”.

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