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Viernes , 20.07.2018 / 02:01 Hoy

Kafka en algún punto

Canetti imagina un hipotético superviviente solitario que trascendiera a la humanidad entera como el mayor acto de poder (y de soledad) posible.

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Eduardo Rabasa

Uno de los conceptos más potentes de Masa y poder, de Elias Canetti, es lo que denominó “la culpa del superviviente”, que usó para referirse a una mezcla de alivio frente al hecho de que los muertos sean de momento siempre otros, así como angustia precisamente por este mismo hecho. Incluso, Canetti imagina un hipotético superviviente solitario que trascendiera a la humanidad entera como el mayor acto de poder (y de soledad) posible. Un poco en las antípodas se encuentra la forma en la que el cónsul Geoffrey Firmin coquetea con la idea de la muerte a lo largo de su travesía en Bajo el volcán, al grado de que en algún momento se pregunta casi con nostalgia: “Los muertos, ¿duermen? No sé por qué deberían, si nosotros no podemos”. En lugar de la culpa o el alivio de estar vivo canettianos, aquí la muerte es el propio alivio, la única forma de callar a esas voces interiores que lo increpan y lo atormentan en toda la novela.

En días recientes he pensado largo sobre estas cuestiones, pues con la muerte del segundo de los dos perros con quienes viví casi 16 años, acaecidas ambas en menos de seis meses después de la pérdida de una mujer que para efectos simbólicos era para mí como una madre, la muerte de seres adorados ha rondado mi vida como una presencia constante, que en cuanto comenzaba a disiparse para intentar dar paso a una nueva normalidad, volvía a presentarse con lo que parecería una cruel obstinación. Como cualquiera que haya pasado un periodo de duelo prolongado sabe, las emociones y pensamientos asociados son todo menos lineales, y admiten diversos estados extremos, contradictorios, aquellas “oleadas” a las que hace referencia Joan Didion en El año del pensamiento mágico. Sin embargo, en mi caso he constatado que el impulso predominante se aproxima más a ese anhelo expresado por Lowry, de más bien unirse pronto a donde quiera que se encuentren los compañeros de viaje recién partidos.

Quizá por lo recurrente de las pérdidas, ahora que se produjo la última, la idea de morir adquirió un carácter obsesivo, que si bien no llegó a ser preocupante en términos de que realmente considerara la posibilidad de manera activa, el hecho de que la existencia esté permanentemente acompañada por la seducción de la idea de ya-no-ser le da un carácter un tanto fantasmagórico, frente al cual los empeños adquieren un toque de falta de sentido. En el proceso de enganchar nuevamente con la solidez de los apegos vitales, he procurado con cierta desesperación hallar una distancia que me permitiera disfrutar la cotidianeidad, sin necesidad de negar que, en última instancia, la propia idea de lo transitorio de la vida me sirve para aligerar el desgarro que produce cada una de las nuevas pérdidas que inevitablemente forman parte de existir. En algún momento apareció al rescate un genial aforismo de Kafka, que para mí resuelve la distancia insalvable que parecería existir entre las posturas expresadas por Canetti y por Lowry: “No el suicidio, sino la idea del suicidio”.

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